Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1986/02/10 00:00

UN FRANCES DE BOGOTA

Una exposición en París permite volver a descubrir que Andrés de Santa María era un gran pintor

UN FRANCES DE BOGOTA

El Marmottan de París era un museo en el que no entraba nadie: exponían muebles y cachivaches del siglo XIX, polveras de Eugenia de Montijo, camafeos con la efigie del presidente MacMahon, cosas así. Hace cuatro o cinco años, sin embargo, el hijo de Claude Monet legó al oscuro museo un don inestimable: toda la colección personal de su padre, con cuadros suyos y de sus amigos. Y el Marmottan se convirtió de la noche a la mañana, con el Jeu de Paume de L'Orangerie, en uno de los polos de la pintura impresionista, desde donde alumbraba (hasta que fue robado espectacularmente hace unos meses) el famoso cuadro de Monet, "Impresión" por el cual la escuela recibió el nombre con que iba a pasar a la historia del arte. Así, no es poslble imaginar hoy mejor marco que el museo Marmottan para la exposición antológica de un pintor borracho de impresionismo, como la que se celebra desde el 20 de noviembre del año pasado y hasta el 19 de enero.
Lo curioso del caso es que el pintor en cuestión es colombiano: Andrés de Santa Maria. Pero es adecuado que sea en Paris, la ciudad en que nació su pintura, donde se haga la primera exposición verdaderamente antológica de su obra (que vendrá luego al Museo Nacional de Bogotá, pues se trata de una empresa conjunta en la que participa el gobierno colombiano).
La primera verdadera, ya que sólo dos, muy incompletas ambas, se habían hecho hasta ahora-sin contar los pocos cuadros expuestos en Bogotá hace unos meses en inexplicable concubinato con Figari y Reveron-:una en 1948, en el Museo Nacional, otra en 1971, en el de Arte Moderno La del Museo Nacional corrió con la mala suerte de que su inauguración coincidió con el nueve de abril, cuando los bogotanos tenían otras cosas en qué pensar. Y la del Museo de Arte Moderno estaba reducida a la obra de Santa Maria, accesible en las colecciones privadas de Bogotá. Faltaba en ella la representación de los últimos 35 años de la vida del pintor, que en 1911 regresó a vivir para siempre en Europa en vista de lo mal que habían sido recibidas en su patria tanto su pintura como su tarea didáctica de director de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá.
En la Bogotá de principios de este siglo, provinciana y pacata, imperaba el buen gusto relamido y respetuoso del mediocre maestro, Coriolano Leudo. Lo que hacia Andrés de Santa Maria era una provocación. De sus años en Europa -Bruselas, donde empesó a pintar en el taller de Ensor, y sobre todo Paris, donde vivió los años de combate del impresionismo los agitados Salones de fines de siglo en donde se batían a brazo partido contra la Academia Manet y Renoir, Cézanne y Monet-traía Santa María una nueva estética de libertad: la luz de los impresionistas, el color de Gauguin y de Van Gogh. Era escandaloso. Tolerado por razones sociales -pertenecía por nacimiento a la mejor sociedad bogotana-, por razones artísticas Santa Maria agobiaba: "¿En dónde esconderemos los mamarrachos de tio Andrés?".
Por eso hay dos lecturas, ambas apasionantes, de Andrés de Santa Maria. La una es sociológica: pintor francés de Bogotá, en una época en que la alta burguesía bogotana vivía soñando con París con el fervor con que los exiliados sueñan. Y se les nota: basta ver esos retratos de damas y de niños bogotanos de 1904. Al mismo tiempo, pintor, como en el bolero, "nacido en mi tierra con el pincel extranjero": esos paisajes tropicales o andinos, la playa de Macuto o el altiplano cundiboyacense con segadoras de corrosca y pañolón pintados a la manera de Pissarro o de Sisley. Y entre unos y otros, algún sueño de exiliado: una jovencita en la playa con perro y sombrero canotier bajo un cielo ventoso de Mar del Norte de un Ostende del recodo del siglo. Pero ese afrancesado Santa María no podía gustar en la afrancesada sociedad bogotana, pintara lo que pintara, por una sola razón: que no era de verdad francés .
Por eso huyó de nuevo, para morir en Bélgica en 1945 y eso fue sin duda beneficioso para la segunda lectura que tiene su obra: la pictórica propiamente dicha. Si hasta entonces había sido un epígono talentoso, pero un epígono del impresionismo; su regreso a Europa amplió inmensamente su visión. Descubrió el color vertiginoso de los fauves (incluso llegó a hacer exposiciones conjuntas con varios de ellos: Marquet, Bonnard Matisse), se transfiguró con el expresionismo de Rouault, y desembocó en un pintor puro, y posiblemente en un gran pintor. Basta con ver, entre el medio centenar de cuadros de la exposición sagazmente escogidos por Ana Vejarano de Uribe, esas frutas que antes de ser frutas son pintura, como quería Cézanne que fueran todas las frutas; esos retratos que son simples pretextos para el juego de la maleria y del color; la sencillez abrumadora de esa pequeña "Ola" de 1921. Todo eso-en colores violentos, en una materia densa, tratada con los dedos o la espátula con el impudor sensual con que un alfarero trata la greda-tiene una de las más altas virtudes que puede tener la pintura: la de no pretender ser otra cosa que pintura. Y es posible que si Santa María hubiera triunfado en Bogotá, no hubiera llegado a eso: se habría convertido en un maestro como Coriolano Leudo. --
Antonio Caballero ---

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