Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/10/06 00:00

Shortbus

Muy pocos estómagos resistirán esta comedia sexual que sucede en la Nueva York de los años que corren.

t Los personajes de la película se encuentran en un bar, Shortbus, en donde se llevan a cabo toda clase de experimentos sexuales

Título original: Shortbus.
Año de estreno: 2006.
Dirección: John Cameron Mitchell.
Actores: Sook-Yin Lee, Paul Dawson, PJ DeBoy, Lindsay Beamish, Peter Stickles, Justin Bond.
 
Todos los rumores son ciertos. Que las escenas de sexo son reales. Que hay, entre ellas, un par de orgías homosexuales. Que se llega al extremo de mostrar, en los minutos iniciales del relato, una autofelación que pasará a la historia del cine subterráneo. Y que en Bogotá, Colombia, como en otros lugares del mundo, ha sido imposible encontrar exhibidores que se atrevan a presentar esta extrañísima producción que caerá bien a muy pocos estómagos. Pero ¿es Shortbus una buena película?, ¿logra que las secuencias “impúdicas” sean, en verdad, secuencias necesarias para la narración?, ¿consigue involucrarnos en un drama (acercarnos a unos personajes) más allá del desenfreno de las imágenes? Las respuestas no son tan sencillas: lo cierto es que Shortbus no es una buena película, pero que vale la pena tomarse unas líneas para explicar por qué.

El sexo explícito es lo de menos. Después de experimentos de alto perfil como Intimidad, Nueve canciones o Romance X, en los que los actores tienen relaciones sexuales de verdad (no simuladas) frente a la cámara, lo que sucede en Shortbus es, como dirían los políticos en campaña, “más de lo mismo”. Que la gente se escandalice desde cuando comienza, que los inclementes gringos de la era de George W. Bush se hagan cruces mientras salen del teatro, no la hace ni una película buena ni una película mala: la convierte, acaso, en una experiencia provocadora de esas que lo cuestionan, lo perturban y lo hacen sentir a uno al día cuando todavía está en la universidad.
Lo que importa es la historia. Lo que importa es si ha sido contada. Y si cumple las promesas que nos hace desde el principio. ¿Qué cuenta Shortbus? Supuestamente, la búsqueda de la intimidad, a través del sexo, de un grupo de neoyorquinos de la era del terrorismo que parecen salidos de una película porno: una terapeuta sexual, Sonia, que jamás ha alcanzado un orgasmo; una pareja de homosexuales, Jamie y James, que quiere darle un nuevo aire a la relación, y una mujer solitaria forrada en cuero que somete a sus compañeros de turno porque no tiene otra manera de sanarse. ¿Y cómo son contadas esas peripecias? Con cierto tono documental, no exento de humor, que nos lleva a pensar que para hablar de estos temas no era necesario montar una ficción.

Ese es, en resumen, el problema de esta producción. Que sus pobres personajes parecen títeres de un documentalista que se ha propuesto mostrar el sexo sin los efectismos de siempre, registrar el mundo de los experimentos sexuales y exponer algunas ideas sobre el amor en tiempos sin esperanza, pero que ha perdido de vista, en el proceso, los dramas de sus héroes. Ha tenido mucho qué decir pero muy poco qué contar. Y ha sacrificado a sus protagonistas como tristes conejos de laboratorio (ha incumplido la promesa de seguirlos) hasta crear la sensación de que en aquella narración ha sido todo innecesario.

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