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| 11/21/2009 12:00:00 AM

"Soy una suma de contradicciones"

Acaba de llegar a Colombia y no ha dejado de ser noticia. Tras el estreno de su nuevo programa de televisión, Jaime Bayly lanza 'El cojo y el loco', su nueva novela.

El hombre que entra al bar de hotel tiene las maneras tan suaves, la piel tan rozagante, la voz tan dulce y tan mansa, tan delicada, que es difícil pensar que es el mismo que escribió en su más reciente novela estas palabras sobre un niño cojo de 11 años al que sus padres envían a un internado: "Ya en el barco, el cojo comprendió que estaba solo y a su suerte y que su supervivencia dependía de él, de su fortaleza, de su rabia, de su instinto asesino para derrotar a sus adversarios, que parecían incontables y se multiplicaban con los días. Porque el viaje en barco se le hizo eterno entre los vómitos por los mareos y los vómitos por las violaciones que sufría cada noche cuando el capitán del barco y sus tripulantes se turnaban sodomizándolo, metiéndole una media en la boca para que no gritase. El cojo llegó a Londres con una lección aprendida: el mundo se dividía entre quienes rompían el culo y quienes tenían el culo roto".

El cojo y el loco, la nueva novela de Jaime Bayly que lanza Alfaguara este mes, es brutal. En apenas 150 páginas, narra las historias de vida de dos personajes que nunca se conocen -salvo un mínimo encuentro accidental- y que el narrador bautiza "fracasos genéticos". Por supuesto, en realidad, como la mayoría de las novelas de Bayly, lo que subyace en su vertiginosa escritura es una obstinada crítica a la burguesía limeña, a las familias de estos dos engendros y obsesos sexuales cuyas vidas transcurren imbuidas en un delirio grotesco, movidas por la necesidad de vengarse de un mundo de apariencias perfectas que no los soporta. La conquista de la novela es doble: por una parte, su tono no hace explícita ni la macabra parodia ni el negro humor que la corroe, y por otra, logra dos cosas que parecieran irreconciliables: aterroriza al lector con la esperpéntica amoralidad de sus personajes y a la vez, hace que ese lector sienta una culpable simpatía por ese par de infames desquiciados.

JAIME BAYLY: Mientras escribía la novela los tenía ahí sentados, en mi cabeza, hablándome, no me dejaban dormir… Terminé encariñado con los personajes porque yo me sentía hermanado con ellos. No quiero hablar de mis padres pero a mí también en algún momento -no por ser cojo ni ser tartamudo, sino por otras razones más bien obvias-, me hicieron sentir que afeaba un poco la foto de la familia. Que era un indeseable en la familia. Que desdoraba su reputación. Tal vez eso me hizo querer más a los personajes, tal vez por eso ellos me escogieron a mí para yo contara sus historias. Uno nunca sabe de dónde salen estos personajes raros que empiezan a susurrar al oído escenas, circunstancias, diálogos, que uno se resigna a transcribir como si fuera un ventrílocuo o una marioneta. Pero ellos son titiriteros…

SEMANA: ¿Esta es una novela sobre el odio?

J.B.: No. Yo diría que es una novela sobre el rencor y la venganza.

SEMANA: Sin embargo, sería difícil llamar a sus personajes álter egos literarios, ¿o sí?

J.B.: El personaje del loco se me apareció porque tal vez compartimos un mismo sueño: un buen día encender una hoguera y quemar todos tus documentos de identidad. Esa era la escena que me imponía el loco: un hombre harto de su biografía, harto de su nombre, harto de su mujer, de sus hijos, harto de todo. Y con esa especie de necesidad impostergable de escapar, de convertirse en otra persona. Y la escena es el origen de la existencia del loco: el fuego en el que quema todos los papeles que prueben que él hasta ese momento era él. Esa escena me hechizaba.

SEMANA: Es en el fondo una escena romántica…

J.B.: Yo, como muchas personas, estoy profundamente cansado de ser quien soy, de llevar un nombre que no escogí y de ir por la vida cargando con mi biografía, tratando de justificarla, releyendo los libros que escribí y que ahora nos parecen impublicables, y sueño con un día quemar todo y escapar y ser otro.

