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| 4/19/2016 11:50:00 PM

Habla la nobel, la narradora del dolor

Semana.com dialogó en exclusiva con la ganadora del Premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexiévich, sobre periodismo, los 30 años de Chernóbil y la política de Vladimir Putin.

Cada uno de sus libros es desgarrador. Svetlana Alexiévich en cada página captura el dolor, las ganas de olvidar o de recordar, la necesidad de catarsis de quienes han sobrevivido al sufrimiento. Con mínimas intervenciones construye lo que se ha llamado un “mosaico o collage de voces” un “coro épico” para que sus protagonistas narren la verdad, sin tapujos, a pesar del hermetismo soviético.

La guerra no tiene rostro de mujer (1985), Los muchachos de zinc (1989), Voces de Chernóbil (1997) y El fin del Homo Sovieticus (2013) -sus obras traducidas al español- son el reflejo de la historia de la Unión Soviética y de las 15 repúblicas soviéticas que se quedaron sin una madre patria cuando esta de desmembró.

Su primer libro presenta el papel de las mujeres en el ejército rojo en la Segunda Guerra Mundial (o la Gran Guerra Patria, en ruso), y cómo la cuota femenina fue determinante para resistir en las batallas clave de Leningrado y Stalingrado. El segundo muestra las historias de soldados soviéticos que lucharon en la guerra de Afganistán, una de las grandes derrotas de la URSS. El tercero es el retrato del dolor que produjo la catástrofe nuclear de Chernóbil, las evacuaciones, la confusión y las enfermedades radioactivas. Y, el último, pone en perspectiva los argumentos que darían explicación a la muerte de la utopía soviética.

Además de ser la primera escritora en ganarse el Premio Nobel con obras de no ficción, Alexiévich logró darle un nuevo sentido a la investigación periodística y a la innovación literaria. Entre el drama humano, la expresión poética y la yuxtaposición de voces, abre un camino desconocido para que el lector conozca los secretos fielmente guardados por la extinguida Unión Soviética. Semana.com habló con ella, la gran invitada de honor a la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FilBo).

Semana.com: ¿Qué significó para una periodista bielorrusa ganarse el Premio Nobel de Literatura?

Svetlana Alexiévich: Todavía no estoy muy familiarizada con el hecho. El premio no me hizo cambiar mi forma de escribir. Y creo que el periodismo no se ganó el Premio Nobel. ¿Por qué la literatura tiene que limitarse a los géneros tradicionales? Y más hoy cuando se están buscando nuevas formas de expresión, sobre todo en el arte y en la literatura… El “mosaico de voces” o “coro épico” es un nuevo género, pero dentro de la literatura.

Semana.com: ¿Pero usted se considera más periodista o escritora?

S. A.: Recojo material como periodista, pero lo pongo en papel como escritora. En una entrevista puedo grabar 100 páginas, lo que no quiere decir que sean incluidas en la obra final. La literatura, como cualquier otra expresión contemporánea, está buscando nuevas formas y el género que yo estoy desarrollando es una de ellas. Una sola voz no es capaz de ofrecer una visión completa de la actualidad. Se necesitan varias voces. De ahí la necesidad que tiene la literatura del periodismo.

Semana.com: ¿Qué tanto interviene en los testimonios, qué tanto edita?

S. A.:Cien páginas es lo que puede decir una sola persona. Si se trata de un episodio largo visito al entrevistado entre cinco y seis veces. Hablo con unas 350 personas por libro. No en vano me demoro entre 7 y 10 años en escribirlo.

Semana.com: ¿Cómo organiza todos esos testimonios de sus libros?

S. A.: Al comienzo, ni siquiera tengo una idea concreta de cuál va a ser el tema central del libro, porque solo estoy recolectando y analizando el material, luego cuajo la estructura. No son exactamente entrevistas, sino conversaciones sobre la vida. Lo importante es despertar el interés en la persona y hacer siempre preguntas nuevas.

Semana.com: Cuando uno lee sus libros los testimonios son casi perfectos, poéticos, reflexivos… ¿Cómo hace para que el texto quede así?

S. A.: Siempre pongo el ejemplo del escultor Rodin: él tomaba un pedazo de mármol y le quitaba todo lo que sobraba, así creaba una obra de arte. Hago preguntas difíciles para que el momento tome interés e intensidad. Curiosamente, las personas hablan mejor en estos momentos, dicen cosas insospechadas, algunas que ni siquiera yo sabía que existían. Yo busco arte en la vida misma. Hay dos momentos en la vida cuando un hombre está por encima de sí mismo y habla mejor: en el momento de morir y en el momento de amar.

