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| 5/16/1983 12:00:00 AM

TAQUILLA EN ROJO

Desde su fundación, Focine ha financiado cerca de 33 películas colombianas que en su gran mayoría no han logrado recuperar su inversión inicial.

Es el cine colombiano una empresa prematuramente frustrada? ¿Descansa , además de todos esos esfuerzos, de esa veloz carrera contra el tiempo, de esos intentos por trascender el simple folclor nacional, el destino inevitable de un fracaso anunciado, o es que acaso el limbo en el que todavía parece flotar el cine colombiano está siendo juzgado con la impaciencia propia de un pueblo que no ha logrado descubrir los términos de su propia identidad?
El cine ha sido en Colombia, por tradición, una de sus más dolorosas frustraciones culturales. Se le ha vilipendiado tanto como se le ha incentivado, pero tan pronto otorga a su público esperanzas, tan pronto se las retira prometiéndole mejores resultados en una próxima oportunidad.
Desde que Focine, Compañía de Fomento Cinematográfico, fue creado en virtud del decreto 1244 de 1978 como una empresa industrial y comercial del Estado, se han financiado alrededor de 33 largometrajes de talento nacional. Podríamos decir, teniendo en cuenta que una de sus principales funciones es la de otorgar créditos destinados a incentivar el desarrollo de la industria cinematográfica colombiana que Focine, por medio de estos 33 largometrajes, ha cumplido en este sentido uno de los más importantes objetivos de su creación; pero este diagnóstico resulta parcial ya que, si efectivamente se ha desembolsado el dinero para el otorgamiento de dichos créditos y no obstante contemplarse un año de gracia a partir del primer desembolso para el cumplimiento de las obligaciones contraídas por los productores, sólo dos o tres de esas 33 películas financiadas por Focine (exceptuando las que aún no han sido exhibidas) han podido cancelar la deuda con el instituto. Las demás ni siquiera han logrado cubrir en taquilla sus costos de producción, y adeudan al instituto una suma cercana a los 250 millones de pesos, de la cual tan solo espera recuperarse entre un 20 a un 30 por ciento de su valor.
Por sus inmediatos objetivos de fomento cinematográfico, las directivas de Focine están concientes de que no pueden hacer efectivos los créditos con idéntica rigidez a la de una transacción netamente comercial. La misma estructura de garantías normalmente exigidas por la entidad lo hace imposible, ya que viene actuándose sobre la base de dos categorías de créditos: uno ordinario -para aquellos aspirantes sin trayectoria cinematográfica a los que normalmente se les exigen garantías hipotecarias o prendarias-y otro especial, otorgado a aquellos productores de cine con una hoja de vida suficientemente significativa como para que la garantia se reduzca a la pignoración del negativo a un porcentaje de lo recaudado en taquilla. Es obvio que este último tipo de garantías no aseguran ni siquiera la posibilidad jurídica de hacer efectivo el crédito, ya que las películas en cuestión han resultado incapaces de sufragar sus costos de producción por su imposibilidad de atraer un número suficiente de público.
Pero las garantías existentes para el otorgamiento de créditos por parte de Focine tampoco han logrado evitar que, en algunos casos, el dinero recibido por el productor se haya invertido en fines distintos a los cinematográficos, como compra de vivienda o simples depósitos en corporaciones de ahorro. Contra ellos, advierten las directivas de la Compañía, se ejercerá todo el rigor del caso para hacer efectivo el pago de sus deudas.
HABLAN LAS CIFRAS
El fracaso comercial registrado por la gran mayoría de esas 33 películas hasta el momento financiadas por Focine demuestra, por otro lado, que el cine colombiano no puede depender solamente de los recaudos por taquilla nacional. Para recuperar una inversión promedio de entre 20 y 25 millones de pesos es necesario atraer un mínimo de un millón de espectadores, cifra casi exótica en la trayectoria del cine colombiano, en la que una taquilla de 200.000 se considera buena.
¿Qué es lo que sucede, en cambio, en la práctica? Examinemos un poco las cifras: de acuerdo con los promedios para 1983, la producción de una película colombiana sale costando alrededor de 20 millones de pesos. De los 60 pesos que paga el espectador por el valor de una boleta sólo alrededor de 20 le corresponden al productor. Eso significa que si una determinada película logra atraer una taquilla de 200.000 espectadores, sólo puede aspirar a recoger cuatro millones de pesos, que la dejaría en un déficit de diez y seis millones. Por ese motivo se ha sugerido la necesidad de conquistar mercados internacionales y Focine, conciente de ello, está iniciando una fuerte campaña encaminada a llevar muestras de cine colombiano a algunos de los más importantes festivales mundiales, donde nuestras películas puedan tener una vitrina que, posteriormente, logre garatizarles el acceso al mercado internacional.
Pero frente a esta posibilidad la realidad no parece ser muy optimista. Se necesitaría, entre otras cosas, que el país en si mismo proyectara un interés cultural de tal magnitud que su cine, en consecuencia, lograra generar una considerable curiosidad que se tradujera en una gran taquilla internacional, como es el caso de Brasil, cuyo producto bruto y cuyos principales atractivos culturales intrinsecos-el folclor, por un lado,y por otro su enorme potencial turístico-han logrado abrirle a su cine un camino significativo en el cruce de los más importantes mercados internacionales.
