Domingo, 21 de septiembre de 2014

| 1988/06/06 00:00

“Siempre he sido reaccionario”

Álvaro Mutis, a 40 años de la publicación de su primer libro, habla acerca de su obra con SEMANA.

. Foto: Archivo SEMANA

La semana pasada, invitado por el Festival de Arte de Cali, llegó a Colombia, procedente de México, el poeta y novelista Álvaro Mutis.

Vino invitado por los organizadores del evento, que el pasado 5 de mayo le hicieron un homenaje con motivo de cumplirse 40 años de la publicación de su primer libro, "La Creciente". Durante la corta escala que hizo en Bogotá, Mutis recibió a SEMANA y habla de su primer libro, de sus recuerdos, de sus personajes y hasta de sus convicciones políticas.

SEMANA: ¿Cuál es el primer texto digamos literario, que recuerda haber escrito?

Álvaro Mutis: El primer texto que recuerdo haber escrito, y que recuerdo haber publicado, se llama "La Creciente". Lo publiqué en la revista Vida en un número de 1946, en su segunda etapa, de la que era director Rafael Guizado, y yo era el jefe de redacción como director de Relaciones Públicas y de Publicidad de la Colombiana de Seguros. El texto se refiere, muy concretamente a la creciente del río Coello, que circundaba la hacienda nuestra de café y caña. Yo creo que en este texto, que tuve la ocasión de leer en una fecha memorable, cuando cumplí 60 años y el presidente Betancur decidió celebrarlos conmigo en el Palacio de Nariño, están ya todos los elementos de mi poesía y yo casi diría que los de mi prosa narrativa.

SEMANA: ¿A esa misma creciente vuelve después en el nocturno "Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales... "?

A. M.: Ahí vuelvo otra vez, en "Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales...", que es sencillamente la lluvia que va a producir esa creciente a la madrugada siguiente. Y he vuelto también en el nocturno dedicado al río Misisipi, en mi libro "Un homenaje y siete nocturnos", que es otra vez el río creciendo, que para mi es una de las imágenes más espléndidas más maravillosas y que están más cerca de lo que yo quiero hacer en poesía. O sea, lo que yo quiero hacer en poesía trata de estar más cerca de eso que es la realidad maravillosa.

SEMANA: ¿Qué lecturas marcaron los primeros años de trabajo?

A. M.: Esa es una pregunta trapera, como dicen los gauchos, pero la voy a contestar. Voy a tener que hacer un esfuerzo de imaginación y de memoria. Yo fui un lector devorante, un lector insaciable. Cuando había escrito ese primer texto, ya había leída buena parte de los clásicos españoles había leído, desde luego, todo Julia Verne y todo Emilio Salgari. En mi niñez leí estos espléndidos autores entre los ocho y los doce años, y en las largas temporadas que me quedaba en Coello tratando de no ir a terminar un bachillerato que nunca terminé, en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, había leído todo y no había leído nada. Claro, porque ahora, y desde hace muchos años, he vuelto al maravilloso placer de la relectura y me he dado cuenta que esos textos que entonces leí son ahora, a la altura de los 65 años, otros textos distintos. Pero había leído mucha historia, mucha biografía, muchos libros que rememoraban hechos históricos sobre todo de la época de Bizancio, de la época del Consulado y el Imperio --que son las dos que más me atraen--y de la época del gran Imperio Español de Carlos V y Felipe II.

En literatura leí con el desorden con que se lee la literatura -tal vez con más orden había leído la historia-, pero había leído muchísimo. Conocía a Balzac, Stendhal, Dostoievski, muchos de ellos en traducciones al español, muchos de ellos en las traducciones francesas que había entonces al alcance, porque hay que recordar que estábamos en plena guerra y Colombia había quedado aislada del mundo francés, que es al que yo tenía más acceso por el conocimiento de la lengua. Pero mi padre y mi madre habían guardado libros y yo recuerdo muy bien que leí a Stendhal en francés. Es muy difícil ahora rememorar lo que había leído y por eso dije que se necesitaba un gran esfuerzo de memoria para decir la verdad y de imaginación para tratar de mentir.

