Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1997/06/23 00:00

SIDA DE SALON

'Sin límites' aborda el conflicto de la enfermedad de fin de siglo en una versión plácida y decorosa para grandes públicos.

SIDA DE SALON

El sida no es solo una enfermedad producida por causas físicas que se resuelve en el ámbito de la medicina. Su tragedia es la estela de terrores que despierta, el escarnio público que suscita, la estigmatización de los seres que lo padecen y el ensañamiento tribal contra el estilo de vida que algunos de ellos representan. Por esto nunca serán pocos los ejercicios que se hagan para pronunciar en voz alta esa palabra tabú, sida, en la plaza pública que es el arte. En el mundo entero las obras que abordan la temática del sida se han convertido en un género que habla esencialmente de la odisea del hombre contemporáneo, pero Colombia ha sido bastante tímida al respecto. Sólo algunas exposiciones plásticas han abordado este tema directamente mientras la televisión apenas se atreve a incluirlo en el reino desodorizado de los dramatizados. En teatro, con excepción de ciertas obras con intención pedagógica, los dramaturgos todavía no se la han jugado al exorcismo cultural de espantar el demonio del sida con el simple conjuro de llamarlo por su nombre. En este contexto la obra Sin límites, de Harvey Fierstein, que actualmente presenta el Teatro Nacional, es un interesante primer paso. La directora Fanny Mikey la retoma al pie de la letra y construye una pieza de salón, muy en la línea del teatro de texto, elegante y aséptico, como el que se acostumbra presentar en esta sala. La escenografía reproduce la sala de un apartamento vacío en el que apenas quedan las cajas de un trasteo. En este espacio tiene lugar el encuentro de la esposa y el amante de un hombre muerto de sida. Entre las paredes desnudas y los restos domésticos (una cafetera, un cuadro, una gorra) el hombre y la mujer reconstruyen la vida del ausente, rehacen sus propias experiencias y dejan sobre el tapete abierta la herida del sida social, ese que destruye más que la enfermedad. Pero a pesar de referirse a un conflicto universal la versión se ve fuera de contexto, pues el conflicto del que habla la historia es el sida social del primer mundo, que está a años luz del sida criollo que se padece en Colombia. La conversación entre una señora y un homosexual dedicados a recordar al hombre que amaron no deja de parecer exótica en una sociedad como la colombiana. En este país oscurantista, brutal y machista la historia suena a cuento de hadas. El sida social que en estas tierras desencadena la peste del siglo XX tiene muy poco que ver con el civilizado cuadro de Sin límites. No quiere esto decir que la pieza no aborde el calvario de los enfermos ni la tragedia de los sobrevivientes. Lo hace en parlamentos bien desarrollados e inteligentes. Pero sus personajes son extranjeros en un mundo extranjero. La obra, un himno a la fraternidad y a la cordura, promueve actitudes civilizadas frente al fantasma del sida que son obviamente bienvenidas, pero por la manera en que está expuesto el conflicto tal vez los colombianos no se sientan muy involucrados en el asunto. Sin límites, una obra decorosa, plácida y equilibrada, no acaba de tocar las fibras más sensibles del problema y más bien termina convertida en una pieza de salón bien construida que, aunque menciona la palabra maldita, no la agota. Este distanciamiento con el tema está reforzado por las académicas actuaciones. Kristina Lilley (la esposa) no alcanza la intensidad de los personajes que suele representar en televisión, y Florina Lemaitre (la abogada) continúa con sus habituales impostaciones. Nicolás Montero, por su parte, se lleva los laureles con la interpretación sentida de su personaje homosexual y es el que se hace responsable de la carga dramática al lado del niño Juan Sebastián Calero, en una versión fresca del hijo adolescente. La obra no está mal para iniciar el debate del sida en las salas del país, pero el interesante movimiento del teatro colombiano no ha dado todavía aquí su última palabra.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.