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| 7/4/1983 12:00:00 AM

SU HUELLA CIEN AÑOS DESPUES

La fuerza gráfica del ilustrador francés inmortalizó las representaciones de famosos personajes de la literatura universal.

Si al lector del "Quijote" se le preguntara sobre su representación gráfica de la figura del Ingenioso Hidalgo, inevitablemente y presionado por la popularidad de las láminas del gran ilustrador francés, contestaría que se imaginaba a Don Quijote tal como lo había representado Gustavo Doré. Y este resultado puede extenderse a Dante y Virgilio; al Orlando Furioso; a los picarescos personajes de "Cuentos Droláticos" de Balzac y muchos personajes más de la gran literatura. Y además, esos profundos bosques de donde surgen las figuras encantadas, o los interiores de siniestros castillos, o ese increíble mar tempestuoso de "La rima del antiguo marinero". Y un artista que fija eternamente la figura de sus modelos es muy importante para el lector o, mejor, para el bibliófilo que ha coleccionado hasta donde el dinero y la oportunidad lo han permitido, sus viejas ediciones con grabados originales del gran Gustavo Doré.
Para darle todos sus nombres, Luis Augusto Gustavo Doré nació en Estrasburgo el 6 de enero de 1832 en plena época romántica, la especial para darle a su obra ese énfasis, esa violencia gráfica que lo distinguió entre ilustrísimos colegas de la calidad de Granville, Deveria, Nanteuil, Raffet, Gavarni y demás grandes de la ilustración francesa del siglo XIX. De niño, llenaba con dibujos sus cuadernos de estudio, y su "violín de Ingres" fue en realidad un violín con el que tocaba a los siete años algo tan tremendo como el "Roberto el Diablo" de Meyerbeer.
Afortunadamente siguió en el dibujo, publicando en 1874, a los quince años, su primer álbum de litografías: "Los trabajados de Hércules", influenciado por Granville. Después debe estabilizar su genio al colaborar con un dibujo semanal para "Journal pour rire", obligación que alternaba con la pintura de la que un crítico contemporáneo dijo algo por el estilo de, "tu dibujo es bueno pero tu pintura no vale nada", frase lapidaria que no escarmentó a Doré, porque hacia 1854 pintó una serie de inmensos cuadros que no gustaron y que nadie sabe dónde están.
También colaboró con "L'Illlustration" y a ratos con otras publicaciones que lo ayudaron para que, a pesar de la competencia, se estableciera definitivamente en el difícil medio de ilustrador, gran ilustrador, de libros.
Su habilidad en el oficio era asombrosa. Sus compañeros cuentan que nunca preparaba dibujos de ensayo sino que diseñaba directamente sobre el bloque de madera de la plancha que debía estar muy lisa y blanca. Que le gustaba tener de quince a veinte planchas para trabajar pasando de la una a la otra con genial seguridad de dibujo, terminándolas todas en solo una mañana, llevándolas luego al grabador. Aquí es necesario imaginar qué le habría pasado sin la ayuda de excelentes grabadores de sus dibujos, por ejemplo Pisan el de "Don Quijote", o Pannemaker, o Sotain, etc, imaginación que puede extenderse a los músicos sin sus interpretes.
En 1854 inicia la ilustración de grandes textos literarios con Rabelais, al que siguen los "Cuentos Droláticos", "La divina Comedia", "Don Quijote", "Orlando furioso" y tantos clásicos más a los que fijó con su insuperable grandeza gráfica. Al morir el 23 de enero de 1883, (nuestro "Papel Periódico Ilustrado" informó sobre su muerte lo mismo que la de Wagner), terminaba las ilustraciones para "El Cuervo" de Poe e iniciaba un gran trabajo: Shakespeare, del que sólo dejó algunos dibujos. También se anota que Doré fué muy buena persona, generoso, gran amigo de sus amigos, excelente padre de familia, cualidades precisas para definirlo como burgués ideal del II Imperio.
Hay una generación que desde muy temprana edad se familiarizaba con las ilustraciones de Gustavo Doré que, en cuidadas ediciones de pasta roja, letras y corte dorados, se guardaban celosamente en las bibliotecas familiares. Y aun antes de saber leer, esas ilustraciones más o menos epopéyicas que asustaban a los niños, ¡aquellas inmensas cavernas de "El Infierno", la alucinante violencia de "Orlando Furioso", sirvieron para fijar desde la infancia cómo "en realidad" era Don Quijote y Sancho, o personajes mucho más gratos, los de Perrault. Más tarde, y ya en posesión de los amados libros, se descubriría la tendencia dominante de Doré: la sátira gráfica tan presente en sus primeros dibujos y luego en sus grandes composiciones cuando de pronto aparecen rasgos inequívocamente caricaturescos, que divierten tanto al autor como a su lector.
Casi que parece irrespeto referirse a los "dibujos" de Doré, porque en realidad son cuadros, con todos los problemas de composición admirablemente resueltos con esa arrebatadora retórica de ascendencia romántica que tanto gusta todavía a los atrasados, o actuales admiradores, de ese genio de la ilustración que murió hace 100 años y que se llamó Gustavo Doré.-
Hernando Salcedo Silva -
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