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| 11/12/2011 12:00:00 AM

¿Traspasada la raya?

Más allá de la controversia, el director alemán Peter Konwitschny sale airoso con este 'Don Carlos', que le apuesta al original de 1867.

Giuseppe Verdi

DON CARLOS

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Los escándalos y polémicas que desata Peter Konwitschny (1945) son de tal tamaño que han llegado a los estrados judiciales.

Este Don Carlos de Verdi no llegó al litigio pero sí enardeció e hizo perder la compostura a una fracción del público de la Ópera de Viena, en 2004. Porque la escena más espectacular, el Auto de fe, del acto III -la que hizo que en 1867, en el estreno en París, la emperatriz Eugenia de Montijo le diera la espalda al escenario-, fue convertida por el director de teatro alemán en un espectáculo mediático con presentadora de televisión y el público distribuido dentro y fuera del auditorio; todo se retransmitía mutuamente hasta la entrada de los reyes, que fue recibida con ovaciones y abucheos. Y hay más: la voz del cielo que oyen los herejes condenados a la hoguera en el momento del suplicio fue reemplazada por una parodia de Marilyn Monroe. Muy fuerte para Viena y para cualquier otro teatro.

A pesar de todo, a la hora de la verdad, el teatro aplaude delirante y los abucheos apenas son audibles; Konwitschny se sale por la suya y el elenco -Ramón Vargas, Iano Tamar, Nadja Michael, Bo Skovjus, Alastair Milnes-, el coro, la Orquesta de la Ópera de Viena y el director musical Bertrand de Billy son ovacionados.

Tiene sentido. Porque le apuestan al original de 1867 en cinco actos y en francés (hay cinco versiones), con ballet en el acto III, que Konwitschny reemplaza con una ágil pantomima que da un respiro al público en medio de uno de los dramas más intensos de la ópera francesa. Además están el elenco y el aparato musical, que son de primera, y la mano de un director que atrapa al espectador con su propuesta que transcurre casi toda (y son casi cuatro horas de música) en una aséptica e inmaculada escenografía sin compromisos de época, una mano capaz de convertir el aria de Éboli, al final del acto IV, en un pasaje espeluznante y aterrador, porque la princesa maldice su belleza, se destroza la cara con un cristal y, ensangrentada, canta el aria. Esto para solo citar un momento.
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