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| 12/12/1988 12:00:00 AM

TODO TIEMPO PASADO ...

"Cae la noche tropical": la nostalgia y la soledad de la vejez en la última novela de Manuel Puig.

En alguna ocasión y refiriéndose al mundo retratado en sus novelas, piezas de teatro y guiones de cine, el escritor argentino Manuel Puig afirmaba que lo ridículo como elemento cotidiano es una segunda naturaleza que nadie puede eludir y por eso, sus personajes, las situaciones que protagonizan y todo lo bueno y lo malo que le ocurre al ser humano son ridículos y en ocasiones, demasiado ridículos.
Esto se siente en el nuevo libro publicado por Puig (Seix Barral, 222 páginas), con un título nostálgico que prolonga el humor negro, las alusiones al cine popular y el entorno que rodea a sus personajes: "Cae la noche tropical". Es un libro construído con la técnica que a partir de 1968 convirtió al autor en uno de los favoritos de críticos y lectores rasos, para quienes ha sido delicioso sumergirse en esa corriente de diálogos, monólogos, cartas, recuerdos deshilvanados, informes policiales, reconstrucción de escenas de películas famosas y anodinas, y otros elementos tomados de la cultura popular que tienen en Puig uno de sus mejores exploradores, como si cada obra fuera una excursión a paisajes suficientemente manoseados pero siempre novedosos especialmente por esa instrucción de lo ridículo en su literatura.
A diferencia de sus historias anteriores (" La traición de Rita Hayworth", "Boquitas Pintadas", The Buenos Aires Affair, "El beso de la mujer araña", quizás la más popular de sus novelas, sobre todo después de la película con Sonia Braga, "Pubis Angelical", "Maldición eterna a quien lea estas páginas" y "Sangre de amor correspondido", para citar sólo sus novelas), en ésta, el erotismo no existe, ha sido diluído en medio de la atmósfera a veces tensa, a veces alegre, a veces trágica, a veces premonitoria, a veces nostálgica de las dos protagonistas, dos ancianas que son hermanas, Luci y Nidia, quienes tienen 81 y 83 años, son argentinas y viven en Río de Janeiro.
El erotismo ha sido remplazado por el dolor, la soledad y el temor a la muerte que sienten los ancianos. Es un mundo artrítico, cansado, que espera la lenta descomposición con apuro, que escarba en el pasado con una desesperación casi suicida que contagia al lector, acostumbrado a otras historias más alegres, más desenfadadas, más optimistas en un autor que desde hace 20 años encuentra en el humor negro uno de sus elementos característicos.
Las dos hermanas hablan de sus dolores, sus penas, los años irrecuperables. Hablan de Silvia, una vecina amiga de ambas, quien tiene un hijo que se ha marchado a México. Sutilmente, en medio de los diálogos, surge una historia secundaria, la de los amores de Silvia con Ferreira, un personaje oscuro que sólo servirá para que las fantasías e ilusiones de las ancianas tengan una referencia a ese mundo exterior que muchas veces olvidan, más por comodidad que por necesidad síquica y física. Ferreira, como lós demás personajes masculinos de la novela, es opaco, reconstruído a través de las descripciones de su amante otoñal para quien los momentos eróticos con el amigo van siendo tamizados por esa memoria compartida con las dos ancianas.
Pocos escritores como Puig manejan con tanta sabiduría un recurso tan difícil como el diálogo. Es que las frases que pronuncian sus personajes son naturales, directas, simples, pueden ser pronunciadas por cualquier mujer que esté en las circunstancias de estas ancianas. Son diálogos que también uno encuentra en las mejores telenovelas (las brasileñas, sobre todo), en los folletines por entrega, en los libritos románticos que se apilan, polvorientos, en las antesalas de los peluqueros y los dentistas. O sea, diálogos de la vida misma y Puig, que conoce muy bien la naturaleza humana y sus entornos cotidianos, lo consigue de nuevo: delinea situaciones difíciles a través del intercambio de palabras entre dos mujeres para quienes la muerte, más que una pesadilla, es una auténtica liberación.
En medio de esta vigilia surge otro personaje masculino interesante pero dañino, perverso, un moreno llamado Ronaldo, que sirve de asistente a Nidia y quien, acosado por el hambre que padecía en su pueblo -situado en el norte del Brasil-, llegó a Río de Janeiro en busca de trabajo. Nidia, viviendo una fantasía permanente cree que con su caridad podrá redimir a Ronaldo de sus problemas y le regala dinero para que compre los pasajes de la mujer y el hijo que se quedaron en Buenos Aires y se reúnan por fin. Pero Ronaldo viola a una niña, escapa con algunas pertenencias de la anciana y desaparece.
Esa intrusión de la violencia real en un mundo ilusorio, como el que comparten las ancianas y la amiga, se irá desmoronando cuando la muerte, tan esperada, aparezca pero a la distancia, como la sombra de una película sobre la pared, como otra realidad, inasible, gris, mientras Puig comienza a eliminar sus personajes porque tiene que cerrar la historia, tiene que ponerle punto final a ese drama que aparece seis años después de su último libro editado, ejerciendo lo que él mismo califica de "exorcismo necesario a través del juego de lo ridículo, un juego donde todos estamos comprometidos, donde todos nos sentimos arrastrados porque en la oscuridad, en el silencio del espejo todos somos ridículos".
Cuando se acaba los diálogos (ellas siguen hablando aunque no estén juntas), cuando las cartas dejen de llegar, cuando los informes policiales sobre la violación surtan su efecto, entonces el lector se quedará con la sensación de esa atmósfera tibia, cerrada, íntima, creada de nuevo por Puig, un hombre tímido a quien le cuesta trabajo construír estas historias tan sencillas que parecen tontas inútiles, fáciles de desechar porque se asemejan a las nuestras.
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