Viernes, 31 de octubre de 2014

| 1983/05/02 00:00

"SIENTO QUE BEETHOVEN RECORRE CONMIGO EL TECLADO"

La pianista colombiana Blanca Uribe, ha demostrado que, finalmente el arte no tiene fronteras.

"SIENTO QUE BEETHOVEN RECORRE CONMIGO EL TECLADO"

"Tan expresivos son los ojos que se comen el rostro", fue la frase con la cual José Martí puso de relieve la impresión que le causara el observar un retrato de Simón Bolívar. Esa sentencia se aplica, aunque en distinto color, al verde intenso de la mirada de la pianista colombiana Blanca Uribe quien, el martes 21 de marzo, se presentó en "The John Kennedy Center for Performing Arts" en Washington. El recital que comprendió obras de Scarlatti, Schumann, Wilson y Albeniz fue ejecutado, como dijo la crítica especializada más exigente, con "notable soltura y, en diversos tramos, alcanzó una fluidez que llega al límite de lo brillante".
En entrevista exclusiva con SEMANA, Blanca Uribe, cuyo porte menudo crece en el escenario, graduada suma cum laude en la Academia de Música y Arte Dramático de Viena y del Juilliard School of Music de Nueva York, ciudad donde reside, abordó diversas facetas de su gran pasión: el mundo invisible y sonoro de la música que la cautiva desde niña.
SEMANA: ¿A su juicio cuál es la etapa más difícil en el aprendizaje de un pianista clásico para llegar a poseer un bagaje técnico indispensable?
BLANCA URIBE. El principio. Una base firme resulta fundamental, constituye un imperativo. Disponiendo yo de una técnica innata, "de fábrica", con la que nací y, además, de estupendos profesores, éstos no me la trabajaron en la edad clave, alrededor de los diez años. Ello ocurrió tiempo después, al cumplir 16, y fue posible en importante medida gracias al maestro Richard Hauser, de la Escuela de Música y Arte Dramático de Viena, mi alma mater. Debido a una ardua labor --casi seis años-- que requiere perseverancia y voluntad a toda prueba, mis manos lograron "asimilar" una capacidad técnica para expresarse. La mano debe ser abierta, de buenos músculos, susceptible de desarrollarse y, si es pequeña, quizás puede constituir serio obstáculo. Claro que a veces los dedos largos no influyen, pero un requisito esencial es tener palma ancha.
S.: ¿Hay razones para que se prefiera interpretar determinadas obras y que, en un rango de preferencias, el artista termine quedándose con "la pieza" que, según sus predilecciones, no cambiaría por ninguna otra?
B.U.: No podría señalarle el por qué en mis recitales, hasta donde resulta posible, únicamente interpreto lo que me llega al alma. Permítaseme la paradoja aparente de que las razones residen, en este caso, en sentimientos que catapultan con una fuerza inexplicable. Sin los clásicos no vivo: Haydn, Mozart y, muy en especial, Beethoven: las 32 sonatas y sus cinco conciertos. Esa música me fluye con naturalidad, al extremo que siento se produce una simbiosis absoluta entre intérprete y compositor, como si por encima de los siglos, el genio de Bonn estuviera dictándome y fueran sus manos las que recorren conmigo el teclado.
S.: ¿Cuáles son, entonces, sus obras predilectas?
B.U.: El monumento de la sonata Opus 106 con su dificultad técnica y sus complejidades musicales. Naturalmente empezaré a comprenderlas al cumplir 80 años. Entonces, no podré tocarlas, pues tendré artritis (dice medio en broma, sonriendo apenas). "Danzas de David", que interpreté en el "Kennedy Center", constituye también uno de mis temas predilectos, pero me da mucha preocupación y voy diciéndome cómo hacer la frase tal o cual, en cadena interminable de preguntas, lo que significa un desgaste inmenso. La estudié por vez primera en una etapa de mi juventud que recuerdo mucho y esa obra tocó, parte del corazón. Diría que tiene cambios de temperamento, tristeza, alegría y alterna la intimidad con la extroversión. Me deleita atravesar por todos esos estados distintos en 25 minutos aproximadamente.
S.: ¿Cuándo puede decirse que un pianista alcanza el nivel de los maestros? ¿Cuáles obras debe dominar por ejemplo, para incorporarse al club de los grandes?
B.U.: Creo que es menos difícil ininterpretar a Chopin, Liszt... Por contrastes, Mozart, con su transparencia y claridad, exige un estilo constante para poder expresarlo. De dominarse Beethoven, estimo que se camina el gran umbral. El arte no tiene fronteras. Sin embargo, por imposición de la realidad no es lo mismo el que un artista de América Latina permanezca en su país de origen a que emigre a competir en Estados Unidos o Europa. Ese fenómeno repercute en las posibilidades del músico. En el caso de Colombia, tiene buenos maestros y no hay estímulo adecuado. Pero empieza a producirse un cambio lento, positivo. No existe aquello de la competencia sana ni posibilidades de que en la etapa formátiva pueda escucharse a jóvenés de la misma edad que una. En esas condiciones, careciendo de alternativas de comparación parece utópico tomar conciencia de dónde puede ubicarse una. El circuito musical colombiano --demasiada reducido-- lo integran dos o tres grupos pequeños y nadie sabe de veras cuánto le falta en el terreno profesional. Por contraste, Estados Unidos permite empaparse con una perspectiva amplia. Se cae en la cuenta de que no hay meta, de que se va hacia el infinito. Debe estudiarse todos los días y está el hecho concreto de que aprendemos de los grandes. En Colombia no existe mucho para hacer, musicalmente hablando. Me gustaría tocar algún concierto de Luis Antonio Escobar con la Sinfónica de Colombia. Otros compositores de mi país no me han enviado ninguna de sus creaciones. No sé si sea culpa mía o de ellos, pero la única respuesta obtenida es el silencio. Espero que cuando Colombia supere la situación económica un poco difícil, será factible una gira con la Sinfónica por varias naciones. Por otra parte, mi carrera está subiendo, se encuentra en la puerta de algo sustantivo. He sido pesimista al respecto, pero ahora me llegó una ráfaga de optimismo. En el curso de 1983 deberán formalizarse presentaciones mías en Estados Unidos con las orquestas sinfónicas de Kansas y Saint Louis y otras que no mencionaré para no dañar esa suerte. De vez en cuando soy supersticiosa.
S.: A cuál país se siente que pertenece más?
B.U.: Creo tener dos patrias: Estados Unidos, país en el que vivo hace veinte años y Colombia, mi tierra, donde la sencillez y la calidad humana no sóla son productos de consumo interno, sino también de exportación.--

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