En el mismo plano iberoamericano parecerían, de entrada, estar cerradas casi todas las puertas. Muy rara vez, por no decir ninguna, llega hasta nosotros una muestra de cine español o alguna de nuestros vecinos continentales, y es obviamente recíproca la acogida que en estos paises encuentran las muestras de cine nacional. La única excepción significativa, fuera de Brasil, es el caso de México, cuyas producciones tienen gran acogida en Colombia y en casi todo el resto de Latinoamérica, quizás por un indiscutible fenómeno de asimilación cultural que, entre otras cosas, nos tiene cantando rancheras como si se tratara de una forma de reafirmar nuestra propia idiosincrasia.
Ni aun la India, que posee la más prolífica industria cinematográfica del mundo, ha logrado jamás ocupar un lugar siquiera sobresaliente en el ámbito de nuestro interés cinematográfico. No parece entonces, en medio de estos antecedentes, que el propósito del cine colombiano de conquistar los mercados internacionales tenga, por lo menos a mediano plazo, alguna perspectiva consistente.
CALIDAD Y COMERCIALIDAD
Por otro lado, la historia de nuestro cine ha demostrado una cierta incapacidad para entenderse simultáneamente con los requisitos de la calidad y de la comercialidad. Con frecuencia los productores desempeñan en la misma película el trabajo de directores y, más interesados en un requisito que en otro, terminan sacrificando uno de ellos, con el resultado de que generalmente las películas de muy buena calidad resultan poco convencionales o viceversa; en un intento por obviar este problema las directivas de Focine han anunciado que la Compañía entrará como co-productor en los futuros proyectos que financie, recuperando así el derecho de ejercer un control más directo y efectivo sobre su propia inversión y sobre la calidad y posibilidades comerciales del resultado final. Con este objetivo en mente se ha creado una Junta Asesora Cinematográfica encargada, entre otras cosas, de examinar la viabilidad técnica y comercial de los guiones que soliciten financiación de Focine, cuyas directivas esperan lograr así un mayor control a priori sobre los proyectos que la compañía terminará financiando en calidad de co-productor.
CO-PRODUCCION INTERNACIONAL
En cuanto a la co-producción internacional, que en principio le abriría a Colombia la posibilidad de asociarse con productores extranjeros para con seguir tecnología y financiación que elevaran el nivel de la calidad del cine nacional, la práctica ha demostrado algunos inconvenientes frente a la disposición de que en toda coproducción el país debe tener una participación mínima del 51 por ciento.
La norma, que en principio parece sana y nacionalista, se ha encontrado de hecho con ciertos tropiezos de índole práctica. Las grandes producciones, que resultan las más comerciales y por consiguiente las que más dinero dejan, son por lo general realizadas por personas de importante trayectoria cinematográfica, que han logrado constituir equipos integrados y especializados: romperlos para cumplir con la disposición del 51 por ciento de participación colombiana implicaría el incoveniente de asumir el riesgo que representa el entrenamiento de personal novato o aficionado, que haría más dispendiosa la realización del proyecto. Si nos concretamos solamente al caso norteamericano, donde una película cuesta un promedio de 9 millones de dólares, una eventual co producción con Colombia se tropezaría de entrada con dos obstáculos: el de conseguir un 51 por ciento de ese capital en Colombia (¡cerca de cinco millones de dólares!), y el de que el productor norteamericano, que aportaría la suma restante, esté dispuesto a invertir ese dinero bajo la responsabilidad de un equipo conformado en un 51 por ciento por personal colombiano, de cuyo profesionalismo nada le consta y con seguridad poca confianza le inspira.
Ejemplo de estos inconvenientes lo representó el caso de "La cándida Eréndira", que entre 300 películas candidatas para el Festival de cine de Cannes resultó escogida junto con apenas otras 19, con amplias posibilidades de triunfar. La película iba a filmarse en un comienzo en co-producción con Colombia, pero la exigencia de que el director fuera colombiano determinó que finalmente resultara filmándose en México y que, en caso de convertirse en el triunfo comercial que se le vaticina, sea éste último país el que recogerá todas las ganancias.
En últimas, las perspectivas del cine colombiano no parecen claras. De prolongarse el actual paternalismo del Estado, aun a costa de las enormes pérdidas económicas registradas hasta el momento, Focine no logrará jamás recoger su inversión y los créditos otorgados por la Compañía se convertirán en una especie de subsidio sin retribución alguna. Pero el problema más grave seguirá radicado en el ámbito de la misma industria cinematográfica nacional, donde tanto los productores, como la calidad de sus películas, continuarán trabajando a pérdida, en aras de una meta que no dejará de desdibujarse como un espejismo entre más cerca se crea encontrarse de ella. -
CIFRAS DEL CINE COLOMBIANO
SALDO EN ROJO AÑO COSTO CREDITO ASISTENCIA
APROXIMADO FOCINE ESPECTADO
a.La muerte es un buen
negocio 1978 4'300.000 3'000.000 500
b.Tigre 1979 3'900.000 2'700.000 40.000
c.Canaguaro 1979 4'700.000 3'500.000 82.000
d.La agonía del difun-
to 1980 9'300.000 7'000.000 4.000
e.Arrieros semos 1980 3'000.000 2'000.000 9.929
LAS MAS TAQUILLERAS
1.Taxista millonario 1978 3'000.000 2'000.000 820.000
2.Tiempo para amar 1980 9'600.000 6'700.000 390.000
3.Padre por accidente 1981 15'000.000 10'000.000 970.000
RECAUDO NETO PARA EL PRODUCTOR
a. 5.000
b. 400.000
c. 1'300.000
d. 66.000
e. 100.000

1. 9'000.000
2. 2'400.000
3. 16'500.000
* Estos datos fueron obtenidos con base en el cálculo del costo de la boleta en dicho año, teniendo encuenta que sólo el 33 % de su valor le corresponde al productor. -
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