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| 7/3/2005 12:00:00 AM

Tesoros ocultos

Algunas grandes obras de la literatura estuvieron extraviadas por mucho tiempo. Unas fueron recuperadas por azar o en situaciones absurdas, mientras que otras se perdieron para siempre.

Muchos se pasan la vida buscando fortunas perdidas alrededor del mundo. Por lo general van tras oro, obras de arte extraviadas o maletines llenos de dinero. Otros, en cambio, codician joyas con menos valor económico: se sumergen entre archivos en busca de obras inéditas o documentos perdidos de grandes autores. Y, si tienen la suerte suficiente, encuentran tesoros enterrados entre montañas de papeles viejos. El caso más reciente es el del profesor Claude Schopp, quien halló una obra inédita de Alejandro Dumas.

Hace unos meses, Schopp, experto en la obra del escritor francés, descubrió abandonada en un archivo de París una novela que Dumas había publicado por capítulos en el diario Le Moniteur Universel. La obra, titulada Le Chevalier de Saint-Hermine, quedó inconclusa después de la muerte de su autor en 1870. Schopp organizó y editó el texto de más de 1.000 páginas -que describe con detalle la batalla de Trafalgar- e incluso se tomó la libertad de proponer un final. Su trabajo aparecerá publicado este verano en Francia y, según los críticos, cierra una trilogía que Dumas había planeado desde 1850. La crítica duda sobre la calidad de la obra, pero su descubridor afirma que "este es el gran Dumas, el que escribió 'El Conde de Montecristo'. Era la pieza que faltaba en el rompecabezas de su novelística".

Encuentros afortunados

Estos casos no son tan comunes pero, cada vez que ocurren, generan cierta controversia. Algunos sostienen que si los autores no quisieron -o no pudieron- publicar sus obras, lo mejor es dejarlas inéditas. Aunque esta posición es muy discutible. Y si no, habría que preguntarle a la madre de John Kennedy Toole, quien durante casi 20 años luchó para que apareciera una novela de su hijo que los escritores habían rechazado varias veces. John, un profesor de Nueva Orleáns, tardó varios años en hacerla y el rechazo lo hundió en una profunda depresión. En marzo de 1969 se quitó la vida.

La madre de Kennedy Toole se obsesionó con encontrar a alguien que publicara el libro. En 1976 llegó a la oficina del editor Walker Percy y le entregó el enorme manuscrito titulado La conjura de los necios. Este se apiadó de la historia de la señora y lo recibió. Sin embargo, lo guardó en un cajón y se olvidó de él. Unos años más tarde lo recordó y volvió a sacarlo y comenzó a leerlo. "Mi único temor era que esta novela concreta no fuera lo suficientemente mala o fuera lo bastante buena y tuviera que seguir leyendo. En este caso, seguí leyendo. Y seguí y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala; luego, con un prurito de interés; después, con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena", contó luego Percy. En efecto, gracias a su trabajo, la obra se publicó en 1980 y se convirtió en un éxito rotundo. Recibió el premio Pulitzer ese año y es considerada una de las obras maestras de la literatura estadounidense.

En ocasiones, los editores y los profesores han tenido que actuar como verdaderos detectives. Como le sucedió a Daniel Shealy, profesor de literatura de Harvard, quien encontró una obra de Louise May Alcott, la autora de Mujercitas, oculta en los archivos de la universidad. La novela, titulada La herencia, estaba camuflada entre cartas, cuadernos y notas de su autora. Estos documentos estuvieron en su casa hasta 1979, cuando su familia decidió regalarlos a la prestigiosa universidad. Alcott habría escrito La herencia a los 17 años y nunca quiso publicarla. El profesor Shealy, sin embargo, vio que se trataba de una muy buena obra y se la entregó a una editorial. Lo mismo le ocurrió al profesor Martin West, de la Universidad de Oxford, quien encontró un poema de la griega Safo en unos papiros antiguos. El académico tradujo, completó y publicó el texto hace poco.

Otra historia asombrosa es la de Franz Kafka. En 1912, el autor checo se encerró en su habitación y se dedicó a escribir. Sin embargo, no lo hacía para publicar, sólo para escapar de una realidad que detestaba; por eso le pidió a su gran amigo, Max Brod, que quemara todos sus trabajos después de su muerte. Kafka murió en 1924, a los 41 años, y en su testamento de nuevo le encargó a Brod que no dejara rastro de sus escritos. No obstante, en uno de los actos de desobediencia más famosos de la historia de la literatura, Brod decidió conservar los manuscritos y dar a conocer la obra de su amigo. Él también era escritor y entendió la importancia del trabajo de Kafka. Sin ese gesto valeroso de Brod se habrían perdido dos de las obras más significativas del siglo XX: El proceso, publicada en 1925, y El castillo, publicada en 1926.

Julio Verne, en cambio, no fue tan afortunado. El autor de clásicos como Viaje al centro de la Tierra y Veinte mil leguas de viaje submarino dejó varios textos inacabados, pero estos no cayeron en tan buenas manos. Después de su muerte, en 1905, su hijo Miguel decidió firmar un millonario contrato con la editorial Hertzel para publicar ocho novelas póstumas de su padre. Miguel se tomó la libertad de reescribir algunas, agregar personajes, cambiar capítulos nuevos e inventar finales. El problema es que el hijo no tenía el mismo talento del padre. Por eso, en 1989, la sociedad Julio Verne decidió buscar los manuscritos originales en las bodegas de la editorial y depurarlos de la 'ayuda' de su hijo.

