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| 6/3/2017 10:15:00 PM

Sin mover los labios

Esta extrañísima película colombiana se aleja del realismo usual de nuestro cine para explorar la psiquis perturbada de un ventrílocuo introvertido. ***

País: Colombia

Año: 2015

Director: Carlos Osuna

Guion: Carlos Osuna

Actores: Giancarlo Chiappe, Consuelo Luzardo, Álvaro Bayona

El cine colom-biano no es muy pródigo en películas raras, por eso la llegada de cualquier ejemplo me parece motivo de celebración. Así que me gustaría aplaudir desde acá este Sin mover los labios, una cosa extrañísima, perturbadora, depresiva, absurda y opresiva, que se estrenó esta semana en un puñado de salas y que, temo, si no se apuran a verla, se perderán para siempre.

Los placeres que vienen con el cine raro no son los mismos, claro, que los del más convencional. Acá no necesariamente es deseable la coherencia ni replicar los estándares de belleza masculinos o femeninos como los concibe, digamos, una telenovela. Este cine raro –que en Estados Unidos recibe varios nombres, entre ellos de medianoche y psicotrónico– busca excavar en lo que consideramos normal para encontrar artefactos que la mayoría prefiere ignorar.

Es justamente lo que ha logrado Carlos Osuna en este, su segundo largometraje: rescatar una seguidilla de imágenes poderosas, perturbadoras y por momentos incoherentes, muy inquietantes de ver.

En medio de estas imágenes en blanco y negro llegué a pensar que Osuna se había metido en los sueños más oscuros y perturbadores de nuestra generación para capturar una pesadilla comunal, la clase de imágenes que la gente que creció en un país aislado y cargando a cuestas una guerra eterna, con una educación audiovisual resguardada por el buen gusto de apenas tres cadenas de televisión, jamás podrá sacarse de la mente.

Por allá en el fondo de esta película me pareció encontrar ecos distorsionados de la televisión que nos marcó, de la familia asexual de Dejémonos de vainas, de los chistes inocentes del Sábados felices de hace décadas, de las telenovelas mexicanas y venezolanas que nos formaron (y deformaron) emocionalmente, del costumbrismo pacífico de Don Chinche y el desenfrene de El show de Jimmy. Pero son apenas sombras y rastros que no sé si estaban ahí o si los imaginé en la oscuridad.

El protagonista es Carlos (Giancarlo Chiappe), un ventrílocuo que vive con su madre (Consuelo Luzardo) mientras trabaja sin esperanza en un call center infernal –una llamada menciona problemas de internet, pero de resto en el filme no hay ni rastro de celulares inteligentes o computadores–.

Es una película profundamente bogotana, pero de una Bogotá poco explorada: la ciudad melancólica del Chapinero bajo, de los barrios San Luis y Teusaquillo, todos estas zonas de casas oscuras y calles estrechas, de una clase media desesperanzada que desayuna con pan blandito y un café con leche y mucha azúcar.

Obviamente, un mundo así produce sus propias psicopatías y este ventrílocuo (en una interpretación aterradora, como puede ser aterrador un saco cuello de tortuga de hilo beige) es un psicópata agridulce, tierno y cruel, apocado y egoísta.

No es una cinta coherente y recriminarle eso sería perder de vista lo que tiene de valioso. Al sumergirse en las complejidades de su protagonista, Sin mover los labios ofrece un retrato distorsionado e incómodo de nuestra vida psíquica. No sobra decir que en el cine colombiano, que tiende a ser tan conservador, producir algo así es un acto de notable valentía.

CARTELERA

Si no despierto **½

Una adolescente se levanta siempre en el mismo día en esta mezcla de drama juvenil con Día de la marmota.

Planetarium **

Dos hermanas espiritistas establecen una relación con un productor de cine en la Francia antes de la Segunda Guerra.

Hambre de poder **½

Biografía del hombre que convirtió a McDonald’s en la red más grande de restaurantes del mundo a punta de persistencia y ambición.

Paula ***

A comienzos del siglo XX, una joven pintora alemana viaja a París buscando libertad artística y personal.

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