Domingo, 22 de enero de 2017

| 2009/01/19 00:00

Y sonó la música

Este fin de semana finalizó el III Festival Internacional de Música de Cartagena, que este año demostró por qué es uno de los principales eventos de música culta en América Latina. Por Emilio Sanmiguel.

El Teatro Heredia fue el escenario principal del III Festival Internacional de Música que terminó el pasado sábado en Cartagena

Mayito, la encargada del aseo de un apartamento de Bocagrande donde se alojaba un asistente al III Festival Internacional de Música de Cartagena que concluyó la noche del pasado sábado, le preguntó una mañana:

—Mire, ¿usted está en eso del Festival?

—Sí. ¿Por qué?

—Porque yo estuve anoche en la Plaza de San Pedro, hice cola desde temprano y vi a la chinita esa que tocaba tan bonito…fu-fu-fu-fuuuu, mientras con su brazo derecho y enorme sonrisa imitó los movimientos del arco.

Y la mañana del sábado 10, día de la inauguración, en el concierto de la iglesia de María Auxiliadora, un muchacho se acercó al patrocinador del evento para decirle:

—No sólo nos gusta el trago y la rumba… ¡esta música también!

La "chinita esa" era la violista taiwanesa Hsin-Yun Huang; lo que "tocaba tan bonito", el Concierto para viola en sol mayor de Georg Philipp Telemann, una de las glorias del barroco alemán del siglo XVIII, y la música que tanto le gustó al muchacho en María Auxiliadora estuvo interpretada por el Cuarteto de Cuerdas S. Lawrence, el arpista francés Emmanuel Ceysson y el clarinetista español José Franch-Ballester.

La organización ha conseguido que sus solistas, habituados al ambiente formal de recintos como el Teatro Heredia o la antigua capilla del Claustro de Santa Clara, acepten actuar en sectores marginales y repetir sus conciertos, al aire libre, en la Plaza de San Pedro Claver. Disuadirlos no ha sido tarea fácil por la fragilidad de los instrumentos. Ocurre, por ejemplo, con la norteamericana Anne Akiko Meyers, que utiliza uno de los célebres Stradivarius de la Corona Española, fechado en 1730, avaluado en varios cientos de miles de euros.

Sin embargo, es justamente en estos hechos donde radica la fortaleza de un evento tan parecido, pero a la hora de la verdad tan diferente de sus congéneres del verano europeo o norteamericano, como Salzburgo en Austria, Glyndeborne en Inglaterra o Bayreuth en la Baviera alemana, que se dan el lujo de ofrecerle a su público la boletería más costosa del mundo.

Un festival de música clásica en Cartagena necesariamente debe ir más allá, lo que de sobra se sabe, que es el acontecimiento musical más exclusivo del mundo social y cultural colombiano. En un concierto del Heredia se puede hacer un buen listado de quién es quién en el panorama social y cultural de país.

Como ocurre con otros grandes festivales, este de Cartagena usa como telón de fondo el marco de la más bella de las ciudades del Caribe que, de contera, por el original emplazamiento de murallas y baluartes es única en la América hispana. La ciudad amurallada está ligada con sectores residenciales de Manga, Bocagrande y Laguito, pero a su alrededor se extiende la marginalidad, barrios con problemas de servicios públicos y carencias de todo orden, donde habitan esos personajes como Mayito, a quien tanto le gustó "la chinita esa" y ese muchacho al que también le gusta "esa música". Porque también a ellos les llega el festival.

Hablando de música

Resolver qué se presenta, y qué no, a lo largo de más de una semana de conciertos, foros, clases magistrales y conferencias es la responsabilidad del director artístico Charles Wadsworth, un extrovertido pianista norteamericano, y Julia Salvi, la discreta presidenta de la Fundación Salvi, radicada desde hace años en Italia.

De un lado las obras, del otro, los intérpretes. En el repertorio no hay escapatoria: hay que cubrir desde el barroco hasta lo contemporáneo; en cuanto a intérpretes, el panorama puede resultar infinito.

La estrategia, aparentemente muy sencilla, funciona sobre dos puntales: una buena orquesta internacional -este año la City of London Sinfonía- que por experiencia y número de intérpretes resuelve con idénticas solvencia y autoridad el barroco, el clasicismo y romanticismo del siglo XIX, y por supuesto, lo contemporáneo. El otro puntal es un magnífico cuarteto de cuerdas -este año el St. Lawrence Quartet-. Así sientan las bases para abordar lo sinfónico y lo camerístico.

A ellos se une el elenco de solistas, una hábil mezcla de figuras internacionales y algunos nacionales: piano, violín, viola, chelo, clarinete, arpa, saxofón, clavecín. A ello se le añadió la presencia del Ensamble Sinsonte, agrupación que trabaja la música tradicional colombiana desde una faceta innovadora.

Entonces se puede entender, por ejemplo, que a las 11 de la mañana del lunes 12 se haya hecho música de cámara con el Cuarteto con piano Nº1 de Mozart (clásico) el Cuarteto Nº6 de Mendelssohn (romántico) y el Vocalise de Rachmaninov (posromántico) para en la noche, en un concierto sinfónico, oír el Concierto para viola de Telemann (barroco), el de Clarinete de Mozart (clásico) y la Sinfonía Escocesa de Mendelssohn (romántica).

Mecenazgo y talento

No hay mucha tradición de mecenazgo musical en el país. Así es. Porque las condiciones fiscales no son atractivas para los empresarios que de paso han sido en general ajenos al mundo cultural.

Sin embargo, todo parece indicar que las cosas empiezan a cambiar y que el III Festival Internacional de Música de Cartagena abre nuevos espacios en este sentido. El listado de patrocinadores directos, benefactores nacionales y extranjeros y amigos del festival es definitivamente importante, tanto es así, que de hecho permite hacer realidad un evento que por su categoría prácticamente no tiene antecedentes en Colombia: sobre el escenario realmente se trata de un evento de categoría internacional y no depende, al menos en este momento, de la ayuda estatal, generalmente sujeta a circunstancias ajenas a la cultura misma.

Si en ediciones anteriores el talón de Aquiles estuvo en la escasa participación de nacionales, aquí hubo una novedad: abrir el espacio a los jóvenes.

Luego de un exhaustivo recorrido por el país se llegó a la selección de lo más granado del talento musical del país: Carolina Castro, violín; Jorge Mario Uribe, clarinete; el chelista Santiago Cañón, y el pianista José Luis Correa, quienes luego de más de una semana de trabajo, ensayos, clases magistrales y talleres de interpretación tocaron en el Auditorio de Bellas Artes: de hecho, su primera actuación de un festival internacional.

Al fin y al cabo, al Festival de Cartagena, desde donde se le mire, difícilmente se le encuentra el pierde. Porque ganan todos. Los del Heredia y el auditorio de Santa Clara y los de la Plaza de San Pedro, además de los que vieron las transmisiones por televisión. Ganan los patrocinadores y también los artistas, porque conocer Cartagena vale la pena. Y ganan Cartagena y los cartageneros como el muchacho de María Auxiliadora y Mayito, que planeaba regresar a San Pedro.

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