Elizabeth, la hermana de Frederick Nietzsche, tampoco respetó demasiado la memoria de su hermano. La primera edición de sus Obras completas, que apareció en 1913, tenía varios cambios hechos por ella. Sólo en 1954 se descubrieron estas falsificaciones y fueron corregidas.

Pero estas historias no son exclusivas del mundo de la literatura. George Weller fue el primer reportero en llegar a Nagasaki, un mes después del estallido de la bomba atómica, en 1945, pero sólo hace un par de semanas se conocieron sus notas. El general Douglas MacArthur, jefe de la ocupación, había prohibido el ingreso de periodistas. Haciéndose pasar como un coronel del ejército estadounidense, Weller se las arregló para ser testigo de los estragos atómicos, pero sometió sus apuntes a la censura. Las notas enfurecieron a MacArthur, quien no sólo prohibió su publicación, sino que nunca devolvió los originales. Este material permaneció perdido durante seis décadas, hasta el pasado verano, cuando su hijo Anthony encontró en su apartamento en Roma las copias al carbón de las notas, unas 75 páginas escritas a máquina que el diario japonés Manichi decidió mostrar.

Historias sin fin

Algunos, en cambio, no han tenido tanta suerte. Muchos escritores han perdido definitivamente su trabajo -en situaciones a veces extrañísimas- y no han vuelto a recuperarlas. Ernest Hemingway fue uno de ellos. En 1922, cuando apenas estaba empezando su carrera, el joven escritor le entregó a su esposa, Elizabeth Hadley, la única copia de una novela que acababa de terminar. La mujer la guardó en un maletín y se dirigió a una estación de tren cercana a su casa. Allí, un ladrón le arrebató el maletín, y la novela de Hemingway desapareció para siempre.

Y es que las estaciones o aeropuertos no parecen ser un buen lugar para los autores. En la década de los 70, Manuel Vázquez Montalbán perdió la única copia de su último libro, en la sala de espera de un aeropuerto. Mientras esperaba la salida de su vuelo a Grecia, decidió hacer unas correcciones. Al abordar el avión dejó el texto en una mesa y sólo descubrió su olvido cuando ya estaba en el aire. Muy tarde: algún ladrón ilustrado ya la había tomado. Otro barcelonés, Enrique Vila Matas, olvidó la única copia de una novela en un taxi. Lo curioso del caso -además de que no tuviera una copia de seguridad- es que en una de sus novelas anteriores, Una casa para siempre, de 1988, había descrito una anécdota similar.

Hay casos aun más absurdos. El catalán Pere Gimferrer, por ejemplo, perdió en su propia casa un libro de poemas. La obra, llamada Foc Obert, se extravió en 1970, cuando el autor la dejó "bien guardado en mi casa y no he vuelto a encontrarla". Ahora, tal vez, Gimferrer perdió su obra a propósito, pues quizá sentía que no era lo suficientemente buena para publicarla.

Esto es lo que se dice de Juan Rulfo. En toda su vida, el mexicano sólo publicó dos obras -la novela Pedro Páramo y el libro de cuentos El Llano en llamas- que lo convirtieron en uno de los autores más respetados de la literatura latinoamericana. Sin embargo, durante mucho tiempo se especuló sobre una tercera obra: una novela que se llamaría La cordillera. Varios medios mexicanos hablaron por años sobre esta esperada novela e incluso el mismo Rulfo dijo en una entrevista -casi nunca las daba- que se trataba de un texto muy complejo que podía superar a Pedro Páramo. Pero, misteriosamente, Rulfo dejó de hablar de su nueva novela y ésta nunca se publicó. Él explicó que había perdido el original y que jamás había logrado reescribirlos. Pocos creyeron esta historia: lo más factible es que Rulfo, por miedo a decepcionar a sus lectores, hubiera decidido no mostrar jamás La cordillera.

Después de su muerte, los editores se empeñaron en encontrar esta su supuesta obra. Durante mucho tiempo le pidieron a su viuda, Clara Aparicio, que buscara entre los papeles de su esposo rastros de La cordillera. Ella nunca quiso hacerlo y defendió la versión de Rulfo sobre la desaparición del manuscrito. No obstante, 14 años después de la muerte de su marido, le entregó a una editorial todas las cartas de amor que él le había mandado entre 1944 y 1950. Éstas se publicaron en 2000 bajo el título de Aire de las colinas. La obra póstuma se convirtió en un gran éxito y mostraba a un Rulfo completamente diferente al de Pedro Páramo: mucho menos sombrío y misterioso. Esta publicación hizo soñar de nuevo a sus fanáticos con la posibilidad de que algún día apareciera su esperada novela.

Como lo anota el periodista español Pep Montserrat en un artículo reciente en la revista Qué leer, "hay libros que nunca leeremos, que no disfrutarán del beneplácito de los lectores, pero tampoco de los rigores de los críticos despiadados. Habitan en el legendario limbo de los manuscritos olvidados en habitaciones de hotel, extraviados en estaciones de autobuses o devorados por virus informáticos". Ojalá cada vez más el azar ayude a que estas obras salgan del limbo y tengan un feliz encuentro con quienes más las aprecian: los lectores.
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