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| 11/9/1998 12:00:00 AM

THE TRUMAN SHOW

En Estados Unidos los críticos la han considerado como la película más interesante del año.

El australiano Peter Weir ya se había encargado de conmover los corazones de los adolescentes con La sociedad de los poetas muertos, aquella película en la que Robin Williams hace el papel de un apasionado profesor de letras que marcará honda huella en el espíritu de sus estudiantes. Ahora, con una cinta no menos reflexiva, ha puesto a pensar a chicos y grandes por igual pero en especial a un público que cada día cobra más adeptos: el de los televidentes.
Una vez estrenada en Estados Unidos y tras escasas semanas acaparando el primer lugar en las estadísticas de taquilla, los críticos no dudaron en calificarla como la película más astuta que Hollywood haya producido en los últimos años. Y no les falta razón.
The Truman show narra la historia de Truman Burbank, un alegre y disciplinado agente de seguros a quien la vida, sin contar con uno que otro sobresalto de ocasión, le sonríe a toda hora en el pacífico poblado de Seahaven. No sólo es el hombre más popular del condado sino que todo el mundo parece preocuparse por él. Sólo que el único que no sabe que aquello no es más que una gigantesca farsa es él.
Adoptado por un productor de televisión desde que estaba en el vientre de su madre natural, Truman fue vendido al mundo como el proyecto televisivo más ambicioso de todos los tiempos, en el que Truman, desde el momento de su nacimiento, hace el papel de él mismo. El pueblo de Seahaven es en realidad un enorme estudio y sus habitantes, con excepción de Truman, son todos actores que se prestan para elevar el rating del dramatizado a niveles exorbitantes, algo nada fácil si se tiene en cuenta que el show es transmitido en tiempo real las 24 horas del día, sin interrupciones.
La sospecha de Truman de que su existencia es un completo fiasco desata una trama tan extraña como intrigante. Ese es el secreto de su éxito. El público, el real y el ficticio, sabe que la vida de Truman es fruto de la perversa manipulación de un director despiadado, argumento suficiente para que los espectadores se hagan preguntas acerca del poder de los medios de comunicación, la posibilidad de un destino regido por hilos invisibles y hasta sobre el destino humano sobre la Tierra en los tiempos modernos.
Su extrañeza y un final abrupto que no ofrece muchas respuestas pueden llegar a despistar a más de un cinéfilo. Pero no cabe duda de que se trata de una película inteligente que, entre otras cosas, sirve para elevar la popularidad de Jim Carrey ante la crítica, pues en el papel más serio de su carrera se ha comportado ya no como un cómico sino como todo un comediante.
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