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| 11/20/2000 12:00:00 AM

Tres mujeres

Una excelente recreación de la vida y los grandes temas de Virginia Woolf.

Son tres mujerres y tres historias que ocurren en un solo día y que se irán alternando a lo largo de la narración. Clarissa Vaughan, una editora de Nueva York a finales del siglo XX; Virginia Woolf, la escritora inglesa, en 1923, y Laura Brown, un ama de casa de un suburbio de Los Angeles, en 1941. Se encuentran alejadas en el tiempo y en el espacio, pero hay un elemento común que las hermana: La señora Dalloway, la novela de Virginia Woolf.

Clarissa Vaugham va a dar una fiesta para su amigo Richard, enfermo de sida y a quien le han otorgado un importante premio literario. Como Clarissa Dalloway, el personaje de Virginia Woolf, Clarissa Vaughan también dará una fiesta y ha salido a comprar flores: “Qué emoción, qué sorpresa, estar viva en una mañana de junio, próspera, casi escandalosamente privilegiada, y con un solo mandado que hacer”. En ese paseo hará un balance detallado de su vida.

Tiene 52 años, buena salud, y se considera una persona común y corriente. Adora el mundo porque sabe que es vulgar e indestructible. Ha sido razonablemente feliz con Sally, su compañera sexual desde hace 18 años. Vive en un apartamento elegante y tranquilo en el West Village. Pero le llegará una súbita revelación: el recuerdo de un verano en una duna de Wellfleet, junto a Richard, cuando eran muy jóvenes y se besaron. Fue el momento triunfal de su vida. Nunca más, haga lo que haga —se da cuenta demasiado tarde—, volverá a sentir aquella intensidad.

Virginia Woolf se dispone a comenzar una nueva novela. Su salud mental es precaria. Oye voces extrañas, sufre espantosos dolores de cabeza. A pesar de los esfuerzos de Leonard, su esposo, quien la ha llevado a vivir a Richmond, un apacible suburbio de Londres, no puede acomodarse en el mundo. Frecuentemente fantasea con la idea del suicidio. Lo único que quiere y puede hacer es escribir. No obstante, dedicarle muchas horas a esta actividad, la deja exhausta y corre el peligro de echar a perder esa historia de la señora Dalloway, con la que tanto ha soñado. Sólo podría escribirla en Londres, pero Londres la destruye: “Sí; Clarissa habrá amado a una mujer. Clarissa habrá besado a una mujer, sólo una vez. Clarissa estará acongojada, profundamente sola, pero no morirá”. Estará demasiado enamorada de la vida, de Londres. La sensata Clarissa seguirá adelante, adorando su vida y sus placeres ordinarios. Será otro, un poeta perturbado y visionario —Septimus Warren—, quien muera.

Laura Brown no es una mujer corriente aunque lleve una existencia corriente. De ojos oscuros y entrecerrados, de apariencia extraña, hubiera preferido pasarse la vida leyendo. Todavía no entiende por qué Dan, un muchacho apuesto y de buen corazón, la eligió a ella por esposa. Por qué esa mañana tiene que abandonar la lectura de La señora Dalloway e integrarse al mundo: hacerle una torta a Dan que está de cumpleaños, amar a su pequeño hijo de 3 años y al que lleva en su vientre. Estar en el mundo le implica un esfuerzo sobrehumano, más ahora que ha descubierto una turbia atracción hacia Kitty, su vecina.

La búsqueda de la identidad sexual femenina, la creencia de que los simples gestos —salir a caminar en un resplandeciente día de junio, comprar flores, arreglarlas sobre la mesa— pueden salvarnos a pesar del dolor, el envejecimiento y la muerte segura que nos espera. Esas fueron las obsesiones que desvelaron a Virginia Woolf y que Michael Cunningham, al releerla en forma lúcida y creativa, descubre vigentes. Algo más que un simple homenaje o un alarde de erudición woolfiana. La intención de Cunningham va por otro lado, es más ambiciosa. Quiere mostrar que la gran literatura es una sola, y repite insistentemente una única pregunta: cómo y por qué debemos seguir viviendo. “A estas horas inevitablemente seguirán otras más oscuras y más difíciles. Y sin embargo, amamos la ciudad, la mañana, más que nada; tenemos esperanza de más”.
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