Viernes, 20 de enero de 2017

| 1983/01/17 00:00

SIN ALMIDON

Con humor y agudeza crítica, Juan Gustavo Cobo arremete contra viejos y nuevos conformismos en una serie de ensayos sobre autores no colombianos.

SIN ALMIDON

Juan Gustavo Cobo Borda: La otra literatura latinoamericana, Colcultura, Procultura S.A., El Ancora, Editores, Bogotá, 1982.
Juan Gustavo Cobo Borda constituye en Colombia el más acabado espécimen del poeta que, a la par de su estricta obra poética, moviliza su pensamiento hacia la plasmación de una obra crítica, que no sólo revaloriza el pasado literario colombiano sino que confronta y enjuicia el corpus de la literatura contemporánea. Ya en sus anteriores recopilaciones de ensayos, La alegría de leer (1976) y La tradición de la pobreza (1980), la pasión intelectual se había aunado a una reflexión crítica capaz de encarar los procesos socio-culturales en que se asientan las obras de creación, de deslindar autores, corrientes y movimientos, de desenterrar lo viejo sea para derribarlo o para vivificarlo.
Su escrutinio ha surgido de un necesario distanciamiento que le permite refutar verdades establecidas, ir a contrapelo de hábitos culturales en los que la adulación y la lisonja no han sido más que las señas visibles de la persistente falta de rigor.
La abolición de la visión pasatista de la literatura que Cobo ha ejercido en sus trabajos se alimenta no sólo de la agudeza y claridad de expresión sino también del cultivo del humor y de la mordacidad. Junto a las propiedades formales del lenguaje coexisten en sus textos el desenfado y el desalmidonamiento, que le han permitido, como diría Karl Kraus, retozar en el prado de la cultura colombiana (demasiado a menudo infestada de tediosa solemnidad).
Todos esos rasgos vuelven a acusarse en La otra literatura latinoamericana, que incluye por primera vez ensayos sobre autores no colombianos.
Desde el prólogo nos advierte que él es "alguien, por ejemplo, que en el caso de la poesía nicaraguense considera a Carlos Martínez Rivas y a Ernesto Mejía Sánchez poetas mucho más importantes que Ernesto Cardenal" (con lo cual no podríamos estar más de acuerdo). La irreverencia de Cobo se manifiesta de contínuo y arremete tanto contra los viejos como contra los nuevos conformismos. Para el caso, considera que "el dúo más soporífero que recuerden las letras latinoamericanas" es el que "integran Ernesto Cardenal y Mario Benedetti" (p. 96), este último calificado como "ese notario triste de la clase media uruguaya" (p. 156). Sobresalen en la primera parte del libro (que es la que justifica el título de La otra literatura latinoamericana) los ensayos dedicados a Victoria Ocampo y a Enrique Molina, ambos excelentes, aunque no siempre se pueda acompañar a Cobo en el entusiamo --a ratos excesivo-- por la fundadora de la revista Sur. También se destaca una certera reseña sobre Taberna y otros lugares del poeta salvadoreño Roque Dalton, escrita, a juzgar por la fecha, cuando Cobo tenía 21 años, lo que testificaría que Andrés Caicedo no fue el único caso de incorregible precocidad en Colombia.
En la segunda parte regresa al desfiladero de la literatura colombiana, sobre la cual ha sabido sentar una medida crítica, a la altura de la labor desplegada en años anteriores por Hernando Valencia Goelkel. Aquí descuellan los trabajos que asedian la obra de los poetas Carranza, Gaitán Durán y Rivero, los volcados sobre los tres viejos de la generación de "los nuevos" (Maya, Arciniegas y Lleras Camargo), que se empeñan en raspar a esta suerte de clásicos nacionales hasta sacarles todos los efectos vivos posibles, así como los análisis de la narrativa de Mejía Vallejo y de la crítica de Volkening.
El texto intitulado Andrés Holguín, o la sensibilidad de las señoras merece mención aparte por su devastadora aproximación a una cierta manera de enfocar el quehacer literario, donde desenmascara un caso arquetípico de "esa vacuidad sonora que ha infamado durante demasiado tiempo nuestras letras" (p. 189). Contrasta por cierto, con la nota ¿Cómo, todavía un centenarista? Sí, Armando Solano, más bien desganada y al borde de lo trivial.
Después de tres entrevistas con lo que Cobo llama la "Santísima Trinidad" (Obregón, Mutis, Gabo), el libro desemboca en una serie de materiales heterogéneos ( y heterodoxos) que van desde los paralelos (CapoteMailer; Maupassant Heinrich Man) hasta los Sonrientes epitafios (Carta semiabierta a Groucho Marx, El testamento de Nabokov), en los cuales el autor desgrana su carga lúdica, fonteriza entre el pudor y la impudicia. Allí la interpretación crítica adquiere una formidable capacidad para jugar y conjugar, y desmiente que la lucidez esté enemistada con la frescura, con el desdén a la rigidez ideológica, con los sacrilegios de todo orden.
Esta alternancia de perceptividad y desprejuiciamiento, de penetración e ironía permanente, alcanza la cima en dos trabajos fuera de lo común: Del erotismo japonés al salón de té bogotano, en el que la reivindicación cachaca de la hora del té (de confesado anacronismo) acaba en un peculiar tour gastronómico del "trópico refrigerado" (como llama Oscar Collazos a Bogotá), y en donde queda demostrado que aun en los lindes de la frivolidad deliberada se puede ser corrosivo; y Qué quiere decir te quiero, o una aproximación lírico-fenomenológica al bolero, cartografía de los resueltos del bolero, música en cuya letra Cobo descifra diversas configuraciones de la cultura latinoamericana.
Cabe añadir que el texto dirigido a Marta Granados remite (así no haya sido esa la intención), por asociación inevitable, a la prodigiosa tarea de editor, compilador, antólogo y prologuista emprendida por Cobo durante los últimos ocho años, evidenciada en las numerosas publicaciones de Colcultura y cuyo balance aún está por hacerse.
Cualquier lector atento al desenvolvimiento literario del país sabrá seguramente apreciar este último libro de Cobo Borda, alérgico a la prosapia de los comisarios políticos, en el que se esquivan las pías miopías y en el que nada sobra, salvo el epílogo.-
Hernán Antonio Bermúdez

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