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| 10/13/2012 12:00:00 AM

Tres novelas en una

Los mitos adolescentes, el ascenso y la caída de un ídolo y una historia de carretera, se dan cita en la nueva novela de Andrés Felipe Solano.

Andrés Felipe Solano

Los hermanos Cuervo

Alfaguara, 2012

234 páginas

Pobre de aquel que no hizo de su adolescencia una leyenda. Nelson Reina, un estudiante de un colegio jesuita del barrio La Merced, en Bogotá, se considera a sí mismo la quinta esencia de la medianía; ni pobre ni rico; ni feo ni 'churro'; ni inteligente ni bruto. No tenía siquiera un defecto físico que lo distinguiera especialmente: apenas un lunar, una discreta mancha roja en la cara que la gente terminaba por ignorar. "Yo estaba parado justo en la mitad, era la mismísima línea ecuatorial, el 50 por ciento, el 0-0". Como si fuera poco, vivía en un pequeño apartamento con sus padres, un par de empleados públicos con "vidas insípidas" cuya gran hazaña consistía en ir al mar en vacaciones.

Pero un día, para iluminar su pequeño mundo gris, llegan a su colegio los extravagantes hermanos Cuervo, encarnación del glamour y la libertad. Ellos no usaban jeans, no comían salsa de tomate, no veían televisión, no jugaban los juegos que jugaban los demás. Eran un poco periodistas, filósofos, historiadores, cartógrafos, músicos y muchas cosas más. Manejaban su propio presupuesto y vivían en una enorme casaquinta con una aureola de misterio, sin padres y sin culpas, con una abuela bella y generosa. "Apenas entré en contacto directo con ellos tuve la impresión de que todo en la vida de los Cuervo era parte de un plan trazado con mucho cuidado. Su forma de estar en el mundo no daba pie para el azar".

Como cualquier leyenda, la de los Cuervo posee varias versiones. Las horas de ocio de Nelson y sus condiscípulos transcurrían conjeturando historias sobre ellos: que eran hermafroditas, que hablaban latín, que fabricaban cuchillos caseros y se tomaban sus propios orines mezclados con Coca Cola. Lo que nadie esperaba, y mucho menos Nelson, era que un día los hermanos Cuervo le abrieran las puertas de su mansión para que les diera clases de guitarra. Nelson no solo es invitado a entrar en el Olimpo sino que va a tener al fin un gran propósito: contar la fabulosa vida de los hermanos Cuervo. "Después de graduarme del colegio, se hablaría de mí en los corredores, en los recreos los nuevos alumnos irían a ver mi foto en el mosaico".

A la larga, como se irá infiriendo de la misma narración, no hay nada extraordinario en la existencia de los Cuervo. Pero el narrador, que está dejando la infancia y se está haciendo adulto —que en definitiva quisiera seguir siendo adolescente— no va a permitir que se le escape la posibilidad de crear una leyenda en su vida, una al menos. Ese contraste entre la insulsa realidad y la fantasía —esa tensión, esa ambigüedad— ha sido el alimento de muy buena literatura y, por supuesto, lo es de esta primera parte —o primera novela, como se verá— : "Sin proponérselo, los hermanos nos sacaron por unos largos meses de nuestras vidas mediocres y mantuvieron a raya la angustia de crecer en una ciudad aburrida y peligrosa al mismo tiempo".

Los Cuervo desaparecen pero dejarán la estela de su leyenda. Y muchos interrogantes: sobre su abuelo, León Sierra, al parecer un famoso comentarista deportivo; sobre su madre, Betty, la azafata que una mañana los abandonó sin ninguna explicación. La segunda y la tercera parte tratarán de responderlos, aunque elusivamente, a través de narraciones que pese a sus evidentes filiaciones argumentales, parecerán, por su estilo, dos novelas independientes, distintas. Una, la crónica del ascenso y la caída de Vicente Aguirre, campeón de tres vueltas a Colombia a comienzos de los años sesenta; otra, el road movie tropical y desesperanzado —valle, montaña, desierto, mar— de una pareja de outsiders conformada por un hombre acosado, sediento de venganza y una muchacha rebelde. Hasta cierto punto, se trata de una apuesta arriesgada que hace pensar en una ruptura de la unidad formal y temática de la obra. Aquí resulta inevitable recordar Palmeras salvajes, de William Faulkner, en la cual dos historias totalmente diferentes se alternan en contrapunto sin encontrarse jamás. A no ser de una manera misteriosa y secreta en la mente del lector.
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