Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2008/11/15 00:00

Un filósofo sin filosofía

Una notable edición y traducción de los imprescindibles 'Aforismos' de Lichtenberg

Un filósofo sin filosofía

Georg Lichtenberg

Aforismos

Edhasa, 2008

446 páginas

Cuando murió Georg Christoph Lichtenberg en 1799 no pasaba de ser un profesor de física de la Universidad de Gotinga, autor de unos escritos satíricos y redactor de un modesto Almanaque de bolsillo para un público de provincia. Sin embargo, su hermano encontraría en unos cajones varios cuadernos con anotaciones sobre temas diversos: impresiones de lecturas, anécdotas, breves diálogos, perfiles, fragmentos de proyectos autobiográficos y literarios nunca realizados; citas, pensamientos, comentarios ácidos, juegos verbales. Es decir, una verdadera miscelánea que a su juicio no valía la pena publicar. Por fortuna, el casero de Georg Christoph Lichtenberg, quien además era editor, pensó lo contrario y pudimos conocer estos textos sobre los cuales Federico Nietzshe dijo que no vacilaría en proponer como uno de los pocos libros de la literatura en lengua alemana que merecen ser leídos una y otra vez.

El primer editor crítico a comienzos del siglo pasado llamó a estos textos Aforismos, título con el cual hoy los conocemos en diversas lenguas. Aunque resulte cómodo y prestigioso, es un título falso y, además, desorientador. Así lo considera Juan del Solar, su traductor al español en la edición que nos ocupa: "Pues nada más lejos de los cuadernos lichtenbergianos que un libro de aforismos, sentencias o máximas tal como la concibieron las tradiciones clásico-renacentista o francesa, que iba dirigido ya, al menos en ciertos casos, a un público concreto". ¿Cómo llamar entonces a estos "cuadernos borradores"? Juan del Solar propone una definición dada al azar por el propio Lichtenberg: "Toda una Vía Láctea de ocurrencias". ¿Ocurrencias de Lichtenberg? Mucho mejor. Mejor que aforismos, sentencias o máximas: él no se ve a sí mismo como un pensador que está allá arriba dándole sabios consejos a una humanidad confusa. Él está abajo, con nosotros, en la vida cotidiana, vulgar, observando perplejo y curioso un mundo caótico y fascinante.

Un hombre imprescindible para una antología del humor negro, dijo sobre Lichtenberg el surrealista André Breton. Y tiene razón: "Como es sabido, Voltaire fue bautizado dos veces, pero la operación dio escasos frutos. Quizás hubiera sido mejor para él y para el mundo que, en vez de regar dos veces la plantita, la hubieran podado dos veces". Un verdadero filósofo, dijo Shopenhauer, porque pensaba por y para sí mismo: "Los filósofos (los llamados 'reyes del mundo'), no son en realidad más que los lustrabotas de la posteridad". O mejor, filósofo sin teorías, sin sistemas, fragmentario, filósofo de lo pequeño y de lo cercano. Por eso, más que en los doctos, confiaba en el juicio de los barberos, las empleadas domésticas y las floristas. De hecho, una florista fue el amor de su vida. "Permanece atento, no sientas nada en vano, mide y compara: tal es toda la ley de la filosofía".

Guillermo Cabrera Infante, uno de sus fervientes admiradores, decía que Lichtenberg fue la luz última que pidió Goethe en su lecho de muerte. Y también en el ámbito español, Juan Villoro, otros de sus traductores, lo veía como un necesario pensador de andén ahora que los filósofos usan corbata y piensan con horario oficial de 8 a 12 y de 2 a 6. "Mientras Kant escribía 'La crítica de la razón pura', los labriegos de mejillas enrojecidas por el frío y la cerveza hablaban de elfos y duendes con infinitos errores gramaticales; también hablaban de mierda y castigos feudales. De esta mezcla, de la precisa escatología, surgió el alemán moderno, portento de razón e insulto. En este período formativo en el que el alemán escrito se apartaba por completo del hablado, Lichtenberg concibió un estilo 'intermedio' tan digno de las aulas como de las tabernas…". Un hombre de intereses simultáneos que cuando compró un telescopio quiso al mismo tiempo apuntarlo al firmamento y a la hermosa mesera que se desnudaba a la luz de una vela.

Hay un Lichtenberg para cada cual. Pero hay otro, irreductible, que nos ayuda a soportar la difícil libertad del pensamiento y la soledad de la intemperie.
 

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