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| 11/18/1985 12:00:00 AM

UN COLOMBIANO EN PARIS

En terreno desconocido y con actores franceses, Ricardo Camacho se anota un gol.

La primera impresión que uno se lleva con Ricardo Camacho es que se trata de un hombre de inmensa energía, de esos que hacen ejercicios de gimnasia todas las mañanas. Erguido casi hasta crisparse, este bogotano de 37 años inspira confianza de entrada. Habla rápido, gesticula con manos y cara, enfatiza todo lo que dice y va al grano sin vacilaciones, con el espíritu de un cruzado. Su indumentaria, en cambio, es de una sobriedad cromática impresionante, como la de los jóvenes intelectuales de La Candelaria "encamellados" en algo importante. Una chaqueta de poliéster finlandesa, zapatos de cuero negro dignos de un monaguillo y un estoico corte de pelo, no indican que estamos ante una celebridad. Ricardo Camacho, sin embargo lo es. Es el primer colombiano que ha llegado a dirigir en París una obra de teatro colombiana, con elenco francés.
"Yo nunca fui hippie. Mi trayectoria es lo opuesto a eso", le dice a SEMANA, tomándose una cerveza en un café de la Rue St. Lazare, a donde este reportero lo ha invitado para charlar un poco sobre la obra que acabamos de ver en el Theatre de París, donde Camacho viene haciendo el montaje de "Un muro en el jardín" de Jorge Plata, con el Theatre Du Triangle y adaptación francesa de Claude Cretient.
"Estudié filosofía y letras en Los Andes, pero mi verdadera vocación era el teatro, de tal suerte que comencé a trabajar con Alberto Castilla, por allá en 1967, en la Universidad Nacional", dice. "Interpretábamos obras de Chejov, Telikov y de Valle Inclán".
En eso estuvo los tres años siguientes hasta que del filósofo no quedó nada. Al final, Camacho fundó, con sus ex compañeros de Los Andes, el Teatro Libre de Bogotá, pasada la polvareda del movimiento estudiantil del año 70, en la que participaron desde una perspectiva maoísta. Hoy el TLB es uno de los más profesionales del país, con numerosas representaciones al año, talleres de formación, variado repertorio y algunas giras al exterior incluida una vuelta al mundo que los llevó a China el año pasado, pasando por capitales europeas. En todas partes montaron "Los andariegos" de Jairo Anibal Niño.
¿Cómo comenzó el intercambio con el Theatre du Triangle? "Herve Van Der Meulen llegó un día a Colombia como turista y fue a uno de nuestros espectáculos, cuando preparábamos la última gira. Se interesó y ofreció hacernos los contactos en París. Así fue como pudimos actuar en el teatro de Pierre Cardin y en Enghien, donde queda una de las sedes del Triangle". Los dos grupos se entendieron tan bien que después, con el apoyo del gobierno francés, suscribieron el intercambio y Herve regresó a Colombia, donde dirigió "El avaro" y "El burgués gentilhombre", ambos de Moliere (ver SEMANA N°171). Ricardo Camacho se trasladó a París.
La idea beneficiaria a ambos sectores. El TLB, que no se formó en los moldes del teatro clásico, obtendría aquel rigor en manos de un director francés educado antes que nada en esa tradición. El Triangle obtendría lo contrario, un "soplo de aire nuevo", como dice Camacho, gracias al "humor negro latinoamericano y a la forma desmistificada como los colombianos nos aproximamos al teatro". Para Ricardo, dirigir actores franceses ha supuesto un desafío a sus capacidades y experiencias y no todo ha sido un lecho de rosas. La violencia que empapa cada escena del Muro es un factor de dificultad para los actores y para el mismo público francés. Además, cada comediante tiene su temperamento. "A veces hay choques, pero la confianza jamás se rompió entre nosotros", precisa el colombiano.
Los resultados son sobresalientes. En sólo seis semanas -lo que en Colombia lleva tres meses- lograron montar la obra, dado que en Francia la gente de teatro dispone de las 24 horas del día para su trabajo. Con un elenco desigual en el que se palpa la veterania de Regis Outin, 79 años quien encarna el abuelo, y Gerard Darrieo, quien hace de marido beodo y brutal, Camacho transforma a los ocho actores franceses en colombianos que saben cómo se destapa una cerveza en los barrios del sur de Bogotá o Manizales.
Francois Bertin es convertida en la madre alelada ante la desgracia familiar y Veronique Muller llega a ser la muchacha solitaria que acude al suicidio para escapar de un infierno.
Todo eso supuso esfuerzos tremendos. Jean Louis Dupleix, por ejemplo, estaba aterrado de su personaje -un matón insidioso- e inconscientemente se negaba a asumir tanta vulgaridad. Al final, Camacho logró "sacarle" al disciplinado actor el temible bastardo que debía representar. Completan el tinglado, Jean Michele Cannone, el bandido mayor, cuya caracterización recuerda más al famoso Mesrine que al personaje de Jorge Plata. Marie Christine Colomb y Herve Van Der Meulen, hacen la pareja candorosa que no logra prevalecer sobre el mal.
Ricardo Camacho habla bien el francés. Al terminar la audición se lo ve de nuevo con los actores que salen de los camerinos del Theatre de París con las caras lavadas. A Outin, que a pesar de sus años juega un papel brillante en escena, el joven director colombiano le hace un par de observaciones sobre ciertos gestos escénicos, que el anciano acepta con un "d'accord" generoso. Después, y casi que en secreto, le dice algo a Cannone, un gigantón que sabe todas las expresiones de saludo en español. Ya en el café, Camacho le señala a SEMANA que París es una selva en la que cada noche se presentan 67 obras de teatro distintas, fuera de las variedades menores. "Pelearse el público en esas condiciones es otra parte del problema", afirma. "Además, hay una crisis de autores. Desde Jean Genet no ha aparecido otro de renombre mundial y esto deprime un poco el interés por el teatro". Se queja, además, de que los subsidios del gobierno no son altos. "Esta operación ha recibido sólo de 300 a 400 mil francos de ayuda, lo que es nada frente a lo que otorgan a grupos mayores como el de Nanterre".
Aun así, "Un muro en el jardín" es un éxito. Los actores franceses son los primeros en reconocer cuánta parte de esto le corresponde al director colombiano. "Se ve que lo quieren", piensa uno viendo que los "feroces" Darrieo y Dupleix y la bella Veronique Muller se despiden de él, esa noche, con besos.
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