Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2010/01/23 00:00

The Clash: 30 años desde Londres

La Revista 'Rolling Stone' lo declaró el disco más importante de los 80.

The Clash: 30 años desde Londres

Para el 14 de diciembre de 1979, el día en que se publicó en cuatro caras de vinilo London Calling, el tercer álbum del grupo de punk británico The Clash, quedaba atrás una década tumultuosa. Un período en que el siglo XX, para no desentonar, demostró su ferocidad: Vietnam, la crisis del petróleo, los atentados en las Olimpíadas de Munich o la Guerra Fría, que enfrentando la libertad con la igualdad justificaban el intervencionismo. Los jóvenes que vivían la resaca del poshippismo experimentaron en 1977 un verano que no tuvo nada que ver con la sicodelia y las flores de 1967. Allí el rock and roll, la música popular más extendida en los últimos 50 años, consolidó un nuevo hijo, el punk, que estaba dispuesto a recuperar la rebeldía del género sin el estilo de vida de las superestrellas que había acabado con Elvis, su propio rey. The Ramones en Estados Unidos o los ingleses Sex Pistols hablaban un lenguaje sencillo que recuperaba al vecino común refiriéndose al miedo, al desempleo, las drogas o a la necesidad de divertirse.

London Calling toca todos esos temas, pero los lleva más allá. A diferencia del punk básico en el que ellos mismos militaron, Joe Strummer, Mick Jones, Paul Simonon y Topper Headon, con la sabia producción de Guy Stevens, crearon un disco que en vez de concebir lo anárquico como mero símbolo de destrucción o una moda de crestas, candados, collares de perro y ganchos sadomasoquistas, apela a la responsabilidad individual, algo mucho más cercano al verdadero anarquismo. Y musicalmente, con su sonido directo, no se queda en el ruido. Pasa por el pop, el reggae, el rockabilly o el soul con alma punk legando 19 joyas que la reina de Inglaterra nunca exhibirá. Tres décadas después, ya desaparecido el grupo, su llamado sigue siendo contestado por cada artista que le recuerda al mundo que en lo subterráneo se esconde su propia revolución.

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