SEMANA: ¿Es que acaso le pesa el personaje que ha hecho de sí mismo?

J.B.: Sí, me pesa en el sentido figurado, mediático y me pesa en el sentido real. Son muchos años de exposición o sobreexposición; tengo 44 años y más de 25 años de salir en televisión, maquillado, tratando de hacerme el listo, sonriendo no siempre con ganas… Y yo tengo la teoría de que un año de vida pública equivale a tres o cuatro de vida. Me siento en ese sentido como un octogenario.

SEMANA: Pero esa vida frenética es su marca de agua…

J.B.: Hay un puñado de personas bien intencionadas pero mal informadas que quieren organizar fiestas en mi honor. Yo les digo que si quieren hacerme un honor, cancelen la fiesta porque yo por principio no voy a ninguna, salvo a las fiestas de cumpleaños de mis hijas. Ni siquiera voy a las fiestas navideñas, me hacen daño a la salud.

SEMANA: Pero su personaje genera esos equívocos…

J.B.: Mi personaje es engañoso porque se puede interpretar de muchas maneras. Está lleno de ambigüedades. Pueden con toda justicia creer que a mí todavía me gusta tomar cocaína o meterme en fiestas interminables o enredarme en laberintos sexuales, y en realidad yo ya estoy jubilado de todo eso.

SEMANA: Y sin embargo el sexo es una obsesión muy fuerte en su obra y esta última novela no es una excepción…

J.B.: Yo no me había dado cuenta, pero le mandé la novela a una amiga y me dijo que la había calentado mucho. Yo le dije: "Pero qué raro, es una novela muy desdichada, muy sórdida… No la veo como una novela erótica", y ella me dijo: "Pues a mí me han calentado los dos personajes, el cojo y el loco son muy calenturientos".

El mundillo literario

SEMANA: ¿Y cómo le va con los escritores peruanos de su generación?

J.B.: No me llevo bien con ellos. Porque ellos han elegido llevarse mal conmigo. Yo no tengo nada en su contra. No digo nada contra ellos, procuro leerlos, no contesto. Pero casi todos me ven con alguna hostilidad, que algunos se ocupan de manifestar. Algunos se divierten escribiendo cosas altamente mezquinas contra mis libros y contra mí.

SEMANA: ¿Y con la generación mayor?

J.B.: Con la generación mayor yo he tenido un poco más de fortuna. Ellos no me ven como una amenaza. Son escritores consagrados. Bryce ha tenido más influencia en mí como escritor que el propio Vargas Llosa. En Bryce hay más humor, y no hay esa obsesión por la técnica literaria que en algunas de la primeras novelas de Vargas Llosa terminó siendo dañina para la propia novela. Ahora bien, Vargas Llosa ha sido conmigo bastante más generoso que Bryce. Alcancé a conocer a Ribeyro y es un gran escritor. A diferencia de Mario, Ribeyro era un señor que se escondía en un rincón, que esquivaba las polémicas y miraba con una lucidez brutal. Me parece muy sabia esa actitud de no tener tantas certezas y declararse un poco perplejo y un poco neutral. Muchos escritores, como Gabo o Fuentes o el propio Mario, tienen una evidente fascinación por el poder. Les gusta visitar presidentes, cortejar reyes… Ribeyro no era así. Y creo que nos dejó, además de una obra admirable, esa enseñanza no menor de que tal vez el escritor no siempre debe de ser un profeta. Yo reivindico esa postura.

SEMANA: Pero cómo puede reivindicar esa postura siendo usted un personaje tan abrumadoramente público. ¿Cómo puedo creerle?

J.B.: No me crea… Yo soy una suma de contradicciones. Quisiera parecerme más a Rybeiro, pero no le he conseguido y he terminado pareciéndome más a Vargas Llosa. Tal vez por eso me hechizaba tanto la escena en la que el loco quema su pasado, tal vez porque no estoy tan a gusto con lo que yo he escrito, con lo que yo he sido, con lo que yo soy.

