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| 8/7/1995 12:00:00 AM

'TITO', POR LOPEZ

El ex presidente Alfonso López Michelsen expone su visión particular del Maestro

NO HAN CORRIdo con suerte las letras colombianas en los últimos meses. Tras la muerte de Eduardo Lemaitre, de Gómez Dávila, del profesor Socarrás, de Jorge Rojas, de Arenas Betancur, que a más de escultor era un excelente escritor, sobreviene ahora la muerte de Ramón de Zubiría.
¿Quién entre sus amigos y conocidos no lo ha evocado muchas veces con motivo de su desaparición?
Por un accidente al salir de la adolescencia, Tito, como lo llamaban sus amigos, perdió parte de su espléndida estampa física. Inválido en su silla de ruedas hubiera parecido un ser maltrecho por su caída, de no haber contado con su hermosa cabeza eternamente joven. Pero así como sus limitaciones físicas le impidieron desarrollar plenamente su natural desenvoltura, quiso La Providencia en compensación;,que se hiciera dueño de los más finos perfiles espirituales, superando un destino que hubiera podido ser trágico.
En Ramón de Zubiría se dieron cita los más apreciados dones del ser humano. Inteligente, culto, generoso, cálido... Fueron tantos los atributos morales del hombre que podría la pluma agotar los adjetivos sin pecar nunca por exceso en el elogio. Tenía, por sobre todo, el don de la comunicación en grado sumo. E1 interlocutor que lo encontrara se separaba de Tito con la sensación de que lo había estado esperando y que había llegado con una enorme oportunidad a su encuentro. La hidalguía que le dispensaba a quien lo saludara, cualquiera que fuera la condición del visitante, le llegaba a lo más hondo del corazón, por la acogida que solía dispensarle a quienes venían a estrechar su mano. Transmitía alegría cuando cualquiera hubiera podido imaginar lo contrario y hallar en él una criatura quejumbrosa y dolida. Su conversación era una fiesta. Un juego de palabras eruditas salpicadas de humor de buena ley. Era un crítico en el mejor sentido de la palabra.
Algo semejante ocurría con sus alumnos de la Universidad de los Andes. Todos ellos atestiguan el título de Maestro, que se le ha concedido póstumamente y que lo tenía ya adquirido en el corazón de los estudiantes que escuchaban su cátedra de literatura hispana y extranjera. Conocía de memoria los poetas contemporáneos. Algunos llegaron a ser sus amigos personales como fuera el caso de Salinas y Guillén, con quienes compartió en Boston una estrecha amistad, afectiva y literaria, iluminada por el sentido crítico de ambos escritores.
Cabe anotar, a propósito de su sentido crítico, que aquel espíritu superior en donde no tuvo asiento ninguna clase de amargura ni de frustración, pese al terrible accidente que lo privó prematuramente de su libertad de movimientos, siempre albergó en lo más íntimo de su corazón una cierta nostalgia de no haber podido escribir un libro sobre Núñez que fuera una de sus grandes admiraciones. Una larga y estrecha amistad con Eduardo Lemaitre los hizo competir desde sus primeros escarceos literarios sobre este tema tan del gusto de los cartageneros: la vida del más ilustre hijo de la Ciudad Heroica. Lemaitre tuvo la suerte de dejar por escrito en páginas inolvidables el testimonio de su versación sobre el tema, a tiempo que De Zubiría careció del tiempo o de la voluntad de comprometerse a fondo en la vida del Regenerador. Contaba entre sus archivos con documentos reveladores de la vida sentimental de Núñez. Tal vez la correspondencia con doña Gregoria de Haro, o, con doña Dolores Gallego. Si se hubiera propuesto estructurar una biografía del hombre como amante, podríamos contar con aspectos recientemente citados de sus amoríos, pero nunca explorados a cabalidad.
Nunca una pluma tiene iguales aptitudes para distintos menesteres. Eduardo Lemaitre fue por excelencia un biógrafo. Ramón de Zubiría fue un crítico, un analista, un experto en desmenuzar textos literarios. De ahí su prestigio en las aulas universitarias, y a donde quiera que fuera a exponer su pensamiento, brilló con luz propia, unas veces en Colombia y otras en el extranjero.
Generaciones enteras de colombianos lo recordarán por su gallardía y su gentileza, que se tradujo en un don de gentes incomparable. Otros evocarán al escritor, ál maestro, de quien derivaron enseñanzas provechosas, pero más allá de este hombre público, permanecerá para muchos el Tito íntimo que rasgaba la guitarra y componía sus propios versos llenos de picardía caribe con algo de Luis Carlos López, en una versión refinada. ¿Cómo olvidar aquel son cuya autoría los jóvenes de hoy desconocen y que reza: "Las mujeres de San Diego se visten de verde verde. A las cinco de la mañana la que no pellizca muerde"?
El barrio de San Diego ya no es el mismo de su infancia en donde las muchachas de verde verde inquietaban a los jóvenes de la oligarquía cartagenera. Restaurado el sector por gentes de fuera, San Diego es cada día más cachaco y menos cartagenero, y repitiendo al 'Tuerto' López, tenemos que decir otra vez:
"Ya pasó ciudad amurallada tu edad de folletín..."
y venerar en el santoral de sus figuras legendarias al más frágil y gracioso de sus cantores: Ramón de Zubiría.
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