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| 1/14/2012 12:00:00 AM

Un pagano lee a San Pablo

En este ensayo el humanista italiano Pietro Citati busca la permanencia de lo sagrado a través de la historia y de varias culturas.

Pietro Citati
La luz de la noche
Acantilado, 2011
473 páginas

Soy un ateo al que le interesa lo sagrado. Lo sagrado antes o más allá de las religiones y de lo cual sigue hablando cierta literatura, cierta poesía. En un mundo que ha desacralizado todo, la pregunta pertinente ya no es por la muerte de dios sino por la muerte de lo sagrado. ¿Ha muerto lo sagrado? Ese es el gran tema que subyace en este ensayo de Pietro Citati que, con una prosa magnífica, nos hace un compendio de lo sagrado a través de textos y personajes griegos, cristianos, orientales, árabes, hebreos, modernos y la épica de algunas culturas antiguas o amerindias.

Para Plutarco, nos recuerda Citati, el don más grande al que puede aspirar un ser humano en la vida es al conocimiento de lo sagrado. "No hay nada más, en la culminación de la vida, que este conocimiento de los dioses". Conocimiento que se enfrenta con una paradoja: lo divino es lo escondido y lo oculto, lo que escapa a la mirada. Por eso dijo la diosa egipcia Isis en el templo de Sais: "Yo soy todo lo que ha sido, que es y que será, y ningún mortal ha levantado nunca mi peplo". Y por eso el mito, que acepta las paradojas, nos acerca a lo divino. La lira de Apolo daba alegría y también daba muerte. El mito nos acerca pero no es suficiente. Lo divino no es una verdad filosófica ni un relato mítico, sino una revelación extática, como la que le sobreviene a las almas, según Platón, en el Lugar Supraceleste: "un relámpago extraordinariamente luminoso y veloz alumbra nuestra alma tan solo una vez en la vida; en aquello intemporal, destello de beatitud, podemos contemplar, tocar con los ojos lo divino, como hacemos en nuestro mundo cuando cogemos algo en nuestras manos".

El libro empieza hablando con los escitas, el pueblo nómade de las estepas que derrotó al poderoso rey Darío y que tanto le apasionó a Heródoto. A Citati le interesan en particular las fabulosas representaciones que hicieran sus artesanos de animales fantásticos en combate, cuya huella puede rastrearse después entre vikingos, sajones, celtas, bretones, merovingios, chinos, rusos y escultores y miniaturistas de la Edad Media románica. "Pero los animales fantásticos, una vez despertados, ya no abandonaron la Tierra". Ese enigma, esa estela nostálgica del fin de lo sagrado que dejan algunas culturas. "Allí estaba Troya". Y allí estaba México: una delicada creación de estrellas, aguas y plumas que se acabó como Jerusalén y Constantinopla. No es gratuito que el libro termine con un relato apocalíptico contado desde el punto de vista de un esquizofrénico.

Citati se ve a sí mismo como un modesto hombre de letras, un admirador de Platón que habría vivido en Roma (o en Alejandría, en Egipto) entre finales del siglo I d. C. y finales del siglo II d. C., cuando los dioses antiguos estaban muriendo. Un pagano que lee a San Pablo y se siente escandalizado con su religión, donde el dios no solo desciende a este mundo sino que muere de manera violenta e ignominiosa y tiene una relación intensa y carnal con sus fieles. ¿Cómo entender esa exaltación paulina del amor? Agap en vez de Eros; carencia en vez de plenitud. Inentendible aquella locura de la cruz, la herida de dios, el desgarro del universo. Un escándalo que, sin embargo, se ve obligado a conservar intacto. Porque, a la larga, sabe, como Apuleyo, que en el mundo no hay más que una divinidad, Isis, que se multiplica en todas las formas y en todos los nombres: Venus, Juno, Deméter, Artemisa, Proserpina, Minerva, Hécate y Cibeles. "Sea la que sea la divinidad que adoremos, o creamos adorar, es solo a ella a quien adoramos". Entendido esto último ya no nos parecerá ni trágica ni absurda la historia de Sabbatai Zevi, a quién los judíos del siglo XVII consideraron el Mesías y que acabó convertido al Islam. Sí, en septiembre de 1666, en la corte del sultán de Constantinopla, le propusieron a Sabattai Zevi la apostasía con amenazas de tortura y no lo dudó: el Mesías renegó y adoptó el nombre de Mehmed Effendi.
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