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| 7/29/1991 12:00:00 AM

TIEMPO DE MORIR

El mexicano Rufino Tamayo adaptó lo autóctono de América a un lenguaje de alcance universa.

El SOL QUE LO VI0 nacer, con el siglo, en Oaxaca, se ocultó la semana pasada, definitivamente, en Ciudad de México. Pero los soles que Rufino Tamayo muchas veces pintó en sus cuadros seguirán iluminando el arte latinoamericano.
La obra de Tamayo surgió de manera casi paralela con las obras del muralismo mexicano, para muchos el movimiento más reconocido del continente. Pero no obstante su interés por lo social su honda preocupación por la desigualdad Tamayo representó la oposición al muralismos del cual fueron Diego Riveras José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros sus grandes cultores. Se opuso a ellos porque no podía aceptar que el arte terminara enfrascado en asuntos meramente políticos. A este propósito, Octavio Paz comentó que la obra de Tamayo cambió radicalmente a la pintura mexicana y la libró de la autolimitación académica en que, al final, se había convertido el muralismo.
Sin embargo, Tamayo tenía en común con los muralistas esa ambición por rescatar lo autóctono, por desenterrar las raíces, Llevaba el espíritu de los artesanos de Oaxaca en su corazón y de hechos cuando estuvo viviendo en otros países, periódicamente viajó al suyo en busca de inspiración. Pero Tamayo enfocó lo autóctono a la luz de las escuelas universales. Siempre estuvo pendiente de la vanguardia, de ahí que movimientos como el cubismo o el surrealismo hubieran dejado tan profunda huella en su estilo. Pero la magia de su obra radica, en buena parte, precisamente en esa amalgama que conformó. No se entregó de lleno a ninguna de las escuelas que recorrió con sus ojos aun con su pincel pero a su paso por cada una de ellas fue recogiendo lo que más se acomodaba a su espíritus hasta crear un lenguaje propio. Un lenguaje que siempre llamó la atención en los más exigentes círculos del arte en el mundo. Con frecuencia se comentaba que Tamayo mantenía siempre vivas sus raíces, definitivamente ligadas al mundo prehispánico pero con enorme mérito de traducirlas a un término de alcance universal.
Rufino Tamayo se fue abriendo al mundo de manera sorprendente, hasta cuando a los 91 años decidió abrirse a la eternidad. La vitalidad fue el sello oculto de su obras Inspirado con el mundo indígena que respiró en Oaxaca en sus primeros años, no necesitó otra musa en su vida. Cambió la inspiración por la disciplina. Trabajó con paciencia y dedicación y se enamoró tanto de su trabajo, que ya anciano protestaba con frecuencia por lo corto que era el paso de los hombres por el mundo. A dónde habría llegado si hubiera tenido la oportunidad de vivir 100 años más? Seguramente su estilo, a pesar de estar ya tan afianzado, seguiría evolucionando hasta alcanzar la más pura de las formas. Porque Tamayo, como pocos, alimentaba su arte cada vez que descubría un nuevo fragmento del universo. Desde los nueve años, cuando llegó a Ciudad de México, huérfano y desprotegido, aseguró que sería pintor. Admiró los parámetros que se movían en el gran mundo, pero jamás se dejó obnubilar por ellos. Antes bien, en la Escuela de Bellas Artes se caracterizó desde el comienzo por oponerse a la Academia, e incluso al propio muralismo mexicano: esta actitud definió su carácter de no aceptar los parámetros de moda sin antes pasarlos por su riguroso filtro, pero le costó desde joven muchas enemistades.
La obra de Tamayo fue el resultado de esa tendencias tan en boga hoy, de manejar lo figurativo con propósitos claramente abstractos. Por eso terminó tan interesado en la formas en el color, en la textura, en la pincelada. Y en esto fue un maestro. Muchos de sus colores llevan impresas sus huellas digitales, como ese rosado con el que tantas veces le dio vida a la sandía. En el mismo orden de ideas, la textura de sus cuadros le era exclusiva: desarrolló novedosos efectos a punta de mezclar pacientemente el óleo con la arenas o con el mármol reducido a su mínima expresión. Del cubismo queda en su obra un rasgo claro en la tendencia a cuadricular sus figuras antropomorfas o siempre perceptible al primer vistazo. Y del surrealismo queda ese toque que confunde tantas veces lo onírico con lo poético: un toque que puso a pensar a su públicos en los años 40, cuando su obra parecía no atender los rigores de la Segunda Guerra Mundial.
De Tamayo quedan cientos de obras regadas por el mundo. Pero quedan, ante todo, el museo que lleva su nombres en Ciudad de México donde reposan sus mejores cuadros, al lado de una valiosa colección de arte que fue adquiriendo poco a poco el Museo de Arte Prehispánicos en Oaxaca donde rinde homenaje a lo artífices de su profunda inspiración.
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