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| 8/30/1982 12:00:00 AM

UN DUNKERQUE AUSTRALIANO

Un holocausto ocurrido en 1915 permite a Australia producir un nuevo impacto cinematográfico.

En 1915, durante la I Guerra Mundial, ocurrió la batalla de Gallipoli en un lugar cercano a Estambul. En ella, los soldados australianos, aliados de los británicos, lucharon contra los turcos, quienes a su vez eran aliados de los alemanes.
Para Australia la batalla fue un desastre. Sus reclutas, atrincherados en los Dardanelos, fueron sacrificados, mientras las tropas británicas se mantenían en lugar seguro al margen del acontecimiento. Este hecho entró a formar parte de la mitología heróica australiana, de la misma manera que Dunkerque para los ingleses y El Alamo para los norteamericanos.
Basado en este acontecimiento, Peter Weir dirigió "Gallipoli", película hecha con un presupuesto que no alcanzaba los tres millones de dólares, una cantidad muy por debajo de lo que Hollywood paga a sus estrellas por una sola actuación. El cine australiano ha ido avanzando muy lentamente en la conquista del mercado norteamericano. Con esta película se ha anotado un nuevo punto a su favor, lo cual ha inquietado a más de un productor americano, quienes no pueden hacer una buena película por menos de 30 millones de dólares.
El filme narra la vida de dos amigos, Archie y Frank (Mark Lee y Mel Gibson). El primero es un campesino ilusionado con historias de patriotismo y valerosas hazañas, el otro, un cínico citadino, sin amor hacia el Imperio y un fuerte instinto de conservación. Ambos tienen una cosa en común: son excelentes velocistas. Se conocen en una carrera de los cien metros planos realizada en el oeste australiano. En ese momento, una comisión de reclutamiento anda a la búsqueda de hombres para ir a luchar en Turquía. Los dos amigos se enrolan, pues ven en ello una oportunidad de viajar. En pocos días se encuentran subiendo las pirámides y caminando a través de la arena del lejano Egipto. Todavía los horrores de la batalla están lejanos.
Repentinamente, el batallón al cual pertenecen, recibe la orden de trasladarse a una playa de Turquía. El desembarco se realiza bajo el fuego de los cañones enemigos que se hallan fuertemente atrincherados. A pesar de comprobarse que la toma de la playa es imposible, el alto mando británico mantiene la orden de ataque, lo cual lleva al aniquilamiento total del batallón australiano bajo las balas turcas.
A lo largo de la película, Weir juega sutilmente con un tema arraigado en el corazón de los australianos: la búsqueda de una identidad, como país joven, para definir sus diferencias ante la colonización y costumbres inglesas. Todo lo resume en una escena en la que un grupo de reclutas australianos en Egipto emprenden el camino a Gallipoli y, en el transcurso, se encuentran con un par de arrogantes jinetes británicos, en las calles de El Cairo.
Los soldados se montan en unos burros e imitan a los ofendidos ingleses, mientras cantan una melodía patriótica que dice: "si Inglaterra necesita una mano, ¡bueno, aquí está!".
En Inglaterra la película ha causado polémica por su tono antibritánico. La escena en que las tropas inglesas desembarcan tranquilamente y se detienen a tomar té, mientras los australianos son acribillados en las trincheras, es una fuerte crítica contra el colonialismo. Sin embargo, Weir niega que su película sea solamente antibritánica. "Frank y Archie representan a los jóvenes que han perdido la vida inútilmente. Mi película es antibélica, no obstante que algunos parlamentarios ingleses afirmen que tan sólo es antibritánica".
En realidad, para este director australiano, el problema político no es su preocupación principal. Más bien, sus películas poseen un aliento místico. De este no escapa "Gallipoli", aunque en sus dos películas anteriores, "Pinic at Hanging Rock" y "La Ultima Ola", donde su amor por su vasto, hermoso y, en gran parte, inhóspito país es el tema principal, ese estado de contemplación estática y éxtasis propio del espíritu místico, es mucho más acentuado. En "Gallipoli", la escena de Archie con los pies sangrantes por voluntad propia y la de su decisión de salir al encuentro con la muerte, se mueven en esta misma línea.
Peter Weir ha hecho una película importante para una cinematografía joven, como lo es la australiana, que lucha por abrirse campo dentro del competido mercado internacional.
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