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| 6/24/1985 12:00:00 AM

TRES OBJETOS SOBRE UNA MESA

Los dibujos de Santiago Medina en la Galería Casa Negret

Pero esa tarde no eran solamente los recuerdos lo que atraía al coronel Jim Luckett hacia la capital de Francia, sino también el apartamento que poséía en el número 10 de la rue de Beaux Arts y que nunca había visto.
El coronel lo había ganado en una apuesta con su amigo colombiano, el artista San Diego Medina, y él se había prometido ir a visitarlo tan pronto llegara..." Este pasaje de "¡Arde París!", el libro de Dominique Lapierre y Larry Collins, se refiere al día de la liberación de París por los aliados. El coronel Luckett había estudiado en la capital francesa durante los años 20, y ahora regresaba lleno de recuerdos y con el deseo de encontrar a un viejo amigo. Eso es cierto. Habían pasado juntos unas vacaciones en Cagnessur-Mer, en la Costa Azul. La dirección, N° 10 de la rue de Beaux Arts, también era correcta: allí, durante diez años, el amigo colombiano había tenido un piso con su estudio de pintor y tres alcobas, justo enfrente de la Escuela de Bellas Artes. Lo de haber ganado ese apartamento en una apuesta de juego sí era pura fantasía o tal vez un dato equivocado. Y ese nombre tan curioso, "San Diego Medina", era desde luego una trasposición: se trata, en realidad, de Santiago Medina, el pintor de 82 años que ahora expone sus obras en la Galería Casa Negret.
En rigor, no es su primera exposición. Ya en los años 40 había mostrado sus paisajes a lápiz en el Teatro Colón, cuando era ministro de Educación Germán Arciniegas. En Francia, también había participado en el Salón de Artistas Franceses, en seis ocasiones. Nunca dejó de pintar, es verdad, pero lo hacía en forma aislada, sin participar en los debates del arte y alternando con sus otras actividades. La razón de pintar era bien sencilla: "porque así no me aburro".
Es, en el fondo, nada más y nada menos que un esteta. En todos sus viajes, en sus oficios y aficiones siempre fue un buscador de la belleza La encontraba en los museos y en los monumentos, pero también en la música, en sus construcciones de edificios, en sus diseños de muebles y alfombras, en sus tallas de madera y en sus rejas de hierro, en los marcos de sus cuadros o en las antiguedades coloniales que él fue el primero en "poner a vivir" como elementos de la decoración de su casa, en los jardines bosques que él mismo ha sembrado y, ante todo, en sus dibujos: retratos, paisajes y naturalezas muertas con los objetos que rodean su vida diaria.
Dibujó desde siempr,e. En Medellín, donde nació el 27 de julio de 1902 (un Leo, por consiguiente, aunque bastante atenuado) asistía a clases de dibujo en una escuela nocturna. También hacía "monos de greda". En el año 19, después de la guerra, viajó con su padre y hermanos a los Estados Unidos, donde terminó su bachillerato en un colegio de New Jersey. Luego, en julio de 1922, se fue a París a estudiar arquitectura.
A los dos años tomó la resolución de matricularse en la Academia Julien y dedicarse de lleno a la pintura. Entre sus maestros recuerda a Gromor y Experd en arquitectura, y a los hermanos Pierre y Jean-Paul Laurent en dibujo. Fueron casi diez años de intensa vida artística. Después, a raiz de unas vacaciones en Juan-les-Pins, entre Cannes y Antibes, decidió cerrar su estudio de París y trasladarse a la Costa Azul. Así se instaló en 1931 en Cagnes-sur-Mer, donde vivió otros diez años, y donde se casó con Natalia Morosov, hija de emigrantes rusos que vivían en Niza. Allí descubrió su pasión de restaurador arquitectónico, remodelando viejas casas del Mediterráneo. Siempre tuvo buen ojo para la tierra y las construcciones .
De regreso a Colombia en 1942, a causa de la II Guerra Mundial, Santiago Medina volvió a ejercer su oficio de remodelador en la que sería su residencia para toda la vida. La encontró en la antigua casa de hacienda de San José de Contador, que primero fue de los Brush y después de los Samper. Su última poseedora fue sor María Valencia Samper, hermana de la caridaa. El, subió techos, reorganizó espacios, abrió ventanas, puso taller de tallado y carpintería en las antiguas cocheras y se hizo un estudio para dibujar, en un segundo piso, con ventanal al norte para disfrutar de la mejor luz. Allí ha realizado su obra.
Retraido, sedentario, apacible, muy dado a la vida familiar, dibuja al carboncillo mañana y tarde, siempre que se lo permita la luz, entregado a fijar en sus cuadros los objetos familiares, las tallas coloniales y las piezas precolombinas de su colección. El arte, para él, es un hecho simple: "Las obras de arte se miden por las emociones que siento al verlas, emociones gralas". Lo que persigue: "Estoy buscando "los valores", como se dice en francés; es decir: darle aire a los objetos para sacarlos del papel".
En la arquitectura, la misma sensibilidad por los materiales nobles y por la labor artesanal. Es lo que puede verse en su edificio de la carrera 7a con 70. Cuando fue a solicitar permiso para derribarlo, se lo negaron de plano: sin él saberlo, había sido declarado monumento nacional.
Piedra, ladrillo, madera tallada, sillares rescatados de la demolición del convento e iglesia de Santo Domingo, graciosas rejas disenadas por él mismo inspirado en motivos populares.
En arte, antes, un dibujo minucioso, al detalle, preciosista. Hoy, en sus carbonclllos, composiciones nada rebuscadas y una calidad impresionista, de atmósfera sutil y tamizada.-
DE LO PETRIFICADO A LO ANIMADO
Santiago Medina constituye un caso bastante notable de artista que ha dispuesto siempre del suficiente márgen económico como para abstenerse de la presentación en público y de la vida competitiva en el arte. Y, sin embargo, desde la época anterior a su regreso a Colombia, es decir de los años cuarenta, ya existen de su mano retratos estupendos de amigos y distintos personajes, hechos a veces en aguada, o en lápiz y carboncillo, que representan una actitud de aproximación al sujeto vivo para dejarlo congelado, o petrificado, a la manera de algún icono que queda para siempre recordándose en su imagen sobre el papel.
Pero ahora en este momento avanzado de su vida y su creatividad, Santiago Medina dibuja, al carboncillo, santos de palo para darles una especial animación como si por sobre el maleficio-beneficio de lo religioso, volvieran a la vida con sus disfraces canonizantes. En este otro punto de su carrera, ha invertido los térnlinos con respecto a su trabajo anterior para partir de iconos de madera y convertirlos en figuras vivas que nos asombran con lo exquisito de su desdibujado e infiexiones. Artista que vuelve a encontrar, después de tanto tiempo, el placer de encerrarse a pensar con las manos, con los más pobres materiales, a través de ojos que seguramente también se han empobrecido, pero con opulentos recursos imaginativos, sobre la apariencia, al tinal, de las cosas.-
Galaor Carbonell -
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