Domingo, 22 de enero de 2017

| 2000/09/04 00:00

Un llamado a resistir

En cinco conmovedoras cartas Sabato hace un llamado a cambiar de rumbo.

Un llamado a resistir

Ernesto Sabato, a sus 89 años, aún lúcido y lleno de esperanza, ha escrito varias cartas que por ningún motivo debemos dejar de leer. No ocupa más de tres horas hacerlo, pero su efecto puede llegar a ser perdurable. Puede cambiar nuestras vidas, puede empezar a cambiar el mundo.

Con la claridad de un viejo sabio, con la persuasiva fuerza moral de su trayectoria, Sabato nos invita a hacer un alto en el camino, a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera, si volvemos de nuevo a la dimensión humana, hoy casi perdida. Como alguien que sale a la calle a pedir ayuda ante la amenaza de un incendio, como un barco que, a punto de desaparecer, hace una última y ferviente seña a un puerto que sabe cercano pero ensordecido por el ruido de la ciudad y por una cantidad de letreros que enturbian la mirada: eso quisiera ser él para nosotros en este libro.

En la primera carta, Lo pequeño y lo grande, se refiere a la forma abstracta en que nos estamos relacionando con las cosas y los seres. Hemos perdido la capacidad de ver lo cotidiano: una calle con jacarandáes, los ojos candorosos en la cara de una mujer vieja, la nubes de un atardecer. Preferimos ver los paisajes en las películas que en la realidad. Estamos ‘tantalizados’ —un efecto entre mágico y maléfico— con la televisión. El exceso y la intensidad de su luz roba la energía, anestesia la sensibilidad, hace lerda la mente. Nos quita las ganas de trabajar en alguna artesanía, leer un libro, arreglar algo de la casa mientras se escucha música. Creemos estar conectados con el mundo y en realidad lo que estamos es perdiendo posibilidad de convivencia: las palabras de la mesa, el diálogo, incluso las discusiones, las peleas. “No vemos lo que no tiene la iluminación de la pantalla, ni oímos lo que no llega a nosotros cargado de decibeles”.

La invasión sensorial —en especial el ruido—, las pocas horas libres y ociosas que nos permitimos fuera del trabajo, la falta de disposición para un encuentro verdadero con otro ser humano, son algunas de las situaciones corrientes en las cuales Sabato observa una enorme degradación y nos alienta a cambiar: “No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y aquí”. La vejez, es cierto, le ha dado aquella percepción de lo simple y lo cercano. Sin embargo, cree firmemente que la crisis general de la sociedad también está permitiendo resurgir con todo su vigor estas sencillas pero humanas verdades.

En la otras cartas nos habla de la tradición, los valores comunitarios, el bien y el mal. Debemos volver a optar por los valores espirituales: dignidad, desinterés, estoicismo frente a la adversidad, honestidad, honor. Si no hay valores trascendentes, si todo es relativo, no hay justificación para el sacrificio. Y sin sacrificio no se puede vivir: los hijos son un sacrificio para los padres, el cuidado de los mayores o de los enfermos, la renuncia a lo individual por el bien común. “¿Puede haber sacrificio cuando la vida ha perdido el sentido para el hombre, o sólo lo halla en la comodidad individual, en la realización del éxito personal?”.

La última es un llamado a resistir. A abandonar la desvalorización de nosotros mismos e involucrarnos en el dolor ajeno. El hombre posmoderno se encuentra amarrado a las comodidades que le procura la técnica y es incapaz de hundirse en experiencias profundas como el amor o la solidaridad: “Pero el ser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro hombre, por su prójimo o su vecino”.

Es posible que no haya nada novedoso en el discurso de Sabato. Que sea anacrónico, ingenuo, utópico. No obstante, hay algo extraordinario y convincente en la forma en que lo dice. Quizá porque sentimos que es su testamento, las palabras de un hombre al borde de la muerte. Y que no está mintiendo.

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