SEMANA: ¿Había leído algo de Joseph Conrad?

A. M.: No. No conocía nada de él.

Leí algo de Joseph Conrad posteriormente, inclusive después de mis primeros textos. La obra de Conrad que me marcó más profundamente fue "Victoria", donde hay un personaje que es, evidentemente, uno de los antecesores de Margroll el Gaviero. Pero Conrad viene después de dos textos que yo escribo: "La Creciente" y un largo poema que salió publicado en el suplemento del diario La Razón, dirigido por Alberto Zalamea, que se llama "El Miedo", que también aparece publicado en "La Balanza".

SEMANA: ¿Cómo fue la publicación de ese primer libro y cómo lo recibió la crítica?

A. M.: El primer libro, que salió en el año 48, fue un libro que ha tenido un éxito editorial mayor que el de "Cien Años de Soledad". Para mi Gabo sigue siendo en eso -como en muchas cosas- un discípulo porque ese es un libro que se agotó en 24 horas. Nosotros, Carlos Patiño y yo, lo habíamos publicado hacia marzo de ese año y en él iban alternados un poema mío y otro de Patiño. Había que pagarle 500 pesos al editor, un señor García de la editorial PRAG, que me dio algunos ejemplares y me dijo que el resto me lo daba cuando le pagara la edición. Reuní ese dinero el ocho de abril. Yo le dí el dinero a Carlos Patiño y el fue y recogió los libros.

Los distribuimos en la noche del ocho de abril en las librerías de nuestros amigos, como la Mundial, que estaban en el centro de la ciudad. Por ese entonces yo era jefe de publicidad de Bavaria.

Al día siguiente la crítica fue incendiaria, fue una crítica flamígera porque era 9 de abril y los libros quedaron convertidos en cenizas. Entonces yo agoté la edición y eso no lo ha podido hacer Gabo porque "Cien Años de Soledad" demoró varios meses en agotarse, mientras lo mío se agotó en un solo día.

SEMANA: Para muchos escritores hay ventajas y desventajas derivadas de escribir por fuera del país. Usted, que comenzó escribiendo aquí y ahora lo hace por fuera, ¿cree que hay diferencias?

A. M.: Quisiera decir lo siguiente: ventajas puede haber algunas, como tener más exacerbado el recuerdo, más irritada la nostalgia del lugar que yo evoco, un pequeño rincón del Tolima donde mis abuelos, y después mi madre, tuvieron una hacienda de café y caña que se llamaba "Coello". Pero ahora, estas ventajas estoy dispuesto a cambiarlas por haber vivida en Colombia. No le deseo el exilio absolutamente a nadie. Ahora que aterrizaba el avión en el que llegué hace tres días, pensaba que yo soy de aquí.

¿Qué hago afuera? En verdad sí. Libros como "Los trabajos perdidos" "Caravansary", "Los Emisarios" y las novelas que he escrito afuera -la trilogía, sobre todo-, sólo tratan de rescatarme de ese exilio, de regresarme -así sea sólo por medio de las palabras- al haber estado en Colombia. Como no es así, no puedo llamarlas ventajas. En tal caso es una ventaja dolorosa porque yo no me sigo moviendo de este sitio y de estas evocaciones y suscitaciones que me crea ese lugar. Pero, yo no quiero pagar con estas obras el hecho de estar exiliado.

SEMANA: Una palabra clave, que podría definir facetas de su obra es la palabra evocación. Usted suele estar evocando como en los nocturnos o en varios pasajes de La Mansión. ¿Es esa una manera de distanciarse de los hechos para poder narrarlos?

