Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/10/28 00:00

Sicodelia tropical

Felipe Aljure, el más original y arriesgado de los directores nacionales, acaba de estrenar 'El colombian dream', una película que despertará pasiones extremas de odio y amor.

Felipe Aljure prepara la filmación de un plano. Arriba, Jesús Elvis Simbaqueva, 'El elegido', un sicario-poeta que interpreta el actor Julián Díaz

Es un viernes casi de noche, hora pico. En un bar de Bogotá Felipe Aljure y varios de los actores de la película El colombian dream están reunidos desde por la mañana. Hacía días no se veían y este parece un reencuentro de viejos amigos del colegio, aunque lo de viejos es un tanto inexacto porque la mayor parte de los actores son jóvenes, muy jóvenes. Manuel Sarmiento, Héctor Fabio García, Mateo Rudas, Rita Bendeck y Tatiana Rentería, algunos de los protagonistas de El colombian dream, se arremolinan alrededor de Aljure, el director, que también es como papá y gurú, el soporte espiritual de una aventura cinematográfica muy pocas veces vista en Colombia.

Una película tropical, llena de colores, que toca un tema que le duele reconocer al país: la avidez por el dinero fácil. Porque, como dice Aljure, "el país entero, por acción o por omisión, actuó en esa cultura del dinero fácil, una cultura que se asume como La Colombianeidad". Pero El colombian dream no es una película moralista que denuncia las perversiones de la cultura del atajo. Aljure señala que adoptó una mirada reflexiva, no crítica. "Uno simplemente hace un retrato, asume su parte de la culpa y el proceso crítico viene de uno mismo. Si fuera crítica habría que partir del hecho de que hay buenos y malos y yo, el director, soy el bueno. La reflexión contiene la crítica mientras que la crítica a veces excluye la reflexión porque lo que hace es polarizar".

La actriz Tatiana Rentería interviene: "Para mí es como si alguien muy sincero me dijera todas las verdades que yo no quiero oír de mí. Es una voz suave, sutil, al oído, con mucho amor, que me dice cuáles son mis cosas lindas, sucias, feas y puercas".

La película, vertiginosa, se mueve a mil por hora en una especie de sicodelia de tierra caliente. Girardot y sus alrededores son el telón de fondo de un relato épico que tiene varias lecturas. La más externa, señala Aljure, es un cómic. "El otro extremo, el más profundo, lo leen los que quieren leerla. Lo importante está en lo subtextual, pero lo evidente es un cómic de facilísima digestión". Hace una pausa y agrega: "Quisiera creerlo, vamos a ver si la gente lo ve así".

Aunque la película parece pensada desde un comienzo para esas casas, esas fincas y esas piscinas, la idea original era filmarla en Barranquilla. Luego, por un problema relacionado con aseguradoras, pasó a Bogotá. Y cuando Aljure se recluyó en su casa de Girardot para darle el toque definitivo al guión, comenzó a ver que la película se debía rodar allá. Empezó a imaginar un mapa de cinco sitios, llamó a Catalina Samper, la productora, y le dijo que la película se iba para Girardot.

Decirlo es fácil, el lío era otra vez el presupuesto, pues una cosa es citar a un actor o a un técnico en el sitio de rodaje a las 7 de la noche y que se vaya a dormir a su casa, y otra muy distinta, alojar y alimentar durante semanas a todo el equipo. Sin embargo, gracias a esa decisión, la película se convirtió, para Aljure y sus actores, en una experiencia inolvidable. "El hecho de que fuera en Girardot y tuviéramos que vivir armó una unidad muy cómplice, que sigue firme, que sigue viva", dice Tatiana Rentería. Era inevitable. Los actores vivían en unas cabañas muy austeras, con pequeñas terrazas que daban a una piscina central y cada rato salían y se sentaban en un muro ("el muro de los adolescentes", dice Tatiana), lo que los mantenía en permanente comunicación, así fuera sólo un contacto visual. Leían el guión en grupo, lo discutían, a toda hora pensaban la película en un ambiente de retiro espiritual. "Éramos como mineros de pica y pala que salíamos a esculpir la película", recuerda Aljure. Fue una arquitectura de rodaje muy especial. "En 'El amor en los tiempos del cólera', recuerda Aljure, yo vivía en La Boquilla, el otro en un hotel, el de más allá en una casa del centro, al terminar la jornada cada quien se iba por su lado, era algo muy industrial".

El otro gran protagonista de El colombian dream es la luz. Esa luz que inundaba la casa de Aljure en Girardot y que también ayudó a sacar la película de Bogotá, una luz intensa, que él mismo se encargó de sobresaturar, de reventar. "Fue agarrar el papagayo y colorearlo. Logramos una colorimetría tropical que entra en rebeldía con la tendencia del cine latino a mostrar cromacidades europeas, más invernales". Considera que El colombian dream es una película tropical que no se avergüenza de serlo y que se reafirma en su banda sonora, también tropical pero, como la definen Aljure y varios de los actores, es sofisticada, contemporánea, atrevida y divertida.

El reto de filmarla fue inmenso y tuvieron que gastar bastante latas de película mientras los actores les tomaban el pulso a sus personajes. Es una película que se nutre no sólo de la tradición del cine, sino también de los 'video clips', la televisión y la publicidad, y que en muchas tomas planteó retos técnicos muy complicados.

Además, por razones de financiación, cuando el rodaje iba en un 70 por ciento se acabó la plata y hubo un receso obligado de nueve meses. Cuando siguió el rodaje, los actores tuvieron que reencontrarse de nuevo con sus personajes para que no se notara qué se había hecho antes y que después del paro. "Ni me acuerdo qué hicimos antes y qué hicimos después", señala Aljure.

Es cierto, parece hecha de un tirón.

Al final de la charla todos opinan al tiempo. Que hay que verla varias veces. Que todavía la charlamos pero no la hemos digerido. Los actores no se cansan de elogiar lo chévere y lo bacano que es trabajar con Aljure. Y Aljure, modesto, remata: "'El colombian dream' fue un mandato cósmico. Esta película no la dirigió nadie. Se hizo sola".

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