Semana.com: Esa mezcla, morir y amar, es evidente en ‘Voces de Chernóbil’. Precisamente el 26 de abril se cumplen 30 años de esa tragedia. ¿Sigue pensando que es la catástrofe de nuestros tiempos?

S. A.: Chernóbil marcó un antes y un después. A partir de la catástrofe, nos estamos dando cuenta de que estamos en otra especie de guerra, que nos pone otros retos. Con esta tragedia murieron más personas que en las guerras locales y aparecieron enfermedades que surgieron por su causa y que siguen sin entenderse.

Semana.com: ¿Por qué el subtítulo del libro es una ‘Crónica del futuro’?

S. A.: El libro en español se tradujo como Voces de Chernóbil, pero otro título es Plegaria, más cercano al original. En el subtítulo me refiero al futuro, que Chernóbil no sería el único caso. ¡Y mire lo que ocurrió en la catástrofe de Fukushima!

Semana.com: ¿Por qué dice que afecta la historia de la humanidad?

S. A.: Imagínese este cuadro: los soldados están evacuando a la población de la zona afectada, entran a una casa y una viejita se resiste y dice lo siguiente: “¿acaso es una guerra? Los soldados son de mi país, ahí cantan los pajaritos, allá hay un ratoncito, esta no es ninguna guerra”. Pero sí era una guerra diferente. La gente no está hecha para percibir todo el peligro que entrañaba Chernóbil. No había bombardeos, ni fuego. La radiación ni se ve, ni se escucha, ni se siente, el peligro adoptó formas nuevas.

Semana.com: ¿Qué imagen le quedó de ese drama?

S. A.:Observar a la gente de las zonas afectadas era algo dramático, lavaban todo, las casas, las carreteras y enterraban la tierra misma. Era un cuadro apocalíptico: no podía sentarse en el suelo porque estaba contaminado, tampoco se podía arrancar una manzana para comerla, ni bañarse en el río. Alrededor había mucha muerte, pero tenía otra apariencia.

Semana.com: y es un enemigo que tarda en desaparecer…

S. A.:Sí. Los radionúclidos tienen otra existencia. Algunos solo existen treinta años, muchos otros se calculan en cientos de años. Chernóbil fue una guerra en la que la radioactividad afectó a todos por igual. Se le tenía miedo a la energía nuclear militar, y resultó que la militar y la pacífica son lo mismo.

Semana.com: Si el lector queda descorazonado, hecho trizas por sus historias, ¿cómo queda usted?

S. A.:Siempre me imagino a mi lector. No solo muestro catástrofes: también muestro la cantidad de peligros que vivimos. Lógicamente me afecta, no soy un robot. Si no me sintiera afectada por lo que estoy relatando, no sabría expresarlo. Soy pacifista, no acepto la guerra, pero para expresar los sentimientos recurro a detalles: cómo se seca al sol una mancha de sangre humana. Y observo cómo cambia de color esta mancha, pues en ella está el enigma de la vida. Así transmito mi mensaje a los lectores.

Semana.com: Se dice que, usualmente, el Premio Nobel responde a motivos políticos, ¿qué tanto cree que influyó su oposición al presidente ruso Vladimir Putin y al presidente bielorruso Alexander Lukashenko?

S. A.: (Risas). Es un gran enigma. ¿Por qué actuó así la Academia Sueca? No sabría explicar por qué gané el premio, pero en mi opinión el escritor debe estar del lado del bien. No soy política, ni siquiera politóloga, soy artista.

Semana.com: ¿Cuál es su gran diferencia con Putin?

S. A.:Lo mismo que puede diferenciar a un político autoritario y a un artista. Una actitud totalmente distinta hacia la vida. Yo quisiera ver países libres, tanto Rusia como Bielorrusia, y no la Rusia que da miedo. Sé que no se puede llegar a ese ideal de Platón, según el cual el poder debe estar en manos de las personas cultas y educadas. Sin embargo, quienes lideran deben estar preparados y respetar la vida.

Semana.com: ¿Qué tanto fue censurada y qué tanto debió autocensurarse?

S. A.:Se puede hablar de omisiones únicamente durante la época soviética. En los tiempos de la URSS me criticaron, se demoraron dos años en publicar mis obras y hasta hubo un juicio político por haber publicado Los muchachos de zinc. Yo también hice algunas omisiones, pero hace unos años las incorporé. Durante la URSS, donde existía un gran orgullo de su ejército, no podía incluir en mi libro La guerra no tiene rostro de mujer el episodio donde, luego de la retirada de las tropas alemanas, los soldados tomaban los cadáveres congelados de los alemanes y los usaban como trineos. La victoria no fue solo bella, como la estaban pintando en la Unión Soviética, sino que también terrorífica.

