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| 1/14/1991 12:00:00 AM

TONOS MENORES

La reunificación alemana ha traído como consecuencia un preocupante desempleo de artistas.

A un año de caer el muro, y a dos meses largos de verificarse la unificación, Alemania siente ya con fuerza el peso de un proceso que apenas se inicia.

Por razones meramente prácticas que a la postre no son otras que económicas, diversos sectores laborales, entre ellos los de las artes, ven temerosos el Panorama que se avecina. En el terreno musical, por ejemplo, Alemania es país privilegiado, quizás como ningún otro en Europa. A los múltiples centros de enseñanza se suman 60 teatros de ópera y 100 orquestas sinfónicas, sin contar agrupaciones y conjuntos de cámara, grupos corales y cuerpos de ballet que los hay en cantidad y calidad nada despreciables. Y de esos grandes conjuntos orquestales sobresalen algunos de celebridad internacional como la Filarmónica y la Staatskapelle de Berlín, la Gewandhaus de Leipzig o la Staatskapelle de Dresde, y óperas como las de Munich, Berlín, Hamburgo o Colonia.

Un ejemplo que ilustra la gran actividad cultural que viven los ciudadanos alemanes está en Munich, que concentra siete orquestas sinfónicas. O en Berlín, donde coexisten tres compañías de teatro lírico, que presentan en total 310 espectáculos cada año.

Pero llegó el momento de poner en la balanza las prioridades nacionales, y es así como la ex Alemania del Este, que por décadas subvencionó el ciento por ciento de todas las compañías de música, teatro, danza y ballet, verá caer la guillotina sobre cientos de instituciones artísticas de menor rango, cuando empiecen a funcionar las nuevas políticas que pretenden estabilizar la economía. Quedarán en pie solamente las más importantes entidades, las cuales deberán sobrevivir con una reducida ayuda estatal y con los ingresos que consigan del público, aunque todo parece indicar que el bolsillo de los alemanes del este está que revienta.

Otro tanto ocurrirá en lo que fuera Alemania Federal, pues ya en Berlín, según aseguró Gotz Friedrich, director de la Deutsche Oper, una de las tres casas operáticas que tiene la ciudad, el Senado no está en la capacidad de subvencionar tres escenarios líricos y sus voceros han asegurado que por ahora es suficiente con la Deustche Oper. ¿Que ocurrirá entonces con las dos restantes y con sus centenares de cantantes solistas, coristas y bailarines, y con el personal técnico, artístico y administrativo?

Un hecho preocupante y realista es que Alemania en el momento actual vive una gran inflación de músicos. Los hay por millares que en breve deberán buscar trabajo y no será propiamente el país el que se lo pueda garantizar, al menos con ayuda estatal. Esta situación por supuesto ha desinflado el entusiasmo inicial que se viviera con ocasión de la unión de los dos Estados y el problema es mucho más apremiante para los alemanes que viven del lado este. Deberán apretarse el cinturón y aceptar una realidad que va a ser onerosa para el bolsillo de todos, así nadie sepa todavía cuánto va a costar. Pero si está lloviendo en las instituciones musicales, en las de teatro el aguacero es aún más torrencial. Al fin de cuentas la música es un lenguaje universal y en muchas latitudes los intérpretes podrán organizarse mientras todo vuelve a su cauce normal. Pero la gente del teatro, que sólo puede expresar su arte en su lengua natia no cuenta con mecanismos de escape de esta índole. ¿Qué ocurrirá, entonces, con los dramaturgos? Hay que recordar que el país cuenta con 85 teatros que ofrecen un promedio de 200 representaciones anuales.

No cabe duda de que luego de la euforia inicial se dio paso al desencanto y muchos deberán pagar con sacrificios el volver a ver un país unido. Sin embargo, hay un terreno abonado por espacio de siglos para que el arte en sus diversas manifestaciones no decaiga. Si en momentos mucho mas aciagos el país defendió sus instituciones, sorpresas quizás están aún por verse. Pero no todo es pesimismo. Como anotó Kur Masur, ex director de la Gewandhaus de Leipzig y actual director de la Filarmónica de Nueva York, En estas situaciones difíciles prefiero recordar que entre la Revolución francesa, que tanto influenció a Beethoven y a todo el siglo XIX, y la caída del muro de Berlín, han transcurrido exactamente dos siglos, y me siento satisfecho de constatar que esta segunda revolución se llevó a cabo sin derramamiento de sangre. Esta experiencia nos mostrará e influenciará mucho más sobre nuestra manera de interpretar a Beethoven, que es lo más importante". Para muchos, palabras de un romántico. Para otros, la voz de un verdadero artista.
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