Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2000/04/17 00:00

Tardabas tanto, Carlota Fainberg

Una reivindicación de la literatura y una parodia de las teorías críticas.

Tardabas tanto, Carlota Fainberg

Claudio, un profesor de literatura de una universidad norteamericana, se dirige a Buenos Aires a dar una conferencia sobre Borges y ha quedado atrapado por una tormenta de nieve en el aeropuerto de Pittsburgh. Claudio inmediatamente corregiría nuestra simpleza para decir las cosas: él es un associate professor —aspirante a full professor— del Humbert College de Pennsylvania y va a dar una Conference sobre el más excelso de los sonetos de Borges, Blind Pew, y ha tenido el molesto contratiempo de un blizzard.

Para ser justos, hay que decir dos cosas a favor de Claudio: es un español que hace muchos años vive en Estados Unidos —piensa como gringo-— y se gana la vida en la densa academia donde la sencillez y la claridad no constituyen ninguna virtud.

Claudio es abordado por un compatriota bastante confianzudo que a los pocos minutos de conocerlo lo llama por su first name y le empieza a hacer confesiones sentimentales y sexuales lo cual lo hace sentir algo embarrassed. En realidad el señor Abengoa es sólo un español franco y rudo —como todos los españoles— que desconoce las formalidades y reservas de la etiqueta académica norteamericana.

El señor Abengoa es algo disgusting; se empeña en no dejarle pagar su tercera Pepsi y en contarle su vida: es un ejecutivo de una sólida y expansiva compañía de resorts que se dedica a viajar por el mundo en busca de hoteles anticuados, mal administrados o a punto de quebrar para adquirirlos a bajo costo y encarecerlos luego de su rehabilitación. Así fue como llegó a Buenos Aires hace cinco años y conoció el espléndido y decadente hotel Town Hall y a Carlota Fainberg; a la inolvidable Carlota Fainberg.

“Si de algo entiendo yo, Claudio, es de hoteles y de mujeres”, le explica el enérgico Abengoa. Y Carlota Fainberg, con su alborotada melena rubia y su insoportable olor de madreselva, era una tía para caerse de espaldas: la mujer más guapa que había visto en su vida. El relato de Abengoa le parece a Claudio —no puede dejar de interpretar— un yacimiento infinito de sexismos verbales, “un arcaico depósito sedimentario del idioma español y de las implícitas ideologías patriarcales de dominación”. Su narración es inocente —naive para ser exactos—, ignorante de las tremendas gender wars. En un momento dado Claudio mira instintivamente a su alrededor y tiene miedo de que aquella conversación sea escuchada por alguna faculty de feminismo agresivo para acusarlo de verbal harrasment o de male chauvinism.

A pesar de su larga experiencia profesional le va a resultar imposible al aplicado profesor resistirse a los poderes de la historia fascinante de Carlota Fainberg. Quedar reducido a la condición de lector ‘pasivo’, ‘acrítico’, ante un relato tan elemental —el más simple de los relatos: un hombre le narra a otro una conquista—, ¿puede pasarle algo peor a un teórico? Desde luego que sí. Está a un paso de reconocer que ‘ama’ la literatura, que se ‘emociona’ con un verso. Y eso —aunque parezca increíble— es lo peor que puede ocurrirle a alguien que, como Claudio, aspire a una carrera académica, a full professor: es el fin.

Esta deliciosa y entrañable novela es una parodia insuperable a los esperpénticos y delirantes ‘discursos’ que crecen y se reproducen como un cáncer en las universidades del mundo y una reafirmación y una apuesta a que la literatura podrá sobrevivir a esa horrible peste nacida en el triste siglo que pasó.

Es también una novela plagada de homenajes: a aquellas obras maestras que son algunas novelas cortas —Otra vuelta de tuerca, La muerte en Venecia, Los adioses—, a La isla del tesoro y al ciego Pew “que nos dio tanto miedo la primera vez que la leímos”, a Borges y al Buenos Aires inventado por la ficción, a la literatura gótica y fantástica, al idioma español.

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