El poder, Gabo y Mario

J.B.: Ahora bien, una cosa es disparar contra el poder, que es lo que hago yo, y otra cosa es dejarse seducir por el poder. Yo no tengo amigos presidentes, no les pido audiencia, no los visito y cuando me invitan -y a veces me invitan-, declino. En esto, y tal vez sólo en esto, trato de distinguirme de otros escritores muy talentosos que se pasan la vida visitando presidentes y pidiéndoles debates públicos. Para mí es tan inexplicable la amistad de Gabo con Fidel como la de Vargas Llosa con Aznar. Claro que hay un par de diferencias: Fidel es un dictador y Aznar fue elegido y cuando terminó su mandato se fue a su casa, pero a mí no me gustaría ser amigo de ninguno de los dos. Si Fidel tiene las manos manchadas, me parece que Aznar un poco también.

SEMANA: ¿Qué opina sobre los recientes ataques de Krauze a Gabo por su amistad con Fidel?

J.B.: Cuando critican con tanto ensañamiento a Gabo, yo me pregunto: ¿Y por qué no critican a los otros que son tan amigos de otros personajes poderosos que han hecho cosas bastantes indefendibles? España no tenía por qué ir a la guerra con Irak y lo que terminó pasando en la estación de Atocha fue una consecuencia directa de esa gigantesca imprudencia que cometió Aznar.

Cuando Alan García era candidato el año 2006, Vargas Llosa escribía que Alan García era un demagogo y que era un gordo con el pelo pintado que bailaba de una manera ridícula en sus mítines públicos. Y un par años después, va a la casa de gobierno a saludarlo. Al final el ejercicio del poder, sea el de Fidel o el de Aznar, suele exigir alguna cuota de miseria moral. Porque hay que tener miseria moral para mandar fusilar a tres balseritos como hizo Fidel, pero también hay que tener miseria moral para mandar a morir a los jóvenes españoles a Irak como hizo Aznar. Yo no quiero defender a Gabo, me resulta inexplicable su amistad con Fidel, pero también me resulta inexplicable que escritores en otras orillas ideológicas cultiven relaciones semejantes.

SEMANA: Entonces, entre Gabo y Vargas Llosa, ¿con quién se queda?

J.B.: La comparación resulta inevitable siendo yo peruano y estando en Colombia. Yo creo que hay dos o tres episodios que ilustran bien esas dos biografías fascinantes: uno es que Gabo ganó el Nobel y Mario no. Mario quiso consolarse con la Presidencia y tampoco se la dieron. Otro episodio es que aparentemente Gabo quiso seducir a Patricia y Mario fue y le dio un puñetazo en un teatro en México. Pero, bueno, ¿no se supone que los escritores por oficio deberíamos de tratar de seducir a cuanta persona sea posible? Si yo tengo que tomar partido por Gabo o por Mario, ¿quién me inspira más simpatía o compasión? ¿Un escritor que trata de seducir a la mujer del prójimo cuando el prójimo ha ido con otra mujer, o un escritor que es incapaz de entender esa apetencia humana y que la venga dándole un golpe en la cara en público? ¿No dizque todos éramos muy liberales? Eso son dos episodios que me parecen cruciales. Y más reveladores que quién es amigo o enemigo de Fidel. Es quien sabe hablar cuando corresponde y callar cuando corresponde. Yo creo que en eso Gabo es más mago que Mario y ha sabido envejecer mejor. Y tiene más humor. El problema con Mario es que se cree el sumo pontífice de la literatura, el guardián de la ortodoxia. Él es el monseñor Ratzinger de la literatura y todos tenemos que seguir sus dogmas. Yo le diría: "¡Oiga, señor, es usted un escritor admirable, pero relájese un poco! ¿Qué le parece si matiza con un poco con humor sus opiniones? Me parece que le falta a usted un poco de humor y tal vez por eso es que usted es tan amigo de Aznar!".
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