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| 5/4/1998 12:00:00 AM

A TRAVES DEL ESPEJO

En el Museo de Arte Moderno, 10 artistas demuestran la vigencia del medio pictórico.

Tiene lugar en el Museo de Arte Moderno una exposición que pone de presente las inagotables posibilidades de la pintura como medio creativo y que vuelve a hacer notoria la importancia del enfoque curatorial en la presentación y discusión del arte. En esta época en que los museos colombianos se contentan con presentar exposiciones paquete, es decir, muestras curadas en el extranjero en las que poco derecho tienen a exigir un particular punto de vista, y cuando las más poderosas instituciones difusoras de la plástica se pliegan dócilmente a la avariciosa curaduría de galeristas, resulta refrescante una exposición con un criterio definido, con una argumentación coherente y pertinente, y con un montaje impecable que lleva a concluir que lo importante de la muestra _más que los organizadores, el escenario e inclusive los artistas_ son las obras y los raciocinios que generan. La exposición se halla conformada con trabajos de 10 pintores que se cuentan entre los más lúcidos y alerta de la escena artística del país durante los años 90. Su producción se sitúa en la difícil frontera de las definiciones y revela raciocinios de punta, reflexiones acerca del medio pictórico, del arte en general y de su papel en el mundo contemporáneo. Son trabajos difíciles, exigentes, a los que es imposible acceder con un pesado fardo de dogmas y prejuicios, puesto que una de sus intenciones consiste, precisamente, en establecer que la originalidad del estilo, la genialidad del trazo, la susceptibilidad social del pintor y la intensidad o sutileza cromática _consideraciones imprescindibles para determinar la calidad artística durante el apogeo del modernismo_ han dejado de ser aplicables en vista de los más recientes rumbos de la creatividad visual. La muestra no deja duda de la influencia determinante del arte conceptual en la actividad pictórica de fin de siglo, puesto que todos son trabajos que transmiten ideas, más que emociones, sensaciones o deleite. Su meollo se encuentra en las propuestas que cada una de las obras adelanta con el fin de abrir nuevas posibilidades para el medio pictórico y en su demanda de actitudes distintas a las tradicionales para comprender sus motivaciones y propósitos. Por ejemplo, el trabajo de Víctor Laignelet subraya la importancia de la conciencia en la aproximación al arte y propone que, como Dios, contemplemos simultáneamente las obras, el contexto y nuestra relación con ambos. El trabajo de Danilo Dueñas plantea en cambio una especie de arqueología del medio pictórico que permite separar y analizar sus componentes, así como impugnar su tradicional bidimensionalidad, ubicación y técnicas. También Luis Roldán se apropia del espacio pero para desplegar cavilaciones lúdicas y formular nuevos valores, no sólo para la pintura sino para la vida. En tanto que María Elvira Escallón mediatiza todo asomo de pintura tradicional con intervenciones que despersonalizan la ejecución para enriquecer las sugerencias y refutar, como muchos de los participantes en la exposición, la importancia de la ejecución física de las piezas. Luis Luna combina imagen y textos en pinturas en las cuales la capacidad de percepción del observador juega un papel fundamental puesto que buscan comunicar su actitud ante la vida a través de asociaciones, evocaciones y sugerencias. Rafael Ortiz vuelve a evidenciar su desinterés en el estilo por medio de trabajos elaborados con pañuelos que constituyen simultáneamente la obra y su soporte. Y María Fernanda Zuluaga explora nuevas maneras de involucrar el color al hecho plástico, al tiempo que hace manifiesta la indisolubilidad entre su trabajo y el contexto al patentizar _igual que Dueñas pero por una vía distinta_ la estrecha relación entre sus piezas y el lugar destinado para su exhibición. Carlos Salas combina obras de diferentes épocas que en cada presentación se enriquecen con su propia historia, para reiterar su aproximación no racional a la pintura e impugnar la idea de progreso lineal en la elaboración y desarrollo del trabajo artístico. El trabajo de Nadín Ospina es de los más radicales en Su cuestionamiento de autoría, virtuosismo y originalidad puesto que, a pesar de seguir aludiendo a amalgamas culturales, se trata de pinturas realizadas, bajo su dirección, por sus alumnos. La obra de Jaime Iregui _compuesta por una forma tridimensional que podría equipararse a medio cilindro, que se adosa a lo muros y que por efectos de su repetición en diferentes posiciones da la impresión de ladearse y descender_ constituye, finalmente, una explícita alusión al Titanic como símbolo de la fe en el progreso y la tecnología y como emblema de la modernidad que naufragó ante el peso de la autosuficiencia y la confianza en las apariencias y las convenciones. La muestra, curada por Carmen María Jaramillo, representa un verdadero aporte para el examen de los valores que originan el arte colombiano contemporáneo, permitiendo equiparar su análisis con la experiencia que Lewis Carroll le proporciona a Alicia al internarla en una realidad distinta al otro lado del espejo. Su conformación hace claro que la pintura no se encuentra próxima a desaparecer, que lo que ya desapareció fue el tipo de pintura que se ejecutaba sobre lienzo y con bastidores regulares para decorar la sala y demostrar la sensibilidad de los artistas, y que lo que debe superarse ahora es la manera emotiva y facilista con que aún se abordan y pretenden dilucidar las obras de arte.
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