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| 9/17/2001 12:00:00 AM

Un cuento de Navidad

Paul Auster reflexiona sobre la mentira, el robo y las cosas que podemos dar.

Paul Auster
Smoke & Blue in the face
Anagrama, 2000
306 paginas

En noviembre de 1990 Mike Levitas, del periódico The New York Times, llamó a Paul Auster a pedirle un cuento para la edición especial de Navidad. “Deme unos días”, fue la respuesta de Auster. Se trataba de una propuesta interesante pero bastante difícil porque hasta ese momento sólo había escrito novelas, ensayos y poemas; nunca cuentos. Sin hablar de lo desafortunado que resulta escribir por encargo y de esas obras maestras que son los cuentos de Navidad de Dickens, O. Henry y Truman Capote. Además... ¡La Navidad! ¿Cómo escribir acerca de la Navidad sin caer en el sentimentalismo? “Sí se me ocurre algo, se lo comunicaré”.

Cuando estaba a punto de tirar la toalla aparecieron en su mente los Schimmelpennincks, sus puros preferidos. Y con ellos la imagen del hombre que se los vendía en Brooklyn y los pensamientos acerca de los encuentros que uno tiene en una gran ciudad con personas a las que ve todos los días pero no conoce realmente. Había nacido el personaje de Auggie Wren y una hermosísima historia con el tema de la Navidad.

Auggie Wren trabaja en el mostrador de una tabaquería en la calle Court, en Brooklyn. Y es conocido del narrador del cuento, un escritor. Una relación corriente y mercenaria hasta el día en que Auggie ve por azar una reseña de un libro de “su amigo”, el escritor. (Sabe que se trata de él porque la reseña iba acompañada de una foto). A partir de ahí, todo cambiará entre ellos.

Y es que Auggie tiene pretensiones artísticas. Todas las mañanas durante los últimos 12 años se había detenido en la esquina de la avenida Atlantic y la calle Clinton “exactamente” a las 7 y había hecho la misma foto a color de “exactamente” la misma vista. El proyecto ascendía ya a 4.000 fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el primero de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas abajo. Era la obra de su vida.

Al principio el escritor se aburre y no logra descifrar nada de aquel monumento a la repetición. Pero poco a poco empieza a entender la magnitud del proyecto de Auggie. Había cambios a medida que avanzaban las estaciones, variaba la luz, el tráfico; aparecían sutiles diferencias. El ritmo de los días no era igual: la actividad de las mañanas laborables, la relativa actividad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos. Poco a poco empieza a reconocer las caras de la gente, los transeúntes camino de su trabajo, “las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie”. Se da cuenta que Auggie había fotografiado el tiempo, “el tiempo natural y humano”. Y lo había conseguido colocándose en una modesta esquina, habitándola, haciendo suyo un lugar en el mundo.

No obstante que lo relatado hasta aquí es ya un buen cuento, falta lo mejor. La historia de cómo consiguió su cámara: el cuento de Navidad que Auggie Wren le va a regalar al escritor —y de paso a los lectores— y que, por supuesto, no voy a contar. Puede que no sea un cuento típico de Navidad pero es, con certeza, una reflexión valiosa sobre la mentira, el robo y las cosas que podemos dar.

Hay algo más. Un día el director de cine Wayne Wang lee en The New York Times el cuento de Paul Auster y se emociona tanto que no descansa hasta convertirlo en una película: Smoke. Y el entusiasmo le daría para otra, Blue in the face, basada también en aquellos personajes y en la tabaquería de la calle Court. Los guiones de estas dos películas, escritos por Auster, y el cuento, conforman este libro. A quien tenga la oportunidad, recomiendo ver las películas de Wang, con Harvey Keitel en el papel de Auggie Wren. Son otro gran regalo de Navidad.
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