Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1985/05/06 00:00

SIERRAS QUE SON MARES

Salcedo en su exposición en Barranquilla, desconcierta al público

SIERRAS QUE SON MARES

"Maestro", le dice una señora la noche de la inauguración en la Sala de Avianca, "¿por qué no volvió a hacer aquellos muñequitos en cajas blancas que me gustaban tanto?" La pregunta, indiscreta como puede parecer, ingenua como en realidad lo es, sirve sin embargo para iniciar un cuestionamiento a muchas otras figuras del arte nacional. Pues si Salcedo hizo que el trabajo suyo que había llegado a gustar tanto pasara a formar parte de lo ya hecho para iniciar busquedas diferentes, lo mismo no es cierto de,tantos de nuestros consagrados y aun, para tristeza nuestra, de tantos "jóvenes maestros" en vías de consagración.
La sola palabra tiene un aburrido tono religioso. "Consagrar" es verbo para usar post-mortem cuando lo consagrable ha dejado de vivir, es decir, de rnodificarse, de inquietarse, de tensionarse. Y, a pesar de ello, una proporción muy considerable de artistas entre nosotros aspira a la consagración, y muchas de nuestras instituciones de arte aspiran a medir su importancia en términos del número de consagraciones que logren realizar, o de consagrados que alcancen a inclúir en la lista de sus adeptos.
Lo peor es que, para el artista, cuando la consagración ocurre, ya es muy difícil variar el rumbo. Entonces repiten el trabajo reconocible y que ya gusta, que ya se identifica con la firma que lo acompaña, y que por lo tanto encuentra abierta la puerta del mercado y de la receptividad económica. Claro está que tambien esta situación es cómoda en tanto que el artista ya no tiene que seguir pensando ni esforzarse por concebir nuevas ideas, ni por explorar nuevos territorios: todo lo que tiene es que seguir haciendo objetos que al fin y al cabo ya se sabe cómo son y de qué se tratan. Para efectos de la creatividad, estos artistas han muerto. Pues el creador lo es por generador de ideas y conceptos y no por hacedor de objetos más o menos exquisitos, más o menos costosos, o francamente caros.
Estos artistas repetidores de fórmulas han debido morirse hace rato, cuando agotaron la fortuna de sus ideas. A sus exposiciones no vale siquiera la pena ir porque ya hemos visto lo que vamos a ver y porque ya sabemos de qué se tratan los objetos que religiosamente siguen fabricando.
Por el contrario, Salcedo busca su identidad en el campo que está aun por fuera de lo que ya ha hecho de lo que ya conoce de sí mismo. Rechaza la comodidad de recordar lo que de sí mismo vio alguna vez en el espejo del arte y con un verdadero sentido de aventura mira más allá para descubrir como solo él, o solo cualquiera, individualmente, a solas consigo puede hacerlo, las coyunturas más sorprendentes. La idea de sorpresa guía su trabajo aun al costo de desconcertar a un público habituado al arte reconocible. Con sorpresa ha descubierto las sierras sin fin que generan mares procelosos donde el nadador que es cualquiera de nosotros al mirar sus obras, se sentirá amenazado de muerte. Y esas mismas cajas angustiosas hechas al retornar a su Colombia natal, suceden a aquellos otros objetos elevados sobre zancos elegantísimos objetos dictaminados por el aparato cerebral y el buen gusto que había realizado en la tranquilidad de su refugio en la embajada de su país en Budapes. Y aun estos sucedían a las "cajas blancas que me gustaban tanto que la señora barranquillera evocaba hace pocas noches en la Arenosa. Sucesiones de ideas y maneras alternadas con que un mismo artista investiga su propia sensibilidad tratando de hallar sus límites más recónditos sin temor a encontrar lo que no se parece a la idea que tiene de sí mismo.
Por el contrario definiendo la intención de revelar (por medio del arte) lo desconocido y tantas otras cosas que lo acompañan.
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"Soy un perdido, soy un marihuano..." P. Barba Jacob 1.921
Cuando hace sesenta y cuatro años el poeta de Santa Rosa de Osos, desde México lanzó estos versos como imprecación a los hipócritas todavia el apóstrofe tenía la capacidad de abofetear con desafío. Pero hoy a tanto tiempo de la hegemonía de la moral victoriana, la exclamación de Luis Caballero al respecto de la incidencia de su particular sexualidad sobre la preferencia en el uso de modelos masculinos ("pinto hombres desnudos por que soy marica", Revista Cromos marzo 1885) resulta apenas frase de salón de provincia. Habría que preguntarse hasta qué punto tal afirmación y sus implicaciones también revelan su proyección de artista. -
Galaor Carbonell.

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