Sábado, 21 de enero de 2017

| 2004/03/07 00:00

Tierra de sueños

Los recuerdos del director Jim Sheridan se transforman en el drama de una familia irlandesa que deja atrás a un fantasma.

Título original: In America
Año de producción: 2003
Director: Jim Sheridan
Actores: Samantha Morton, Paddy Considine, Sarah Bolger, Emma Bolger, Djimon Hounsou

Todo lo que vemos en Tierra de sueños sucedió, escenas más, escenas menos, en la vida extraordinaria de Jim Sheridan. El cineasta irlandés, autor absoluto de Mi pie izquierdo y En el nombre del padre, relatos inolvidables sobre los horrores que puede soportar una familia, no se ha alejado nunca de sus experiencias a la hora de crear sus narraciones. Esta vez, dice, quería hacer las paces con sus días de inmigrante en Estados Unidos. Quería deshacerse de los peores momentos de aquel 1982 que se le escapó, día por día, sin el dinero suficiente para sostener a su familia en las calles inciertas de Nueva York.

En la búsqueda de cierta verosimilitud, pidió a sus dos hijas mayores, Naomi y Kirsten, que escribieran la historia desde los puntos de vista de sus memorias. En el proceso de incorporar esos recuerdos al guión definitivo comprendió que le hacía falta un fantasma que acosara a la familia: un hijo fallecido en la ficción, Frankie, que se convirtiera en el eje de la aventura y remediara la lejana muerte de su propio hermano. Entonces pensó en la terrible pérdida que lleva a Leopold Bloom, en el Ulises de James Joyce, hasta el borde de sus nervios. Y recordó que William Shakespeare, doblegado por la partida de su hijo Hamnet, tuvo que escribir su obra capital para encontrar una nueva calma. "Y entonces tuve la película", reconoce el director: "La idea de los irlandeses que dejan atrás la agonía y viajan a un mundo nuevo en donde son aceptados".

Tierra de sueños no es, pues, un largometraje nostálgico que recoge ciertos eventos del pasado como si se tratara de un álbum fotográfico. Es el drama episódico de una desconsolada familia dublinesa que viaja a "la tierra de las oportunidades" con la esperanza de que así logrará asimilar, por fin, la ausencia irrevocable de su hijo menor. El padre, Johnny, incapaz de recuperar sus emociones, trata de abrirse paso en los teatros neoyorquinos. La madre, Sarah, sin palabras de consuelo a la mano, intenta entregarse al futuro en nombre de los que aún están vivos. Y las dos pequeñas hijas, Ariel y Christy, fanáticas de E. T. el extraterrestre, la película de Spielberg, respiran en paz porque entienden que quienes se van están siempre "aquí mismo".

Una escena antológica -tomada punto por punto, dice Sheridan, de su propia vida- resume las grandes virtudes de la narración. Johnny, el padre, apuesta todo el dinero que tienen a que encestará cinco veces una bola de goma: si lo hace, le conseguiría a sus hijas el E. T. de felpa que ofrece el juego de una feria callejera. Resulta difícil, tan difícil como ser testigo de una violación o una cirugía de corazón abierto, ver a ese hombre convertido en un niño que se resiste a creer que todo se ha vuelto en su contra. Los gestos de los actores, la honestidad de los guionistas y el pulso del realizador nos llevan a quitar la mirada. El resto del tiempo nos obligan a fijarla.

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