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| 6/25/1984 12:00:00 AM

SIN ARANDELAS NI ARTIFICIOS

Darío Fo y Franca Rame vinieron a Colombia y demostraron que el público también es protagonista de la obra de teatro.

Llegaron a Colombia sin equipajes, luces, arandelas ni artificios. Nos trajeron en cambio la frescura del actor que está a la escucha, encaramado en el escenario o fuera de él. Vinieron con su cargamento de situaciones explosivas, de escenas recogidas en la calle y el trabajo, de momentos captados en la alcoba, el baño o la cocina.
Con la sola riqueza de sus cuerpos rompen el esquema del actor allá y la gente acá, provocando en el espectador el estallido de múltiples sensaciones que lo convierten al mismo tiempo en coprotagonista del espectáculo. De la mano con el actor, el público actúa, se burla, pelea y se reconcilia consigo mismo.
Pero el espectáculo de Franca Rame y Darío Fo, no es para explicar sino para ver. Cada uno a su manera nos cuenta historias diferentes, aunque ambos hacen del teatro una experiencia alegre, viva y dinámica.
Las presentaciones de Darío Fo y Franca Rame, un matrimonio de arte y amor, constituyeron una muestra de cómo el teatro puede dejar de ser un espectáculo distante y frío para convertirse en una vivencia compartida por el actor y su audiencia.
Vinieron a Colombia invitados por el Centro de Investigaciones Teatrales y el Museo de Arte Moderno, alternando sus presentaciones en Bogotá y Cali con talleres de formación práctica. Se fueron dejando algo más que buenos recuerdos. Sus lecciones y enseñanzas quedaron también entre los estudiantes de arte dramático.

EL MOMENTO DE FRANCA: ¿QUE SE ME HICIERON LAS LLAVES?
Título de la obra: "Toda Cama, Casa e Iglesia". Protagonista: cualquier mujer común. Escenario: dos sillas, una mesa, un catre y un telón. Tema: la manoseada opresión femenina. El estilo en cambio, es directo, coloquial. No es, sin embargo, un panfleto político ni una declaración histérica de feminismo, sino una reconstrucción de la vida cotidiana que lleve a los hombres y mujeres presentes a reflexionar.
Son cuatro actos y una misma idea: el reconocimiento del encierro físico y mental de la mujer y la permanente búsqueda de las llaves que abran la puerta o al menos las ventanas. Las situaciones evolucionan de lo trivial a lo crudo y lo violento, provocando tanto hilaridad como angustia.
Todas las mañanas la misma tragedia de las mismas llaves... la mujer se despierta, tarde claro, y comienza su ajetreo diario: cambia al niño, le da el tetero, lo baña, lo viste, hace el desayuno, comienza a vestirse y arreglarse para ir a trabajar. Cuando ya va a salir no encuentra las llaves. Hace entonces un recorrido mental de sus actos del día anterior y las busca aceleradamente en la nevera, la lavadora, la cuna del niño, la ropa sucia y el comedor. De repente, mira el calendario y descubre que es domingo, olvida sus angustias y afanes y se va a dormir.
En bata de levantarse ella plancha. El radio le hace compañía. No le hace falta nada, tiene televisor, licuadora, lavadora, secadora hasta una nevera que hace hielos redondos y no cuadrados.
La conversación con su vecina de enfrente -en realidad es más con ella misma-, es confidencial y desbocada, alude a una aventura amorosa y un intento de suicidio. Luego viene el perdón de su marido pero también su revancha: la encierra bajo llave y la controla a través del teléfono. Al final se dice, "No hay razón para no ser feliz, soy prisionera pero dueña"...
Al llegar a este punto las acciones se complejizan y aparecen recursos más sutiles en la narración. Como aquél de los cuentos y fábulas infantiles que ilustran la dualidad en la que se debate la mujer: por una parte, la realidad de la persona adulta que termina sometiéndose, y aquella de la niña que se rebela a través de sus fantasías. Al fin de cuentas, todas tenemos la misma historia... que contar. Inspirada en un relato periodístico, Franca culmina su actuación mostrándonos, en todo su escozor, la más cruenta de las formas de sometimiento de que puede ser víctima una mujer. Su fuerza expresiva es tan inobjetable que puede prescindir de los violadores para hacer explícitos los sentimientos de humillación, temor, dolor, asco, abandono e impotencia que la invaden. Se logra entonces el máximo grado de compenetración entre la actriz y su público. La tensión y el silencio del auditorio así lo confirman.

EL MOMENTO DE DARIO: ADIVINA ADIVINADOR...
El teatro de Fo es una fiesta continua a la que todos estamos invitados. Desde el principio, el actor nos ofrece unas cuantas pistas y claves que nos permiten desatar el nudo de la imaginación.
Es el momento de la adivinanza, de las cosas sugeridas pero nunca dichas, es un juego al acertijo donde las posibilidades de ganar son parejas para todo el mundo.
Su obra, Misterio Bufo, se nutre precisamente de aconteceres y personajes extraidos de la cultura popular europea, o de pasajes bíblicos que llegan al público bajo la forma de una parodia de conductas, costumbres o modales fácilmente reconocibles por todos.
Así, sus representaciones de un hambriento campesino italiano del Siglo XV, de un noble tutor francés o de un abogado inglés defensor de un Fraile, son una fiesta permanente en las tablas. Su capacidad de aprehender el lenguaje en sus diversos planos, desde lo fonético hasta lo gestual, es tan prodigiosa que haría redundante el uso mismo de los idiomas. Como él mismo lo advierte en el curso de su presentación: "Aquellos de ustedes que hablen el francés, acabarán pidiendo ayuda a quienes no lo entienden... Esta noche es el triunfo de la ignorancia".
Rescatando la habilidad improvisadora del juglar en las ferias medievales, Fo evita cualquier barrera que pueda inhibir la participación del público, aprovechando la más mínima ocasión (como la lentitud del público para sentarse o una simple falla en la traducción), para entablar un clima de confianza con la audiencia.
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