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| 10/2/2000 12:00:00 AM

Un gran editorial

La colección particular de Hernando Santos se exhibe en la Casa de Moneda.

El título de muestra de la colección de Hernando Santos en la Casa de Moneda debería tener un subtítulo: ‘Su último editorial’. Porque toda colección propone un discurso. Un gusto. Hay coleccionistas de arte contemporáneo que llenan sus casas con instalaciones y fotografías. Hay coleccionistas de pop art y de ingleses del siglo XIX. Hay coleccionistas como Tom Pachett que, desde su punto de vista, también son artistas por coleccionar lo que coleccionan. Hay coleccionistas de coleccionistas y Hernando Santos, por su trabajo, tenía que ser un coleccionista de opinión.

El ex director de El Tiempo opinaba de política y de toros, tuvo la buena —o la mala idea, ya no se pudo saber porque no hizo caso— de pedirle a ex presidente Ernesto Samper que renunciara. Opinó y opinó toda su vida, y lo hizo desde el editorial del periódico más importante de Colombia. En materia de arte —y eso es lo que está a la vista en la Casa de Moneda— también opinó. Y su opinión, después de todo, y ahora que sale a la luz pública, todavía puede dividir bandos. Puede chocar. Puede golpear. Puede generar más comentarios y más editoriales. La primera parte de la muestra es el mismo Hernando Santos. Fotos suyas con ex presidentes, con toreros, con periodistas, con columnistas, con su familia y con García Márquez. Es como si el curador de la muestra, pese a que ya todo el mundo sabe quién era Hernando Santos, quisiera resaltar la importancia del personaje y, de paso, claro, ni más faltaba, la importancia de su opinión. Hernando Santos va a opinar de arte. Hay que escucharlo.

La muestra se divide en tres módulos básicos (así haya más salas): arte colonial, arte colombiano de finales del siglo XIX y principios del XX y arte moderno. Y en la colección de arte colonial hay unas piezas verdaderamente impresionantes. Impresionantes porque los artistas y artesanos de la época se concentraban en los temas religiosos y en recalcar los tormentos del infierno —hay varios cuadros de condenados en llamas— y lo culpables que se debían sentir los cristianos por haber dejado crucificar a su salvador. Por eso es impresionante el Cristo tallado que está casi al comienzo de la muestra. El artista, no contento con representar la imagen del crucificado, se esfuerza por llenarle el cuerpo de más moretones con su pincel. La iluminación, casi en penumbra, aumenta el sentido dramático y el resultado es salvaje. Pero con todo, la opinión de Hernando Santos todavía no es contundente. Es sólo una introducción. Una introducción que, de todas formas, hace que el ‘lector’ sienta que está frente a alguien que conoce su oficio, y en este caso el oficio de Hernando Santos es coleccionar y opinar. En el guión de su exposición el arte de principios del siglo XIX es un breve descanso con paisajes y retratos. Y la llegada del arte moderno —con un paso bastante agradable por las caricaturas de Rendón— es el punto más alto de su editorial. Aquí vienen las opiniones definitivas de un hombre de su época.

Hernando Santos coleccionó, y protegió, a los artistas que estaban más cercanos a su generación y a su forma de ver la historia, al país y al arte. Por eso están, en las posiciones de honor, Alejandro Obregón, Fernando Botero, Feliza Bursztyn, Bernardo Salcedo y Norman Mejía. El hecho de la no presencia de ningún artista menor de 50 años —incluso de 60— dice mucho. Pero la ausencia de otros artistas de esa generación, dice todavía más.

Un coleccionista puede conectarse sólo con una época. Dicen que Hernando Santos iba a las galerías y estaba enterado de lo que pasaba, pero no compraba, no le interesaba. Igual, como director de El Tiempo, debía recibir varios regalos que, en palabras de Bernardo Salcedo, simplemente se iban al cuarto de San Alejo —debajo de las escaleras— o se convertían en regalos para los empleados, para los amigos, para los que fueran, pero no para las paredes de su casa. Y con esa actitud lo que queda al descubierto es un coleccionista con un criterio definido. Un coleccionista que no tiene nada que ver con los coleccionistas que llenan sus paredes como un álbum del mundial de fútbol y se esfuerzan por tener ‘a todo el mundo’: tiene a Feliza Burzstyn —¡y qué bueno ver más de una obra suya!— pero no tiene a otros artistas abstractos como Rayo o Negret, que cargan con el mismo peso histórico en el arte colombiano pero que, al parecer, no lo llenaban. Sin embargo, justo ahora, el mayor golpe de opinión es la aparición en público, una vez más, de La violencia, de Alejandro Obregón, uno de los cuadros más importantes en nuestra historia y la pieza más representativa de la colección. El cuadro se ve como un jalón de orejas a todos los involucrados en el proceso de paz. Sí. Hernando Santos, después de muerto, sigue más vivo que nunca con sus editoriales.
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