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| 5/15/1989 12:00:00 AM

TODA UNA FIESTA

Rabelais se pasea por las tablas del T.L.B. en un divertido espectáculo.

Erase una vez, en un pequeño pueblo de Francia, a mediados del siglo XIV, un rey llamado Grangoudsier y una reina Gargamelle que durante 11 meses esperó el nacimiento de su hijo y en la víspera del nacimiento comió y bebió todo lo que pudo y más. A la voz de los desgarradores gritos del parto acudieron todas las comadronas del reino. Gargantúa, como llamaron al bebé, nació finalmente por el lugar menos esperado, una de las orejas de la madre. El llanto tradicional de todos los niños al nacer se dejó esperar y en su lugar se escuchó una estridente voz invitando a todos a comer y a beber sin medida. Este es el resumen del comienzo de "Gargantúa", que Francois Rabelais dio a luz en 1534 con palabras graciosas, citas inteligentes y frases ingeniosas.
Y de una forma asombrosamente fiel, Fernando Cruz con 16 actores del Teatro Libre de Bogotá convirtió este texto en una pieza de teatro. Volver teatro una obra en prosa es de por si un gran esfuerzo y si a éste se le añade que su autor es Francois Rabelais, uno de los más importantes escritores del Renacimiento, cuyos textos son un acopio de conocimiento, de palabras nuevas, de lecturas, lleno de citas, de compilaciones y disertaciones, el esfuerzo termina convertido en una hazaña.
Los seis meses que gastó Fernando Cruz en el montaje, trabajando diariamente 5 horas, llevaron al Teatro Libre de Bogotá a la decisión de que antes de estrenar la obra se hicieran presentaciones para miles de estudiantes bogotanos que colmaron su sala de Chapinero y que con sus aplausos les marcaron la hora de la verdad: levantar el telón para el público en general.
Los cuadros escénicos del montaje del T.L.B. van mostrando esta trama y para hacer más fácil y entendible esta filosofía se echó mano de un narrador (Jorge Plata) que hace las veces de Rabelais, quien no sólo se encarga de explicar las escenas sino que las condimenta con observaciones agudas y apuntes humorísticos. Y para encarretar aún más a los espectadores, pensando no sólo en un público adulto sino sobre todo en los niños y los jóvenes, se utilizan anacronismos. La música sin ser estridente es festiva y la canción que se escogió fue ni más ni menos que "Mi aguita amarilla" del grupo de rock español "Los Toreros Muertos". La escena de guerra es una explosión de luces, sonidos, y pelotas de plástico lanzadas al auditorio, para meter en la obra de una vez por todas a los asistentes.
Las partes escatológicas del "Gargantúa", como la inclusión del limpiaculos, se desecharon pero no por mojigatería o falsos moralismos sino por la imposibilidad de escenificarlos. Sin este elemento, sin embargo, el "Gargantúa" de Rabelais logra ser llevado a las tablas manteniendo el espíritu de este médico y sacerdote renacentista descarado, crudo, que parodió su época y a quien le horrorizaba el ascetismo, la superstición, la rutina y la ignorancia.
La puesta en escena, el vestuario, la música y las canciones son de excelente factura. Lo que no anda muy bien en algunas partes es la actuación: mucho grito y algarabía sin necesidad y desorden de 16 actores que por momentos se le salen al director de las manos. Pero estos lunares no son demasiado protuberantes en un trabajo que en general puede calificarse como bueno.
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