Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2010/10/23 00:00

Un espejo muy incómodo

La semana pasada se inauguró en Berlín una monumental exposición sobre la figura de Adolf Hitler y su relación con el pueblo alemán. La polémica no se ha hecho esperar. Por Hernán Caro desde Berlín.

"Es una exposición cobarde, que teme a su propio tema". (Frankfurter Rundschau)

Hitler es, por extraño que suene, el más famoso personaje alemán de la historia. Sesenta y cinco años después de su muerte es aún una figura enigmática y fascinante (y también lo que los gurús del marketing llaman una cashcow, o una especie de gallina de los huevos de oro). En Alemania, además, jamás ha dejado de ser una obsesión colectiva.

Hace pocos días, el Museo Histórico Alemán en Berlín abrió la exposición Hitler y los alemanes (hasta el 6 de febrero de 2011), una muestra gigantesca, la primera de esta temática y esta magnitud realizada en Alemania, de cientos de objetos, registros fotográficos, documentos históricos y publicitarios referentes al célebre 'culto a la personalidad' del Führer. Con ello, el reputado museo desea dar fe, y acercarse de algún modo a la explicación, de la manía que fue Adolfo Hitler.

Al inicio del recorrido se recuerda que nada hubo en los mediocres primeros 30 años de Hitler que pudiese haber predicho la radiante carrera política de los años posteriores. En muy poco tiempo, a partir de inicios de la década de 1920, el Partido Nacionalsocialista pasó de engendro extremista relegado a ser la primera (y pronto, la única) fuerza política en Alemania. En este periodo, Hitler logró hacerse a un apoyo popular formidable, así como al vigoroso soporte de las élites económicas e intelectuales, lo cual culminó con su ascenso al poder en 1933.

Un marginado, un gris seudoartista de las profundidades de la provincia austriaca, se había convertido en el líder absoluto del nuevo Imperio alemán y, a más tardar con el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939, en el hombre más importante de Europa. De mendigo a millonario, digamos, pero en versión espeluznante.

No es posible comprender ese ascenso ejemplar, aclaran los curadores, a partir de las características personales de Hitler. Más importantes fueron las condiciones políticas y sociales y, por supuesto, el estado anímico y mental de los alemanes antes del advenimiento del régimen nazi.

Vemos así expuestas, junto con las informaciones tradicionales sobre la desesperada situación de la fracasada República de Weimar (1919-1933), las reliquias omnipresentes de una verdadera religión política: postales con el rostro de Hitler, publicidad soldadesca de cigarrillos, literatura nazi, películas, discos de vinilo con himnos a la raza aria, bustos de bronce, bustos de terracota, revistas ilustradas, álbumes de fotos coleccionables, soldados de plomo, juegos de mesa, y cientos de flamantes y fríamente calculadas fotografías de la camarilla nazi. Una en especial llama la atención por su elocuencia: muestra al futuro Führer, en pose sugerente y altanera, sobre él la mirada furtiva de una mujer absorbida…

Todo ello estaba destinado a presentar a Hitler como el único posible redentor del pueblo alemán frente a la hecatombe que produciría el enemigo, en gran parte construido y magnificado (suele suceder con todas las hecatombes políticas), del judeocomunismo internacional. Por eso no sorprende que la muestra reúna también decenas de declaraciones de amor por Hitler: tarjetas hechas por niños en uniformes nazis, cursis canciones populares, tapices gigantescos tejidos por comunidades evangélicas, poemas deplorables, cartas perfumadas con juramentos de profunda e imperecedera lealtad.

Se ha dicho mil veces que el secreto del éxito de la propaganda nazi fue haber sabido concentrar toda la atención mediática sobre Hitler. Y quien haya visto dos o tres documentales sobre el Tercer Reich sabe bien que los alemanes se desayunaban, almorzaban, comían y soñaban con él.

No obstante, ver reunidos aquellos instrumentos de adoración, hacerse una vez más consciente de la fascinación que el bestiario nazi provocó y aún provoca (46 portadas del semanario Spiegel con el rostro de Hitler en los últimos 30 años son prueba de ello) es francamente turbador. Por la sensación chocante y siniestra, y además incomprensible, que produce esa fascinación, ya es muy valiosa la exposición del Museo Histórico.

Tratándose de un tema tan sensible en Alemania, la reacción de la opinión pública ha sido, como era de esperarse, hipersensible.

En años pasados, los experimentos de llevar a Hitler a la luz pública han sido una y otra vez tema de polémica. En 1994, una exposición en Múnich sobre la obra del fotógrafo personal de Hitler no fue exhibida en la capital por temor a atraer a los radicales de derecha. La película La caída (2005), que relata los últimos días del Imperio nazi, causó una vehemente controversia: ¿es permisible o recomendable mostrar la cara humana del monstruo? Y más recientemente, el anuncio en 2008 de que el Museo de Cera Madame Tussauds expondría en Berlín una reproducción de Hitler (junto a Angela Merkel y Elvis Presley) se discutió durante semanas. Después de que un visitante exaltado le arrancó la cabeza, la figura volvió a ser expuesta tras un vidrio de seguridad.

No sorprende, pues, que los periódicos hayan reseñado la actual exposición -que hasta ahora ha sido un éxito comercial enorme- con una severidad que no dedicarían a otras. Leemos que la muestra "abre más preguntas de las que responde"- (Hamburger Abendblatt). Que "es una exposición cobarde, que teme a su propio tema" (Frankfurter Rundschau). ¿Pero cómo no temerle, si de algún modo nos revela la perversión, sumisión y la imbecilidad de que somos capaces? ¿Y cómo no dejar preguntas abiertas? Y ante todo una: ¿cómo me habría comportado yo entonces?

Sin embargo, hay algo en lo que todos los críticos están de acuerdo: se trata de una exhibición oportuna y relevante en el proceso de la normal integración de la figura de Hitler en la conciencia alemana. Como escribe otro diario, "un paso más hacia la actualización de la imagen que tenemos de Hitler" (Frankfurter Allgemeine).

Cómo se pudo convertir Hitler en el Führer de los alemanes, se pregunta la exposición. En muy buena medida, aporta la respuesta. Los alemanes, antes de ser bombardeados y convertidos en añicos por los Aliados, habían sido bombardeados durante años, por todos los flancos, por el imaginario hitleriano. Después de ver la muestra, se siente que lo extraño habría sido que Hitler no hubiera llegado al poder. (Y también surge la pregunta: ¿pero qué nación habría podido soportar una genialidad propagandística como la que exhibieron los nazis? ¿Y cuál no ha tenido, en un momento u otro, a una pandilla de criminales a cargo?).

Ahora bien, que se responda la perpetua cuestión de cómo fue posible que un asesino contara con la ayuda de millones para llevar a cabo la matanza más sistemática de la historia, cómo fueron posibles los campos de exterminio, cómo fue posible unificar al pueblo alemán bajo la idea degenerada de suprimir de la faz de la tierra a otro(s) es improbable.

Esa pregunta, quizá, jamás se la podrán responder los alemanes. Pues parece ir más allá del terreno de la propaganda y la sugestión masiva, y adentrarse en el antiguo campo brumoso y escurridizo de la pregunta filosófica por los orígenes del mal.

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