Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2016/10/17 21:37

La modelo de sus desnudos inmortales siempre fue su esposa

El pintor Darío Morales murió justo cuando estaba cosechando el fruto de su trabajo. Ahora una de sus obras está en subasta.

Óleo sobre lienzo. Foto: Darío Morales

La obra de dimensiones casi reales muestra a una mujer desnuda, acuerpada, blanca, con curvas pronunciadas. Se baña con la luz del sol mientras trata de quitarse un esqueleto blanco. No se le ve el rostro, pero gracias a la destreza del artista se puede ver al mismo tiempo de frente y de espaldas. Se trata de una obra del pintor cartagenero Darío Morales.

Desde cuando era niño hasta el final de sus días Morales pintó mujeres desnudas. “¿Por qué el tema me persigue todavía? -dijo en una entrevista- Hay dos razones: La primera, porque para mí la mujer representa un valor erótico y sensual muy importante. La segunda, porque creo que, durante mi infancia, dibujar desnudos era una manera de ir contra los tabúes. En el medio donde me levanté todo lo que tenía relación con el sexo era considerado inmoral. Supongo que ese ambiente, donde todo se tapaba, me marcó profundamente”.

Morales fue el artista que a sus 28 años escandalizó a quienes pasaban, en 1972, por la galería Pyramid, de Washington. Allí exhibió una pintura que parecía ser la fotografía de una mujer sin ropa, recostada en una silla mecedora. No alarmaba tanto el desnudo como la pose de la protagonista: abierta de piernas, relajada, sin el menor recato. La Policía pidió que la obra fuera retirada, pero se pudo demostrar que no era una fotografía sino un dibujo.

La crítica calificó su trabajo en el movimiento realista pero muchos reconocían también que lo que rodeaba la obra de Morales parecía salido de una ilusión, de un sueño. “No es cierto, como se dice con tanta facilidad, que Darío Morales sea un realista. No: sus cuadros no se parecen a la vida sino a los sueños recurrentes. No tienen el color, ni el clima, ni la luz de la vida, sino el color y el clima y la luz de la ilusión”, dijo en su momento el Nobel de literatura Gabriel García Márquez.

‘Desnudo frente a la ventana‘ Pintura de Darío Morales.

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Morales nació en Cartagena el 6 de agosto de 1944 y se crio en el barrio Manga. Empezó a dibujar a los ocho años copiando personajes de las tiras cómicas. Después quiso retratar a las mujeres de su casa, a quienes las imaginaba siempre desnudas. Su abuelo, quien lo introdujo en el mundo de la poesía, también lo matriculó en la escuela de Bellas Artes de Cartagena cuando tenía 12 años.

En 1968 expuso por primera vez en la Biblioteca Nacional, se inscribió en la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional y se casó con Ana María Vila. Ese mismo año obtuvo una beca para estudiar en París.

En la ciudad de los artistas, él y su esposa tuvieron que trabajar en servicios domésticos para sobrevivir. Se hospedaban en una pequeña habitación donde tenían apenas lo necesario. Al año de estar en la capital de Francia, cuando casi se terminaba su beca y cuando se vieron más apretados que nunca, decidió enviar una carta solicitando al Icetex su pasaje de regreso. Pero esa carta nunca fue enviada, su esposa la rompió porque pensaba que vendrían días mejores.  

Darío Morales. Foto: Archivo Semana.

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Por falta de dinero Ana María se convirtió en su modelo. Ambos explicaron que ella era sólo un instrumento para recrear la realidad, no copiarla: “Trato de repasarla hasta lograr que de ella brote la vida”, dijo Morales en una entrevista.

"La que aparece en los cuadros, en las esculturas, es quizá como Darío quisiera que fuera yo –confesó Ana María en una entrevista- Y puede ser cierto. Primero, él "ve" todo el cuadro en su imaginación y, luego, ella (Ana María) se adapta al personaje que su marido le asigna.

Nunca se sintió cómodo con ninguna otra modelo. Para Morales siempre fue muy importante la relación entre el pintor y la modelo. Sólo así era posible obtener la intimidad y la calidez de sus pinturas.

Desnudo expuesto en la galería Pyramid, de Washington en 1972

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A pesar de que nunca se atrevió a ofrecer sus pinturas en una galería, tuvo la suerte de que un coleccionista norteamericano viera uno de sus cuadros. De repente se abrieron las puertas. Pasó a exponer en la galería Pyramid de Washington y en Darmstadt, Alemania. Las galerías Aberbach de Nueva York y Londres presentaron exposiciones individuales suyas, y en 1978 alcanzó gran renombre con la muestra en la F.I.A.C. en París. 

Su vida tuvo un gran giro. De pronto su nombre empezó a ser conocido y sólo después de Botero, era el artista colombiano más cotizado. Pudo comprar un apartamento para su familia, en ese momento ya tenía dos hijas, Estefanía y Clara Serena. También compró un taller que tenía dos plantas, una para las pinturas y otra para por fin dedicarse a la escultura. "Cuando pintaba o dibujaba, lo que siempre quería captar era el volumen, palpar esa figura que tenía al otro lado. Gozaba con la plasticidad de un cuerpo o una sábana, encontrándome con mis recuerdos en cada pliegue más profundo (…) lo fascinante de la escultura es que se puede tocar", aseguró Morales en varias ocasiones.

Cuando le preguntaron alguna vez por qué no regresaba a Colombia, contestó: “En definitiva, no veo por qué tendría que irme, ahora cuando tengo todas las condiciones ideales para pintar y esculpir. Pero pienso en Colombia. No comprendo al país. Desde París lo veo sumamente bloqueado y su imposibilidad de evolucionar me preocupa. De vez en cuando me entra el deseo de irme a vivir a Cartagena. Por ahora, eso sólo forma parte de mis fantasías.”

Visitó por última vez el país en 1986 cuando fue nombrado jurado del Festival de Cine. Luego viajó a Nueva York, el lugar donde quería vivir, pero descubrió que padecía cáncer y que sólo le quedaban tres meses de vida. Tras la noticia corrió a París con el afán de trabajar, de terminar su obra apresurado por "expresar todo nuevamente. Con más seguridad. Con más frescura. Con ideas precisas y claras...”

En 1988, llevaba casi dos de lucha contra el cáncer, Morales murió cuando tenía 44 años.

Los amantes de su trabajo resaltan su conocimiento del cuerpo humano y su destreza con el lápiz y el carboncillo, “sus imágenes de soledad y de silencio, de obras imbuidas por un halo poético que las despojaba de toda malicia o lubricidad y que predecía los nuevos rumbos que habría de recorrer su producción”, escribió sobre él Eduardo Serrano.

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La obra de Morales tuvo una gran repercusión en el público y en la crítica. Ni los dibujos de Luis Caballero, ni las representaciones de Alfredo Guerrero, ni los peritos billaristas de Saturnino Ramírez lograron una reacción tan emotiva o incitaron a la reflexión como los desnudos de Darío Morales.

*Este desnudo de Darío Morales se subastará, junto con otras piezas de arte, el próximo 19 de octubre en Lefebre & Mesa Subastas. Más información en www.lefebreymesa.com

 

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