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| 12/1/2012 12:00:00 AM

Submarino

En este drama realista de Thomas Vintenberg, dos hermanos daneses sufren en la adultez los estragos de un trauma de infancia.

Título original: Submarino
País: Dinamarca
Año: 2010
Director: Thomas Vinterberg
Guion: Tobias Lindholm y Thomas Vinterberg.
Actores: Jakob Cedergren, Peter Plaugborg, Patricia Schumann, Morten Rose, Gustav Fischer Kjærulff.

Hay eventos tan traumáticos que nunca dejan de resonar en las vidas de los afectados. No hay liberación posible. Los acosan como fantasmas astutos, como acosadores crueles. Los dejan en paz durante un rato para luego surgir de nuevo, fortachones y poderosos, como si el tiempo no hubiera pasado.

Esta película trata sobre uno de esos eventos y la sombra que deja en los dos hermanos que lo vivieron y muestra que uno de sus efectos más terribles es que la culpa se internaliza para manifestarse de maneras insospechadas: en autodestrucción y agresividad o como un pasmo prolongado que asfixia lentamente, o al menos así le sucede a los dos protagonistas.

El evento traumático se presenta en los primeros minutos de la película. Vemos una casa desordenada, llena de botellas, con dos niños cuidando un bebé. Es la casa de una madre alcohólica y abusiva y los dos niños deben velar por la pequeña criatura, regordeta y sonriente. Pero los niños se enfiestan, bailan y toman vodka, y cuando se despiertan hay un silencio extraño: el bebé, en vez de estar sonriente, está verdoso e inmóvil.

La mayor parte de la película sigue a estos dos hermanos años después. Nik (Jakob Cedergren), el mayor, tiene barba y tatuajes, y es un nudo de tensiones contenidas. Salió de prisión justo a tiempo para ir al funeral de su madre. El segundo hermano (Peter Plaugborg) es un pelirrojo adicto a la heroína con un hijo pequeño llamado Martin, huérfano de madre.

Cada uno procesa la culpa a su manera, aunque es exagerado decir que la procesan. Mejor decir que a cada uno se lo carcome a su manera: Nik es un polvorín a punto de explotar y su hermano es un muerto en vida, pálido y sin energía, que vive en un apartamento bien tenido, con pisos de madera y muebles sobrios, pero sin nada en la nevera (el estándar de vida de los yonquis desempleados en Dinamarca parece bastante alto).

Pero la película no habla de la relación de los hermanos, porque los vemos a cada uno por su lado. Nik vive en un edificio institucional, tiene una relación con una de sus vecinas, matonea a otro de sus vecinos, pero lo más notorio es la tristeza profunda y contenida que lleva por el mundo.

El hermano en esa misma época cuida de su hijo, se inyecta heroína, flirtea con una de las profesoras del jardín infantil y, al recibir la herencia materna, decide meterse en negocios insalubres. La división milimétrica de la película en dos deja la idea de que la vergüenza por lo sucedido, o la pena, han impedido la comunicación entre los dos sobrevivientes, cerrándoles una de las pocas salidas posible. El incidente no solo los deformó de maneras distintas, les impidió apoyarse mutuamente.

Cuando finalmente se encuentran y uno le dice al otro que no tuvieron la culpa, es demasiado tarde. Pueden saber que no tuvieron la culpa, pero sentirlo es otro asunto. La película, a pesar de tanta tristeza, termina con un tono esperanzador. Las segundas oportunidades, aunque llegan con un costo altísimo, también existen.
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