Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2008/05/24 00:00

Un creador comprometido

Krzysztof Penderecki, uno de los más admirados y controvertidos compositores del siglo XX, se presenta en Bogotá.

Penderecki dirigirá la Orquesta de Cámara del Festival de Vilna (Lituania). El repertorio, además de obras suyas, incluye piezas de Mozart, Schubert, Tchaikovski, Dvorak y Shostakovich

Un concierto de esta dimensión e importancia no ocurre en Bogotá desde la presentación de Igor Stravinski en el Teatro Colón, en agosto de 1960, cuando dirigió a la desaparecida Orquesta Sinfónica de Colombia. Porque Colombia, lamentablemente, no es, ni ha sido, un destino que despierte interés en los grandes compositores. 1960, el año de la visita de Stravinski, fue justamente el año cuando el nombre de Krzysztof Penderecki saltó de un momento a otro a la fama internacional por la composición de una de las partituras más conmovedoras y dramáticas del siglo XX, el Treno por las víctimas de Hiroshima, que en su momento le valió el Premio Unesco.

Si el Treno de Hiroshima puso su nombre en la palestra, seis años más tarde vino la obra que le consagró, La Pasión según San Lucas, de la que se ha dicho que, en este género, es la obra religiosa más importante desde las Pasiones de Bach de la primera mitad del siglo XVIII. ¡Casi nada!

Dos años después de la Pasión se probó en la ópera con Los demonios de Ludon, sobre la novela de Aldous Huxley, que se estrenó en la Ópera de Hamburgo en 1968, obra en la que, se dice, Penderecki logró "descender a las profundidades más abyectas de la crueldad humana", y ha sido presentada regularmente en las más prestigiosas casas de ópera del mundo, incluidas París y Milán.

Desde entonces el nombre de este compositor, nacido en Polonia en 1933, no ha dejado de estar en el centro de los altares y en el ojo del huracán. Por una parte, es un músico venerado por el público, y un hombre respetado por sus convicciones más íntimas.

Su música ha explotado el timbre y el color del sonido a extremos inimaginables en el pasado, pues ha puesto en práctica las más inusuales destrezas de la técnica de la interpretación instrumental, como tocar los instrumentos de cuerdas co'legno (con la parte de madera del arco) o sull ponticello (sobre el puente), hasta hacer que los coros canten, declamen y griten, con el objeto de conseguir efectos dramáticos conmovedores y profundamente inquietantes.

Claro, estas prácticas le valieron en el pasado los epítetos de superficial y efectista. Hoy día nadie pone en duda la categoría del legado de este compositor comprometido hasta la médula con sus convicciones políticas y religiosas: lo suficientemente audaz como para no ignorar las tendencias musicales de la vanguardia, pero también lo suficientemente inteligente y cauteloso como para no matricularse en ninguna escuela y mejor intentar entroncar su música con la tradición.

Penderecki ha estado íntimamente ligado con los destinos de su país (fue un prominente miembro del Sindicato Solidaridad), pero no ha cerrado las puertas a todas las posibilidades de internacionalizar su música, lo cual le ha valido incluso las críticas de colegas suyos, como el italiano Luigi Nono.

Se presenta esta semana en Bogotá, como director de la Orquesta de Cámara del Festival de Vilna el viernes 30 y el sábado 31 de mayo. Los programas, naturalmente, incluyen obras suyas. En la primera noche se oirá la Chacona, escrita en honor a su compatriota el papa Juan Pablo II en 2005; en la segunda la Sinfonietta per archi (pequeña sinfonía para instrumentos de cuerda) de 1992.

Además, dirigirá algunas de las piezas más queridas del repertorio para orquesta de cuerdas: el Divertimento KV 137, de Mozart; el Souvenir de Florencia, de Tchaikowski; la Sinfonía de cámara, de Shostakovich, y la Serenata de Dvorak. Pero no hay duda que, pese a la popularidad de estas obras, el fuerte de estos dos conciertos, históricos en nuestro medio, será ver a Penderecki dirigir su propia música.

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