Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/03/19 00:00

Terminal

El primer largometraje de Jorge Echeverry no aspira a complacer a todo el mundo. ** 1/2

Terminal

Direccion: Jorge Echeverry.
Protagonistas: Fabio Rubiano, Victoria Eugenia Gongora, Sebastian Ospina, Bibiana Navas,

Terminal es una máquina de símbolos. No se preocupa por narrar —o sea: por invitar a una historia—, sino por mostrar, a través de una puesta en escena tan personal y meditada como una instalación artística, el proceso de purificación de un ser humano en el borde del abismo.

Arte, purificación, abismo: es otro tipo de cine. Quien asista debe dejar a un lado los prejuicios y prepararse para ver y comprender. Como si, en vez de una obra dramática, se enfrentara a una exposición de pintura. Las puertas están abiertas. Ahí están las imágenes. Quieren decir algo. Pueden despertar emociones dormidas. Pueden dejar frío. El artista ya ha hecho lo suyo. El problema, ahora, es del lector. ¿Qué ve en la pantalla? A una persona aislada. Se llama Julián y, porque lo ha dejado su novia, está al borde de la locura. Quiere que su cuerpo, que no sabe vivir sin ella, descienda al infierno y vuelva en paz. Es como cuando a un hombre le quitan un vicio de un día para otro. Está enfermo. Debe aprender a estar solo, a soportar los recuerdos y a reconocer sus necesidades.

Aislamiento, infierno, necesidad: es otro tipo de película. Su director, Jorge Echeverry, sabe que la cámara no sólo sirve para narrar dramas o documentar vidas. Sabe, con Ricciotto Canudo, autor del Manifiesto de las siete artes, que el cine es “síntesis total”, última etapa en la búsqueda de “fijar todo lo efímero de la vida”, “arte plástica que se desarrolla según las leyes del arte rítmica”, y le ha apostado todo a la eficacia de su máquina de imágenes. Es decir: es la cuidadosa composición de las escenas lo que debe despertar, en el espectador de Terminal, una serie de sensaciones olvidadas.

La pregunta es, pues, sobre la calidad de esas secuencias. ¿Despiertan emociones? ¿Dicen algo? ¿Dejan frío? La respuesta es que quizás todo dependa del receptor. Este, por ejemplo, uno que huye de las instalaciones artísticas, siente que detrás de cada uno de los cuadros de Terminal hay una teoría sobre la realidad —el epígrafe de Heiner Müller es claro—: “lo permanente es huidizo, lo que huye permanece”, pero que, aun cuando escenas como la del tránsito frenético o la de la cama en la playa logran definir ese aislamiento en medio de un mundo que huye, cada vez que los personajes hablan, y se revelan como títeres de las ideas de su autor, la película parece, más bien, un aparato de símbolos de los 60 prestado por un amigo de Jean-Luc Goddard.

Terminal no le teme a ser personal. No aspira a complacer a todo el mundo. Quiere decir lo que quiere decir y ya. Y, falle o no en el intento, tiene una forma de decirlo. Tal vez no debería ser calificada con estrellas, números o caritas felices pero, mientras comparta la ciudad con relatos de la talla de Duelo de titanes y Planeta rojo, tendrá que estar preparada para reacciones como ésta.

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