Martes, 24 de enero de 2017

| 2004/02/15 00:00

Un meteorito

Su sonido sugiere un encuentro entre Lucho Bermúdez e Irakere. La Mojarra Eléctrica puede cambiar el paisaje de la música colombiana.

Un meteorito

Hace unos años cayó un meteorito en pleno centro de Bogotá. Era un grupo que se hacía llamar Pescao Frito y que tocaba en una esquina de la calle 19 con séptima. Como todo meteorito, llegó haciendo gran estruendo: traía bombo, platillos, redoblante, saxofón y clarinetes. Tocaban El mapalé, La pollera colorá y otros temas muy por el estilo pero de su propia inspiración. Y luego, cuando agotaban el repertorio, se pasaban a impactar a la otra esquina.

Con el tiempo, el grupo se fue especializando, cambió la calle por los bares y adecuó una guitarra eléctrica. Ese paso definitivo quedó plasmado en el nuevo nombre de la banda: de Pescao Frito pasaron a ser Mojarra Eléctrica.

Ahí fue cuando el meteorito terminó de estremecer lo poco de calma y mesura que quedaba en el ambiente de la música colombiana.

El primer álbum de la Mojarra Eléctrica se llama Calle 19. Por supuesto, se trata de un tributo a la calle que les sirvió de primer escenario y de escuela. Se nota que la manera aguerrida de soplar no pudo ser aprendida sino a fuerza de luchar contra el ruido de los motores. En disco, sin el fondo acústico de la calle, esa fuerza impacta aún más y le regala al grupo un sonido propio. El uso de clarinetes remonta a los tiempos de Lucho Bermúdez; la guitarra eléctrica lo emparienta con ciertos proyectos cubanos de los años 70 como el grupo Irakere.

Esta sonoridad no existiría si los porros, las puyas o los currulaos se hubieran quedado en provincia. Calle 19 es tal vez el mejor documento de lo que ha venido sucediéndole a nuestra música tradicional en el último lustro. La grabación está llena de referencias cosmopolitas como el fondo de pitos y alarmas que se oye en Puya entera o el instante en que una marimba es anunciada como "el piano del Pacífico". Jacobo Vélez, clarinetista del grupo, reflexiona sobre la influencia que la ciudad ha ejercido en su música: "Está incluso en nuestro nombre. Porque la mojarra es un plato típico de la costa, pero si tú le agregas eléctrica ya tienes algo urbano".

Sin embargo, el verdadero sello de esta banda es el riesgo. Cuando interpretan el porro Plinio Guzmán, de Lucho Bermúdez, se toman el atrevimiento de introducir la marimba de chonta (un instrumento del Pacífico que el maestro nunca utilizó) y, como si fuera poco, rematan con un solo de guitarra de espíritu roquero. Ha sido inevitable preguntarle a Jacobo qué piensa que hubiera dicho Lucho Bermúdez si hubiera escuchado esa versión. "Lo nuestro es más agresivo que lo del maestro, contesta, pero me gustaría que le hubiera gustado".

Esa respuesta da cuenta de un trabajo serio detrás de todo el impacto meteórico. La Mojarra Eléctrica experimenta, lleva la música colombiana a rincones nuevos, acopla la fuerza del rock y el vuelo del jazz, pero nunca se desprende de la raíz. Y como esta música no sacrifica su razón primaria, que es el baile, puede asegurarse que el impacto va a ser aún más seductor.

Ya enumeramos dos características que tiene todo meteorito: alborota y estremece. Una tercera, quizá la más importante, es que cambia el paisaje donde cae. Nuestra música autóctona está pasando por un momento de ferviente renovación. Cada vez parece haber menos espacio para las fórmulas consabidas, y eso es justamente lo que asegura que una expresión artística no muera. Por eso hay que estar atentos al eco de la Mojarra Eléctrica y esperar que ojalá caigan meteoritos más seguido.

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