Semana.com: ¿Qué pasó con las personas a las que no les incluyó sus voces?

S. A.:Muchas mujeres con las que conversé me volvieron a contactar para decirme que no querían morir -ya tenían sus años-, antes de contar toda la verdad. Habían ocultado cosas en las primeras conversaciones. Siento que tal vez me falta afinar mis antenas y sentir más a fondo el mundo de la mujer. Todos nosotros vivimos presos de nuestro tiempo, dentro de una jaula, y es muy difícil abrirla para ser libres. Por lo tanto, no solo se trata de una libertad física, sino también del espíritu y darse cuenta que la vida es mucho más de lo que ven nuestros ojos.

Semana.com: En sus libros es recurrente la noción del “carácter soviético”, o del homo sovieticus, como el título de su último libro. ¿Qué significa esto y qué tanto sigue existiendo?

S. A.:Durante 40 años escribí la historia del “homo sovieticus”. Toda mi obra está dedicada al ser nacido de la utopía. Yo quería relatar la historia de las personas que se vuelven fanáticas de una idea. Cuando empecé a escribir mis obras estaba leyendo la correspondencia de los bolcheviques, en 1917, en tiempos de la revolución. Y eran una cartas bellísimas. Lo que buscaban todas esas personas era la felicidad en la tierra, pero todo resultó muy distinto. Me acuerdo de un letrero en uno de los gulag que decía: “Consigamos la felicidad para la humanidad con una mano de hierro”. Y así fue como resultó, con una mano de hierro.

Semana.com: ¿El comunismo sigue vivo?

S. A.:En los años 90 todos éramos románticos, estábamos alimentando nuestro idealismo, pensábamos que el comunismo había muerto. Pero no era cierto, sigue vivo.

Semana.com: ¿Cómo se mantiene?

S. A.:: Ya no existe la URSS, el baluarte del comunismo. Pero siguen viviendo los portadores de estas ideas. No dio resultado restablecer la democracia y estamos dando vuelta atrás. Y otra vez los jóvenes vuelven a leer las obras de Trotsky o de Lenin. Y otra vez están dispuestos a hacer la revolución, a derramar su sangre. Por eso le puse a mi último libro, Tiempo de segunda mano. Vuelve y empieza.

Semana.com: ¿Por qué?

S. A.: Trato de encontrar la respuesta a la pregunta, porque ya llevamos más de 100 años dando vueltas, presos de las mismas ideas. Porque Rusia se dividió en dos Rusias. Una de ellas, los patriotas; y la otra, los traidores, como en la Rusia de Stalin. Estamos en una trampa que nos tendieron las ideas.

Semana.com: ¿Usted entiende la inclinación del hombre por el conflicto?

S. A.:Creo que el hombre más grande no es aquel que fue reclutado para disparar, sino el que no dispara, el que entiende que la persona contra la que dispara es como él, que también es aficionado al fútbol, que va a la universidad. Con él hay que dialogar. Matar es algo elemental, muy básico, muy sencillo. La cultura de los héroes no nos deja realizarnos como seres humanos, ser normales. La naturaleza nos da muy poco tiempo, apenas 70 u 80 años, apenas basta para levantar a una nueva generación. No vale la pena malgastar este tiempo matando a otras personas.

Semana.com: Desde hace 60 años, Colombia vive inmersa en una multiplicidad de violencias, ¿qué le recomienda a los periodistas colombianos para narrar el conflicto en el país, de víctimas y victimarios?

S. A.:Es una buena pregunta. Yo considero que siempre hay que tomar parte por la víctima y, por encima de todo, debe estar de lado de la vida humana. Una vez conversé con un soldado ruso que estaba en Afganistán y él me estaba objetando: “Vine acá para ayudar a construir el socialismo en este país”. Y yo le decía: “Pero nadie se lo pidió. Todo el pueblo se levantó en contra de ustedes”. Hablé de lo mismo con un soldado que volvió de Chechenia: viajó allá como soldado mercenario, no reclutado. Yo siempre les preguntaba: “¿Tú quieres a tu madre?” Y ellos respondían: “Por supuesto”. Así que yo les decía: “Tú no sabes que la guerra para ella es mucho más terrible que para ti. Es un castigo para tus hijos, para tu mujer”. Hay que escribir sobre el valor que tiene la vida. Hoy en día deberíamos matar las ideas, no la gente. Tenemos que debatir, discutir, en lugar de matarnos unos a otros únicamente porque pensamos de forma diferente. Lo demás es barbarie.

 

*Con traducción de Irina Luna (lunairina@hotmail.com)

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