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| 7/17/1995 12:00:00 AM

TIEMPO CUMPLIDO

La semana pasada, la escritora barranquillera Marvel Moreno hizo realidad su deseo póstumo: descansar en las aguas del río Sena, hecha cenizas.

CUANDO MARVEL Moreno entró a París por la Port D'Orleáns, el 6 de septiembre de 1969, supo que no regresaría jamás a su Barranquilla natal. Al horizonte inmenso que se le abría al frente -que se había propuesto devorar con feroz curiosidad- se asociaba el temor de retornar a una ciudad que ya no sería la misma que la coronó como reina indiscutible del carnaval de 1959.
Y era que Marvel había sido criada como una niña de sociedad, a quien en edad de merecer, se presumía, la cortejarían los jóvenes más prometedores de La Arenosa. Pero la niña resultó rebelde y por esas cosas que sólo suceden en la Barranquilla que vio nacer el boom literario de Colombia, salió escritora. Se había educado como única mujer en un colegio de hombres, el bachillerato de la Universidad Libre, y terminó casada sin terminar su secundaria con un boyacense afín a sus obsesiones, un periodista y escritor que poco tenía que ver con los galanes costeños que le vaticinaba la sociedad barranquillera de entonces. Era Plinio Apuleyo Mendoza, el amigo de Gabo, que la llevó a París por aventura y terminó prácticamente secuestrado por cuenta de la decisión irreversible de su esposa.
París resolvió su vida a temprana edad: se dedicaría a escribir. Pero al contrario de lo que se podría pensar, no abandonó su cultura. En sus novelas y cuentos quedaría retratada la Barranquilla que había abandonado y que serviría de marco para dar rienda suelta a su imaginación en torno de los personajes femeninos, definidos no a la manera de la liberación que proclamaba la época sino en relación con el mundo machista en el que la mujer debía hacer su vida. Tenía como bagaje haber vivido sus años de dama de sociedad como reina del Carnaval, experimentar plenamente la militancia de izquierda en los años bohemios de París y codearse con escritores de la talla de su propio marido de entonces, Plinio, de Gabriel García Márquez y de Alvaro Cepeda Zamudio. Curiosamente ninguno de ellos la apoyó tanto en su afán por escribir como Germán Vargas, el otro integrante del grupo de Barranquilla, a quien Marvel dedicó su primer libro de cuentos, editado en 1980: Algo tan feo en la vida de una señora bien.
Siete años más tarde apareció su primera novela: En diciembre llegaban las brisas, en la cual quedó patentado su estilo heredado del realismo mágico pero madurado en "una nueva dimension de lo real maravilloso", como describieron los críticos sus relatos. La novela le valió el premio italiano Grinzame-Cavour, en 1989.
En los últimos años, después de haberse desposado por segunda vez, ahora con Jack Chedal, Marvel Moreno se había recluido en su apartamento con la única intención de escribir. Se convirtió entonces en una especie de monja de la literatura. Así nació su libro El encuentro y otros relatos, publicado en 1992, y dejó listos una novela más, El tiempo de las amazonas, y otros ocho cuentos, antes de morir el pasado lunes de Pentecostés, a los 56 años, víctima de un enfisema pulmonar.
La decisión de no regresar a Barranquilla se cumplió a cabalidad, así como el jueves de la semana pasada se hizo realidad su último deseo, cuando su cuerpo fue cremado en el cementerio de Pere Lachaise, de París, y sus cenizas arrojadas al Sena.
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