Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/02/27 00:00

“Internet y las redes sociales son un instrumento peligroso”

Umberto Eco, fallecido la semana pasada, habló con el diario español ABC sobre su última novela. SEMANA reproduce apartes de esa entrevista.

"¿Debo mostrar en televisión cómo el isis decapita a alguien? Hay unos límites de decencia, pudor, respeto al público, y decido no mostrarlo. Pero no hay una ley que diga que no se pueda hacer. El problema del periodista es saber individualizar esos límites de la información" Foto: A.F.P.

El escritor y filósofo Umberto Eco cuestionó el presente del periodismo y su relación con las redes sociales en esta entrevista, que concedió a raíz de la publicación de su útima novela, Número cero, la historia de un editor que logra manipular a los poderosos por medio de un periódico que nunca sale a la luz, ambientada en la España de 1992.

¿Por qué el periodismo es el tema central de ‘Número cero’?

No solo es una crítica al periodismo, también a internet, donde puedes encontrar muchas páginas web en las que se dice que las Torres Gemelas, por ejemplo, fueron derribadas por un complot.

Ahora internet y las redes sociales son una herramienta periodística...

Son un instrumento peligroso. Hace un tiempo se podía saber la fuente de las noticias. Con internet no sabes quién está hablando. Usted es periodista, yo soy profesor de universidad, y si accedemos a una determinada página web podemos saber que está escrita por un loco, pero un chico no sabe si dice la verdad o si es mentira. Es un problema muy grave, que aún no está solucionado. La materia prima debería ser cómo filtrar las informaciones, pero ningún profesor es capaz de enseñar eso

‘Número cero’ es un disparo contra lo que usted llama la ‘máquina del fango’, contra las perversiones del periodismo. ¿Qué buscaba al escribir esta novela?

Hace un tiempo, si un presidente de Estados Unidos no gustaba, le podían matar, era un acto de guerra; con Clinton se empezó a ver lo que hacía en su cama, básicamente. Pero ‘la máquina del fango’ ahora es más sutil. No consiste solo en decir que este señor es un pedófilo, ha robado o matado a una mujer, porque es muy difícil; basta con poner algo bajo una luz bastante rara.

Es suficiente con sugerir, no es necesario acusar…

Hace un tiempo, un periódico muy parecido al de la novela, que no me quería, publicó un artículo con insinuaciones sobre mí y dijo que me habían visto comiendo en un restaurante chino, con palillos, y con un desconocido. Un desconocido, según ellos, porque para mí era un amigo. Pero decir que alguien está con un desconocido ya te hace pensar en una novela de espionaje, porque para muchos lectores alguien que come en un chino es como el doctor Fu Manchú. Esta es la ‘máquina del fango’: no es necesario descubrir delitos, son insinuaciones, sospechas. Una de las técnicas contemporáneas, y en esto Berlusconi ha sido un maestro.

Ha mencionado a Berlusconi. La novela transcurre entre abril y junio de 1992, cuando él aún no había aparecido en la escena política italiana.

He elegido 1992 porque es una fecha muy importante, un momento en el que empiezan las indagaciones sobre la corrupción y todos creen que Italia está cambiando. Pero no ha pasado nada. Además, en 1994 Berlusconi sube al poder y ya se sabe lo que pasó. 1992 es un año muy interesante, porque se podía pensar que en un futuro las cosas iban a cambiar, pero ha sido justamente al revés.

Al presentar el libro reconoció que su intención narrativa era marcar los límites de la información. ¿Cuáles son y cuáles deben ser esos límites?

No creo que existan unas reglas, debe existir el sentido común. ¿Debo mostrar en televisión cómo el Isis decapita a alguien? Hay unos límites de decencia, pudor, respeto al público, y decido no mostrarlo. Pero no hay una ley que diga que no se pueda hacer. El problema del periodista es saber individualizar esos límites de la información.

En el libro menciona hechos como la supuesta fuga de Mussolini a Argentina, el asesinato del papa Luciani, el golpe de Estado de Junio Valerio Borghese, Gladio... y los emplea para reflexionar sobre el problema de la verdad.

En mis escritos teóricos siempre me he preocupado de la mentira. Preocuparse de la mentira es preocuparse de la verdad, que puede ser entendida gracias a su comparación con la mentira. Si usted pinta una Gioconda falsa, es bastante fácil demostrar que es una mentira; pero ¿cómo se puede demostrar que la del Louvre es la auténtica? Es mucho más difícil. Entender el mecanismo de la mentira algunas veces puede ayudar a entender el mecanismo de la verdad.

