Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1991/12/09 00:00

TODO LO QUE BRILLA...

La Scala de Milán y el Metropolitan de Nueva York exponen las joyas que más brillaron entre los divos de la lírica.

TODO LO QUE BRILLA...

LOS MUSEOS DE LOS dos más prestigiosos teatros líricos del mundo han abierto sus puertas a los buenos aficionados: Scala de Milán y Metropolitan Opera House, de Nueva York. No se trata de salas que guarden partituras autógrafa, de grandes compositores, diseños escenográficos o vestuarios de importantes producciones, que de hecho son piezas de gran valor que forman parte de la historia no sólo de cada teatro sino del arte lírico en sí mismos. Lo que consignan estos dos museos son joyas que si salieran de allí para cotizarse en las grandes casas de subastas alcanzarían cifras archimillonarias. Son joyas en el auténtico sentido de la palabra, que tienen además un gran valor afectivo y anecdótico. Ambas salas están ubicadas en lugares relativamente discretos dentro de los teatros, y permanecen vigiladas con todas las medidas de seguridad electrónicas con que cuenta la técnica contemporánea. No en vano hay allí piezas únicas que también forman parte de la historia de ciertas firmas de joyeros mundialmente célebres.
El museo de la casa neoyorquina guarda entre centenares de piezas, la sombrilla que llevó consigo la cantante Nelly Melba a las reuniones con las altas esferas. Poco le importaba a la diva si el clima era invernal o veraniego. Su interés estaba centrado en mostrar la espectacular pieza con mango de oro macizo e incrustaciones de perlas y diamantes. Lo único que caía sobre la fantástica sombrilla y su propietaria era una lluvia de miradas envidiosas.
En vitrinas hábilmente iluminadas pueden apreciarse la tiara de perlas y diamantes que usó la cantante Rina Cavalieri: una pieza Art Decó fabricada por Cartier que la diva se colocaba para interpretar ciertas escenas de las óperas Romeo y Julieta de Gounod o la Traviata verdiana. Otra pieza de excepción es el broche que utilizó la soprano Lucrezia Bori en su última representación en la Met. Se trata de una pieza bañada en diamantes de tamaños considerables que perteneció a la emperatriz Eugenia de Montijo. E imposible hacer de lado la batuta de oro que el propio Luis II de Baviera regaló a Richard Wagner como agradecimiento por haber escrito su inmortal

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