A. M.: Es una manera impuesta a mí mismo. Desde luego, yo no soy tan ingenuo de pensar que si hubiera seguido viviendo en Colombia esos lugares, que de todas maneras tienen ya una distancia en mi vida, no los hubiera evocado tan bien dentro de Colombia porque, de todas maneras, están perdidos, corroídos por el tiempo, por el uso. Yo he vuelto a "Coello" y no tiene nada que ver con lo que yo viví y con lo que soñé en ese lugar. Tal vez la distancia ha irritado, ha puesto más en evidencia la presencia de esos lugares, de todas maneras perdidos. En muchos textos míos sobre todo de las últimas épocas--en poemas como los nocturnos o los de "Los Emisarios", o de la "Crónica Regia", donde recuerdo a Felipe II- que parecen recuerdos de orden histórico, evoco las lecturas que entonces yo hacía en "Coello". Allí lei biografías, libros sin orden ninguno en forma volcánica y tumultuosa. Y esas figuras eran ya muy importantes para mi, significativas de un cierto entorno que me señalaba particularmente a mí

SEMANA: Pero, a partir de la evocación hay una indudable inclinación a jugar, sobre todo con el lector, en casos como "Antes que cante el gallo ", esa especie de evangelio según Mutis. ¿Es un juego escribir?

A. M.: Dice Pablo Neruda, "Dios me libre de inventar cosas cuando estoy cantando". Nada de esto es inventado. Es un juego, claro que es un juego. Pero no con el lector. Es un juego conmigo mismo que el lector tiene que ver y aprender a ver. Con el lector no puedo jugar porque no sé quién es, ni lo puedo concebir. Yo creo, además, que sigo siendo un autor de libros para una pequeña minoría. Creo que mis libros los leen algunos de mis amigos y algún lector in cauto a quien le caen los libros en la mano. Nunca seré un autor de éxito, o tumultuosas y numerosas ediciones Pero, con estos lectores que tengo no Juego. Juego conmigo, juego a que eso está todavía vivo, a que lo tengo al alcance de la mano y al alcance de mi capacidad de delirar. Son mis propios demonios lo que pongo en frente de mí. Y esas evocaciones, tanto históricas como concretas, de la tierra el ambiente de "Coello", son sencillamente eso: tratar de edificar de nuevo esos escenarios maravillosos que para mí son esenciales.

SEMANA: Esto suena a pregunta de Vanidades, pero es para matar una curiosidad. ¿hay algún cuento o poema al que le guarde especial cariño?

A. M.: Sí. Los poemas más cercanos a mí, los que en este momento siento más esenciales, están en el libro "Los Emisarios", que fue publicado por el Fondo de Cultura Económica y no sé si haya llegado a Colombia. En él hay poemas como "Una calle de Córdoba", el poema de " Cádiz", que se refiere a la tierra de mis ancestros los Mutis--Don José Celestino y su hermano Manuel, que fue mi tatarabuelo. Como libro de narración, yo diría que el más cercano a ciertas esencias mías es "La nieve del almirante", que es la primera parte de la trilogía que forma junto con "Ilona llega con la lluvia" y "Un bel morir" .

S.: ¿Y algún personaje, dejando fuera de concurso a Magroll?

A. M.: Yo diría que Ilona. Es un personaje femenino sobre el cual mi esposa Carmen me dice que "Ilona es usted. Otra vez usted creó un personaje a su medida". Ilona es el complemento femenino de El Gaviero.

SEMANA: Hablando de personajes, hubo alguna vez una polémica sobre su manejo. Vargas Llosa decía que se le salían de las manos, que se le rebelaban y que un personaje que inicialmente era malo en la mitad del trabajo mostraba una cara buena, y citaba el caso del Jaguar en "La ciudad y los perros ". En cambio, Onetti afirmaba que era un dictador y que los personajes hacían lo que él quería. ¿En cuál de esas orillas está usted?

