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| 9/18/1989 12:00:00 AM

SUMANDO PERAS CON MANZANAS

Lo bueno lo malo y lo feo en la última exposición de El Museo.

Hay para todos los gustos. Desde acuarelas, óleos y esculturas en alambre, hasta urnas precolombinas. En fin, hay cosas buenas, interesantes, nuevas y algunas desconcertantes o francamente malas. Así es la muestra que desde la semana pasada está abierta en la Galería El Museo, que con el correr del tiempo ha ido ampliando sus instalaciones hasta tener tres pisos con salas de los más variados ambientes, oscuras e iluminadas, frias y acogedoras.

En el primer piso están las acuarelas de Marcos Roda, un artista que era mas conocido por su trabajo como grabador. Los paisajes son los protagonistas de sus nuevos cuadros, en los que sobresale un buen manejo, novedoso, de la técnica de la acuarela. Generalmente son amplias panorámicas de diferentes sitios del altiplano cundi-boyacense, con sus verdes profundos y con esa neblina que hace pesado el ambiente. Es indudable el interés por manejar los clarooscuros, lo que resulta en un buen tratamiento de la luz. Pero, por otra parte, se trata de una acuarela a la que le falta algo de vitalidad y en la que es evidente que el artista viene más de la imagen de una fotografía que de la huella que a él le dejó el paisaje que representa. Como le dijo a SEMANA la crítica de arte Ana María Escallón, "a las acuarelas de Roda les hace falta el sabor a la verdad" ese sabor que sólo se obtiene cuando se ha reelaborado la realidad que se quiere plasmar. "Roda no es ni bueno ni malo", concluye la Escallón, para quien Roda está hasta ahora empezando a recorrer un camino del que le falta mucho por andar.

También en el primer piso, en una sala contigua adonde se encuentran las acuarelas de Roda, está la parte más importante de la exposición. Son cerca de 15 óleos sobre papel --y unos pocos sobre cartón--del artista nicaraguense Armando Morales. Este hombre es considerado como uno de los grandes de la pintura latinoamericana actual y esta es la tercera vez que sus obras se presentan en Colombia.
Artista reconocido por su lograda elaboración y por su trabajo de la figura humana, especialmente de la femenina, en esta ocasión sorprende gratamente con una serie de bodegones, austeros pero de una gran sensibilidad. Se trata de la otra cara de este artista, que en estas obras explora las naturalezas muertas. También hay algunas evocaciones de su tierra y un cuadro como "El Puerto" es reflejo de la nostalgia que siente este hombre, radicado actualmente en París. Lo cierto es que la obra de Morales, lo más importante de esta muestra, es una especie de gancho para atraer público para los otros artistas y merecería un mejor espacio en El Museo.

La escultura no podía faltar, y los trabajos de Natalia Rivera tienen un amplio espacio en el segundo piso de la galería. Se trata de mujeres en diferentes tipos de alambre, pintados y sin pintar, sentadas, acostadas, recostadas... El primer pensamiento que asalta al espectador es el de preguntarse si lo que tiene en frente es de verdad arte. Sus trabajos recuerdan las figuritas en alambre que estuvieron de moda hace algunos años y que adornaron los cuellos y los brazos de toda una generación. Para Ana María Escallón, "es como el trabajo de un electricista. Se quedó en la figura femenina y sus muñecas son como para garaje. Es más artesanía que cualquier otra cosa ". A la Rivera hay que reconocerle una infinita paciencia para doblar y redoblar alambres, pero sus mujeres, a pesar de la intención de darles un tratamiento plástico, no convencen y evidencian una falta de elaboración intelectual de la artista.

Finalmente, en la sala del tercer piso, y en fuerte contraste con el resto de la exposición, se exhiben 53 urnas funerarias precolombinas. Estas piezas, que fueron adquiridas hace poco por la galería, según sus propietarios provienen del Bajo Magdalena, más exactamente de un entierro encontrado en Aguachica, Cesar. Al parecer, datan del año 1000 después de Cristo y eran utilizadas en el segundo entierro, cuando se desenterraba al muerto, se le descuartizaba y se le volvía a enterrar en unas urnas especiales. Sorprende el buen estado de las piezas, que no presentan grietas ni acusan el desgaste propio de la arcilla enterrada por tantos años. Las urnas presentan características antropocéntricas, están decoradas con figuras de animales y al parecer fueron decoradas con colores rojo, blanco y negro, que tenían un significado especial en lo referente a la muerte para estas culturas.

Como queda claro, en El Museo es posible ver desde acuarelas, óleos y alambres, hasta piezas precolombinas. De todo esto, lo evidente es que la galería no tiene problema en mezclar bueno con malo, bonito con feo, nuevo con viejo, tal vez pensando que en la variedad está el placer, pero sin tener en cuenta que es mejor poco bueno que mucho malo.-
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