¿Es imposible la objetividad periodística?

Es un debate muy viejo. Cada vez que se cuenta un hecho, depende de una interpretación. El problema es ver si hay hechos que son independientes de nuestras interpretaciones. Los límites del periodismo están muy marcados: el periodismo tendría que hablar solo de los hechos que no dependen de las interpretaciones.

Por lo tanto, la interpretación no corresponde al periodista.

No, un periódico bien hecho tendrá un 10 por ciento de información y un 90 de interpretación. Solo hace falta distinguirlo, si somos capaces.

En un momento en la novela, en la redacción del periódico, Simei, el director, dice: “Los periódicos nos cuentan lo que ya sabemos, por eso venden cada vez menos”.

Sí, lo dice Simei, pero lo digo yo también. El drama de los periódicos nace con la televisión. El periódico contaba por la mañana lo que había pasado por la tarde. Ahora tiene que contar por la mañana lo que todos ya saben. ¿Qué hace, entonces? Intenta convertirse en un semanal; pero, normalmente, un semanal tiene una semana para tratar un asunto, mientras que el periódico solo tiene una noche, no puede hacer algo muy profundo. O, si no, hace cotilleo, no solo de los actores, sino político. Ese es el drama del periódico contemporáneo, porque tiene que llenar 64 páginas. Estoy de acuerdo con Hegel cuando dice que la lectura del periódico es la oración matinal del hombre moderno. Pero yo, cada vez más, leo solo los titulares.

¿Qué deberían contar los periódicos para garantizar su supervivencia?

¡No-lo-sé! Tiene que empezar a buscarse otra profesión.

¿De verdad cree eso?

Es un problema verdadero. Muchos lectores solo quieren ver si el periódico A concede más importancia a un determinado hecho que el periódico B, solo para conocer su opción política, no para saber los hechos. Pero antes bromeaba, porque mientras la televisión no podrá aportar nunca un comentario profundo, el periódico puede expresar opiniones de mayor calado a través de un artículo de opinión. La supervivencia del periódico está garantizada.

En ese sentido, ¿qué les diría a los apocalípticos que hablan de la muerte de la novela?

Que usted está hoy aquí hablando de una novela.

Es más, tengo la sensación de que los jóvenes cada vez leen más.

De hecho, esta idea de que los jóvenes no leen es otra invención de los periódicos para escribir un artículo de cultura. Solo hace falta entrar en una librería de cuatro plantas para verla llena de jóvenes. Sobre todo si lo compara con mis tiempos. Además, internet también es una herramienta de lectura.

Y de accesibilidad. Al explicar a los redactores la filosofía del nuevo periódico, Simei dice: “Hay que hablar el lenguaje de los lectores, no el de los intelectuales”. Lo que me lleva a preguntarle: ¿el compromiso político del intelectual actual es el mismo que el del intelectual de principios del siglo XX, por ejemplo?

No, ciertamente, han cambiado muchas cosas: la crisis de la ideología, la crisis de la intelectualidad... Ha cambiado la fuerza de los partidos políticos. En cierto sentido, el intelectual puede ser más libre para desarrollar una acción crítica. La función del intelectual no es hablar a favor de su partido, sino contra su partido.

¿Cómo definiría el término ‘intelectual’?

No lo definiré, porque es un término estúpido. Si un intelectual es alguien que no trabaja con las manos, sino con la cabeza, entonces un empleado de banca es un intelectual; si es alguien que piensa de modo creativo, entonces un campesino que piensa un nuevo modo de revolucionar el cultivo también puede ser un intelectual. Entonces, hoy, intelectual es alguien que trabaja poco, o que no trabaja (ríe).

¿Qué piensa de la televisión actual?

Trabajé cuatro años en la televisión, en los años cincuenta. Entonces había un solo canal, en blanco y negro, pero a las nueve de la noche ponían Shakespeare, o Guerra y paz, o Pirandello, y a la gente le iba bien. Había transmisiones políticas en las que uno hacía una pregunta y el otro contestaba, mientras que ahora gritan, se insultan. Entonces, en cierto sentido, la televisión antigua era mejor, porque la cuota de basura era mínima.

Vea la entrevista completa.

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