A. M.: No sé cómo Onetti puede tener el valor de decir semejante cosa. Uno está en manos de los personajes. Por lo menos yo estoy en manos de los personajes a tal punto, que he terminado una corta novela que se llama " La última escala del Tamp Steamer" en la que me propuse que no apareciera El Gaviero. Y de repente, hay dos personajes de la novela que están en un café y llega Magroll el Gaviero a hablar con ellos. No pude hacer absolutamente nada, ni pude callarlo ni pude sacarlo de allí, porque irrumpió de repente en las páginas y en la realidad de mi libro. No dejó hablar a nadie -raro en Maqroll- y decide del destino de los personajes principales en cierto momento, y toma un papel protagonista que traté de reducir al mínimo, pero no pude. En "La nieve del almirante" yo quería que Magroll terminara su viaje hasta los aserraderos junto con el capitán del lanchón. Y el capitán se me mató una mañana, sin permiso mío, sin que yo lo quisiera. Yo lo necesitaba y me dejó un hueco enorme se colgó, se mató, y Magroll tuvo que enterrarlo y yo tuve que llenar ese hueco que dejó, pues decidió matarse, por su propia cuenta. Esto parece que fuera literatura, que fuera un exabrupto mío, pero es así. Ellos tienen tal carga de vida, por lo menos frente al que los está escribiendo, tal carga de razones para vivir o para no vivir que sus decisiones son completamente independientes, autónomas.

SEMANA: Usted, que maneja con gran maestría tanto el verso como la prosa, ¿con cuál disfruta más?

A. M.: Definitivamente con el verso. La prosa es una de las cosas que más trabajo me cuesta y que me da más inseguridad. Yo no sé, realmente, cómo narrar. Muchas veces, cuando escribo estas novelas -como "Ilona llega con la lluvia", que ustedes conocen en una edición bastante arriesgada y llena de errores y de feuras- me cuesta un trabajo inmenso poder seguir la trama, el enredo, la red que se forma con esas vidas. Yo no estoy acostumbrado a ello. Los poemas, que a veces me cuestan más trabajo que la prosa, son un trabajo más placentero, más pleno. Siempre siento una insatisfacción que no se colma con estas prosas.

SEMANA: Varias veces ha dicho usted que la monarquía es el sistema ideal ¿Sigue pensando eso en la Colombia actual?

A.M.: Esta posición mía de fidelidad a la monarquía, sé que se presta a una circunstancia humorística, y a una ironía de parte de quienes me lo oyen decir a tal punto, que he pensado no hablar más de ello porque tendría que hacer unas aclaraciones que por elementales serían una falta de respeto a mis lectores y al público.

Sin embargo voy a contestarla. Es obvio que yo no estoy pensando en una monarquía, ahora, para solucionar problemas como los de Colombia. A partir de la Independencia, que es el mayor error que se cometió en estas repúblicas, el juego ya estaba hecho y ya habíamos roto con un tronco cinco veces milenario, que es el tronco hispánico, y habíamos cambiado esa inmensa tradición por algunos principios mal leídos de Juan Jacobo Rousseau, y por algunos de los principios legales y políticos nacidos de la Revolución Francesa, cuya vigencia me parece totalmente transitoria, fugaz y de una importancia mínima. Eso no quiere decir que yo piense que ahora hay que establecer la monarquía. Ya no la vamos a establecer, eso es una lotería que ya no nos tocó. Vamos a tener que seguir con la democracia siniestra, con ese juego que, como dice Borges, es el pequeño engaño de la estadística. Vamos a tener que seguir viviendo con eso porque la otra posibilidad es el Gulag, que me parece tan siniestro y tan horrible. Estamos entre el Gulag y el supermercado. Vivamos con el supermercado y no hay remedio. Mis amigos saben que siempre he sido lo que Gabo llama, con bastante escándalo, "un reaccionario".
Siempre lo he sido. Jamás nadie podrá decir que he tenido complacencia ninguna con este juego republicano. Ahora, tengo que vivir en él. Mala suerte mía, junto con otras malas suertes que hay que compartir.

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