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| 2/19/2002 12:00:00 AM

Tinta roja

Francisco Lombardi cuenta, paso por paso, cómo un joven aspirante a escritor aprende a vivir en el mundo de los diarios sensacionalistas.

Director: Francisco Lombardi
Protagonistas: Gianfranco Brero, Giovanni Ciccia, Fele Martinez, Carlos Gassols, Ivone Frayssinet, Jorge Velasquez, Toño Vega, Tatiana Astengo, y Lucia Jimenez.

El escritor chileno Alberto Fuguet dice que en el cine de hoy hacen falta historias sobre jóvenes que aprenden a vivir en el mundo. Una de sus novelas más conocidas, Tinta roja, le ha servido al director peruano Francisco Lombardi como pretexto para filmar esta película sobre un joven que se hace periodista con la esperanza de volverse escritor, pero él, que hace poco estuvo en Colombia, aún siente que deberían filmarse más relatos como este. Que sí, es divertido y todo, pero al final se enreda a sí mismo hasta más no poder, como esas personas que al principio nos parecen muy chistosas, pero después, a fuerza de oírles los mismos cuentos y los mismos apuntes una y otra vez, acaban pareciéndonos insoportables.

Eso es. En la primera media hora de proyección conocemos muy bien a los personajes de Tinta roja: Alfonso Fernández, alias ‘Varguitas’, está enamorado de Nadia, su caprichosa compañera de prácticas en el diario sensacionalista El Clamor, y quiere ser escritor pero aún no ha visto nada del mundo y de sus extrañas pasiones; Faundez, su jefe, lleva tantos años en la sección de policiales y ha sufrido tantas decepciones en la vida que ya ha aprendido a reírse de los suicidios, los secuestros, los accidentes, los asesinatos y las peleas callejeras que se encuentra todos los días en el trabajo; está Van Gogh, el chofer del periódico, que es una antología de frases célebres ambulante; y Escalona, el fotógrafo, que habla muy, pero muy poco, pero que, cuando lo hace, dice exactamente lo que piensa.

Sí, sabemos a quiénes veremos y qué tipo de conflictos sufrirán en el camino, pero, cegados por el sentido del humor de las primeras escenas, suponemos, equivocadamente, que veremos una historia ligera y sin mayores pretensiones. El problema es que Tinta roja olvida, en su larguísimo final, que es una comedia ágil, inteligente y ligera, y una historia de iniciación, como La isla del tesoro, y se convierte, poco a poco, en una antología de frases a destiempo, en un desfile de escenas patéticas, enfáticas y efectistas: una versión cinematográfica de un diario sensacionalista.

Y no, no es un problema de gustos ni una cuestión de valores morales: cuando vemos y juzgamos una película, hacemos a un lado el gusto y la moral y nos quedamos solos con la diferencia que existe entre lo que se nos proponía al comienzo y lo que recibimos al final. Y es eso, precisamente, lo que molesta de Tinta roja: que la comedia se ha tomado en serio a sí misma, que los personajes han estallado sin sentido del humor y han perdido por completo la dignidad, que las frases célebres del chofer se han vuelto aburridas y que el aprendizaje de Varguitas, a quien creíamos nuestro amigo, se reduce, al final, a encontrar el éxito. Y los realizadores, sin haber pisado un estudio de Hollywood, están de acuerdo con él.
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