Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1989/12/18 00:00

Un feliz año... viejo

"El año que viene vuelvo" recoge la tradición de los muñecos de año viejo.

Un feliz año... viejo

El 31 de diciembre se les puede ver a lo largo de pueblos y veredas, en plazas y calles, en las rutas y caminos del país. Asombrados unos, sonrientes o cariacontecidos otros, tiesos o desgonzados, bien puestos o desaliñados, por todas partes ellos esperan el momento crucial de las 12 de la noche. Ya hacen parte de un rito antiguo que es un rito de renovación: la despedida del año que termina.
Estos fantoches o muñecos hechos de paja y trapo, y vestidos para la ocasión, simbolizan todo lo que con ellos concluirá: un año con sus desvelos y dificultades, con sus esperanzas fallidas o cumplidas, un periplo en torno a nosotros mismos. Eso que ha concluído, que está por terminar a las 12 de la noche y que se llama año viejo es también todo un repertorio de nostalgias. Por eso cuando se entierra el año viejo aguardiente en mano, la ronda estalla de pronto en un estruendo de llantos fingidos, ante el impasible muñeco de paja, testimonio de lo que ya pasó y debe ser de una vez concluído. Pero también, testigo del festejo, el pelele parece saberlo todo en su reservada quietud. Mira, entre curioso e indiferente, el transcurso de la fiesta. Sabe que a las 12:00 será elevado por encima de los concurrentes, a los que mira como si conociera los secretos de su corazón.
En Colombia cada región expresa de una manera particular, en la fiesta, la despedida del año viejo. Pero en todas está el muñeco de trapo. Unos lo llaman de una manera, otros de otra; todos, al cabo, representan lo mismo y tienen un idéntico destino.
La pólvora y los triquitraques que el muñeco lleva en sus entrañas sonarán a hora señalada, en medio del alborozo de la gente cuando sea entregado al fuego. Entonces todos se precipitan entre llantos, alegrías y alborotos a la despedida del año y al regocijo del recibimiento del que llega. El libro que acaba de publicar Villegas Editores recoge en sus páginas esta experiencia. Es un libro documental en la medida que da a conocer las numerosas variantes del muñeco de año viejo y es también un pequeño cuento en las páginas escritas por el brioso autor antioqueño Manuel Mejía Vallejo. El fotógrafo y artista Carlos Lersundy, recorriendo el país a sus anchas, fijó en sus fotografías esta valiosa antología de estos muñecos. El libro "El año que viene vuelvo" recoge un conjunto de imágenes, un tanto sorprendentes, ya que tratándose del mismo prototipo de vivencia, las variaciones a las que se entrega la inventiva del hombre colombiano quedan aquí plasmadas. Cada fantoche denota un estilo y un carácter, un ambiente, un clima y una manera de representar y de representarse. En la segunda sucesión de fotografías hay como un texto implícito con el cual el fotógrafo parece invitar al lector a recorrer el país a través de esta expresión festiva, tan singular como autóctona.
El texto de Manuel Mejia Vallejo recupera ese ánimo celebrativo de fin de año con observaciones, pinceladas y viñetas de la rica y animada vida provinciana del país. Con la fuerza de su escritura y a la vez la gran sensibilidad hacia la expresión popular, Mejía Vallejo traza en breves páginas y en torno a la fiesta del año viejo una pequeña elegía a la celebración propicia, cuajada de esperanza en el salto de un año que anuncia su fin y al comienzo de otro que se saluda con los brazos abiertos.

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