Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1990/10/29 00:00

TESTIGO DEL SIGLO XX

A los 82 años murió en Roma Alberto Moravia, otro grande de la literatura contemporánea.

TESTIGO DEL SIGLO XX


Pocos dìas antes de morir, Alberto Moravia habìa presentado al público italiano lo que hoy es su testamento: un libro autobiográfico que titulò "Vida de Alberto Moravia". Es el capítulo final de una abundante obra literaria que se iniciò en 1929 cuando publicò "Los indiferentes", la primera novela existencialista europea, que lo hizo célebre cuando apenas habla cumplido 21 años de edad. Su autobiografia, que es en realidad una larga y densa entrevista de Alain Elkann, es el recuento de cuanto viviò, con excepcional intensidad, este autor italiano que muriò el pasado 26 de septiembre en Roma: viajes, amores, amistades de personajes famosos, experiencia literaria, etc.

Moravia, como pocos escritores italianos, fue un testigo excepcional de la historia contemporánea: desde los albores del siglo tuvo conciencia de su historia, del clima social, polìtico y existencial, que son los elementos que se funden, con diversos grados de expresividad, en su obra literaria Leyò con ávida curiosidad en su adolescencia a Dostoievski, pero también con un aire de cosa perdida, pues le parecra en esa época que aquello que habìa escrito el maestro ruso era lo que a él le hubiera gustado escribir.
En la última novela que escribiò, "Viaje a Roma", Moravia retomò esta idea. Su protagonista, Mario de Sie, en el eje del torbellino de una pasiòn incestuosa, es un poeta que si no escribe versos es porque Apollinaire ya escribiò todos los que serìan dignos de su pluma.

Como escritor realista, Moravia se nutriò desde temprana edad de la lectura de dos de los "maestros de la sospecha", Marx y Freud, Nietzsche es el tercero en los que encontró, más que temas, sugerencias e incitaciones en las relaciones que se establecen entre el individuo y la sociedad. "El psicoanálisis salvó a Moravia del naturalismo" dijo un crítica cuando apareciò su novela "El conformista" en 1951, aludiendo a la escritura de la novela en clave clave freudianaque utiliza el relato a manera de demostraciòn de un teorema compuesto tanto por elementos sicològicos como por fuerzas sociales, y cuya incògnita, al ser despejada, constituye la lecciòn moral que se desprende de ella.

Invariablemente las novelas y los cuentos de Moravia de esta época hablan de la misma cosa: la condiciòn del hombre en la sociedad y los efectos de su conducta en las relaciones entre los hombres. La distancia que separa a los individuos difìcilmente puede ser salvada, pues la indiferencia y el aburrimiento, cuando no la impotencia, la vanidad y la arrogancia, condenan a los hombres al aislamiento, del que sólo escapan a una forma de relación social que crea la ilusiòn de la comunicaciòn y del afecto: las relaciones sexuales, que en tales circunstancias, más que en un acto de amor, se convierten en la confesiòn del fracaso. Sin duda, un temple moral organiza las acciones y las razones de sus personajes.
Pero no se trata de un moralismo de confesionario, sino que es más bien una postura histórica y existencial.

Sus obras de mitad de siglo se leyeron como una crìtica dirigida contra una sociedad decadente. Una sociedad que basò su comportamiento en el tabú, la hipocresìa y la corrupciòn intelectual y moral, temas siempre presentes en sus libros. Aunque jamás se vio a sí mismo como un moralista, sino más bien como un testigo de su tiempo y un artista que decanta y transforma en obras literarias los estados del alma de su época, confiò al arte la lecciòn moral: "la verdad y la belleza son en si mismas educativas" dijo alguna vez. Su protagonista, ese "personaje continuo" que desde "Los indiferentes" se proyecta sobre otras novelas como "El conformista" y "El aburrimiento", siempre igual y siempre distinto, es el modelo de la vida alienada e inauténtica que Simboliza el desfallecimiento general de toda una sociedad. En "El conformista" el héroe, o mejor el antihéroe, asediado por los temores de anormalidad, se confiesa, se casa con una mujer mediocre, se hace fascista y termina asesinando a su querido profesor Quadri, que representa las últimas luces del humanismo en el crepúsculo de la era de Mussolini. En "Agostino" reaparece el sentido de tal condiciòn humana. El joven protagonista, durante una estancia en un pequeño pueblo, asiste a la revelaciòn de la existencia del mal. El mal como ausencia de pureza, como debilidad, corrupciòn y abandono a las fuerzas vitales que rodean y empujan ciegamente a los hombres. Esta idea es luego interiorizada en "El inviemo del enfermo" en la que el protagonista, también un jovencito, lleva el mal dentro de sì. Si Agostino encuentra el mal en tomo suyo, en la agresividad brutal, en la hipocresla de quienes lo rodean, como una amenaza de la vida sobre su frágil existencia, el joven de "El inviemo" representa en si mismo esa brutalidad y esa falsedad.

Con el paso de los años este enfrentamiento con que combate Moravia los valores decadentes de su tiempo va siendo atenuado: de la herencia "clásica" de Pirandello y de Svevo pasa a una postura más "modema" y asì su crìtica adquiere un tono alusivo, sutil, a veces irònico y corrosivo. En los "Cuentos romanos" sus relatos dan un giro picaresco. Ahora retrata a la pequeña burguesìa por medio del pìcaro, un individuo que logra sobrevivir por medio de los engaños, las mentiras y las trapacerìas. Sus narraciones breves constituyen un mosaico en el que un tema se desdobla en múltiples motivos de carácter casi documental. Es éste su perìodo neorrealista. Atento siempre al hecho social y a la observaciòn de sus conflictos, Moravia encuentra en ellos el verdadero interés literario y cultural que retoma una y otra vez en su prosa lìmpida, equilibrada y vigorosa, muy cercana a la mimesis.

Pero Moravia no sòlo fue un narrador de historias arraigadas en la realidad de su paìs, que tantas veces encontrò sombrìa, ni el hombre de letras encerrado en su torre de marfil: fue un hombre público, polémico y polemista, presente en la vida italiana a través de sus colaboraciones permanentes en la prensa. Y fue también un crìtico de cine especialmente lúcido. Escribìa su columna regularmente en L'Espresso, orientando con su critica cultural la gran masa de espectadores que seguìa fielmente sus opiniones. Poseìa, por otra parte, más que convicciones dogmáticas, la fuerza del conocimiento, que le dio esa inmensa capaci dad para discutir los grandes temas de la cultura con un vigor ejemplar.
Aunque se le acusò en los últimos años de pansexualista y aceptando que ha insistido en el tema sexual, afirmò con motivo de "Viaje a Roma" que toda su literatura está orientada segiin una intenciòn: "escribir sobre el sexo para hacerlo insignificante". En sus fábulas eròticas aparece el destello de los temas etemos: el bien y el mal, el destino, el éxtasis, que parecen descender de una antigua y desconocida tradiciòn de memorias. Para el autor de "La romana", Eros adquiere entonces una antigua dignidad ligada al sufrimiento e incluso a la experiencia religiosa. Del fondo oscuro de la pasiòn se eleva la luz de la razòn... Razòn y pasiòn, términos eminentemente antagònicos, pero también polos vitales en los cuales siempre se moviò su literatura:
la única razòn, la única pasiòn de su vida. Alguna vez declarò: "Creer en la literatura quiere decir que la literatura es un sustituto de todo el resto, comprendida la religión. Muy simple. Es decir, en la literatura está Dios, el diablo, el futuro, el pasado, el resto, todo".

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